Un lugar donde el agua siempre es protagonista, muy cerca de Neuquén y Cipolletti, mil cosas para hacer
A pocos kilómetros de Cipolletti y Neuquén, estos pueblos invitan a bajar un cambio entre historia, pesca, chacras agroecológicas y playas tranquilas, en un recorrido donde el agua, la memoria y el paisaje se encuentran.

El cambio se siente apenas se deja atrás la zona urbana. El aire es más fresco, el ruido se apaga y el paisaje empieza a ordenarse alrededor de un eje claro, el agua. Contralmirante Cordero y Barda del Medio no hacen ruido. Están ahí, al noroeste de Río Negro, a poco más de media hora de Cipolletti y Neuquén, esperando que alguien desacelere.
“Si hay algo que caracteriza a esta zona es el agua, la historia del agua”, resume Paola Huenuquir, asesora del Municipio y guía de turismo, mientras desgrana un territorio que se descubre sin apuro.
Todo empieza, o vuelve a empezar, en el Dique Ballester. La obra monumental que ordenó el agua y cambió para siempre el destino productivo del norte patagónico. Caminar por allí es entender el origen del valle, aves que sobrevuelan, senderos que invitan a recorrer sin prisa y el río Neuquén desplegándose aguas abajo.

Sobre su costa funciona una playa informal, conocida simplemente como el balneario, un espacio donde vecinos y visitantes llegan a pasar el día. No hay infraestructura consolidada ni servicios estables, y esa precariedad obliga a extremar cuidados. “Es una playa habilitada, pero no está consolidada como balneario. No hay guardavidas y es una zona de río correntoso, por eso siempre recomendamos mucha precaución”, aclara Huenuquir. Hay fogones, algo de sombra y una pequeña plaza, suficientes para quienes buscan agua y tranquilidad más que comodidades.
El paseo también puede seguir por la memoria. El Club Obrero Dique, tantas veces mencionado en relatos de Osvaldo Soriano, conserva ese aire de fútbol, pueblo y sobremesa larga. Muy cerca, el Museo Histórico del Riego permite entender cómo el agua moldeó esta región y fue clave para el desarrollo del Alto Valle. “El museo trabaja de lunes a viernes y los fines de semana las visitas se coordinan con el personal a cargo”, explica Huenuquir, y deja entrever ese funcionamiento casi artesanal que conserva el lugar.

A pocos kilómetros, la escena cambia de tono pero no de espíritu. Sobre la ruta 151, una laguna y un food truck de pescado frito convocan a quienes buscan algo simple y bien hecho. “Nada”, se volvió un ritual, sentarse frente al agua, mirar nutrias, biguás y garzas, comer pescado y sentir que la ciudad queda lejos, aunque esté cerca.
Desde octubre se sumó un nuevo restaurante sobre la costa. “El Muelle, está abierto de lunes a lunes hasta las cuatro de la tarde, es ideal para ir a almorzar”, cuenta Huenuquir. Pero el muelle no es solo un espacio gastronómico: es una invitación a frenar. “Frente a la laguna, hay un espacio abierto al público y gratuito. Hay fardos, mesitas, la gente puede sentarse, tomar mate, hacer un picnic. Muchos no saben que se puede usar libremente”, señala.
La barda aporta otra perspectiva. Caminatas suaves llevan hasta el mirador de la Virgen, desde donde el valle se abre en capas, el canal de riego, el río, las chacras y el cielo amplio. “Es una caminata tranquila, también se puede llegar en vehículo, pero lo ideal es ir temprano o al atardecer”, recomienda Huenuquir.

Agroturismo, comer y dormir
El cierre perfecto está en las chacras agroecológicas de la zona. Proyectos rurales que abren sus tranqueras para mostrar otra forma de producir y vivir: alimentos frescos, recorridas guiadas, paradores sencillos y alojamientos integrados al paisaje. Espacios donde la tierra, el río y las personas vuelven a dialogar.
“Tenemos emprendimientos como Janus y Marnes, que trabajan con visitas rurales, granja, recorridos y propuestas para familias y escuelas”, detalla Huenuquir. En uno de ellos, el paseo incluye un viaje en carretón antiguo, tirado por tractor, que recorre la chacra mientras se cuenta la historia del lugar.

Algunas de estas propuestas suman alojamiento y camping. “En Marnes también se puede acampar, tienen la infraestructura necesaria y están creciendo de a poco. Son emprendimientos nuevos, de un año o año y medio. Y Janus que tiene más tiempo, ofrece hospedaje”, explica. Para quienes buscan algo distinto, el Buena Vista, un moderno glamping ubicado en Barda del Mediocompleta la oferta, completa la oferta y permite pasar la noche sin romper la armonía del paisaje.
El perfil del visitante es claro. “Tenemos turistas que vienen desde Catriel, Mendoza, que van rumbo a la cordillera y paran acá, y también muchos recreacionistas del Alto Valle que vienen a pasar el día”, describe. No es un destino de estadías largas, sino de pausas necesarias.

A futuro, el municipio apuesta fuerte a la producción agroecológica con el CEA. “Hay ocho familias productoras trabajando en horticultura agroecológica. A partir de febrero se van a poder coordinar visitas para ver ese proceso y también comprar”, anticipa Huenuquir. Una experiencia que suma consumo consciente al paseo.
Sin oficina de turismo formal, la información circula de otra manera. “Hay un teléfono del municipio y mucha cartelería, sobre todo en el Museo del Riego, donde están los contactos para coordinar visitas (299 4908049)”, explica.
Quizás ahí radique parte del encanto: en descubrir sin guías rígidas, en dejarse llevar por el agua.


El cambio se siente apenas se deja atrás la zona urbana. El aire es más fresco, el ruido se apaga y el paisaje empieza a ordenarse alrededor de un eje claro, el agua. Contralmirante Cordero y Barda del Medio no hacen ruido. Están ahí, al noroeste de Río Negro, a poco más de media hora de Cipolletti y Neuquén, esperando que alguien desacelere.
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