Gobierno anémico
El gabinete de Duhalde parece menos discutible que el de Rodríguez Saá, pero pocos lo considerarían superior al de De la Rúa.
Como descubrió Fernando de la Rúa en los meses finales de su gestión, es muy fácil hablar de la necesidad de que haya un gobierno «de unidad nacional» repleto de figuras eminentes que merezcan el respeto de la ciudadanía, pero es sumamente difícil formar uno, ya porque los caciques partidarios sean reacios a comprometerse con cualquier empresa que no sea la propia, ya porque escaseen personas prestigiosas sin militancia partidaria que estén dispuestas a arriesgarse desempeñando un papel político por entender que no tardarían en ser víctimas de intrigas. Era por lo tanto previsible que el primer gabinete del presidente designado Eduardo Duhalde resultaría decepcionante desde el punto de vista de los muchos que creen que dadas las circunstancias debería haber sido decididamente más amplio que el encabezado por De la Rúa. Si bien algunos integrantes, como el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov y su colega de Justicia Jorge Vanossi, parecen estar a la altura de sus responsabilidades, mientras que nadie negaría que el ahora canciller Carlos Ruckauf se encuentra entre los políticos más eminentes del país, los demás distan de ser pesos pesados, de suerte que tendrían que desempeñarse con eficacia notable para que el país se dejara convencer de que los encargados de gobernarlo en medio de un huracán que amenaza con destruirlo son los mejores disponibles.
El que el gabinete sea tan poco impresionante no se debe exclusivamente a la voluntad de Duhalde, hombre que en el curso de una gestión deslucida como gobernador de la provincia de Buenos Aires se granjeó la reputación de ser reacio a confiar en quienes podrían hacerle sombra. Antes de asumir, sus allegados dieron a entender que le gustaría contar con la colaboración de varios radicales además de Vanossi, como el ex canciller radical Adalberto Rodríguez Giavarini, pero algunos rechazaron el ofrecimiento y otros aseguran que nunca fueron contactados. Asimismo, con la excepción de Ruckauf que por razones comprensibles quería alejarse cuanto antes de una provincia totalmente quebrada, los gobernadores peronistas no manifestaron mucho interés en colaborar con su compañero. De más está decir que los que prefirieron no formar parte del gobierno de Duhalde han tenido sus motivos: en el caso de algunos, trabajar con una administración dominada por peronistas bonaerenses no les resultaría nada sencillo y podrían verse involucrados en conflictos con sus propias «bases de sustentación». En efecto, las presiones muy fuertes de los bonaerenses obligaban a Duhalde a pensar dos veces antes de intentar incorporar a personas que nunca han sido integrantes de su propia agrupación. Puede entenderse, pues, que la palabra más escuchada por los vinculados con la formación de lo que es un gobierno de emergencia haya sido «mezquindad».
Aunque el país se ha acostumbrado a que la politiquería siempre se imponga a la política, no es nada alentador que tantos dirigentes se hayan resistido a entender que a menos que se constituya un gobierno con la autoridad moral precisa para llevar a cabo medidas muy antipáticas, los próximos capítulos del drama que está viviendo el país serán decididamente peores que los ya concluidos. Tampoco puede estimular mucho optimismo el poder evidente de los caudillos tradicionales para continuar decidiendo quiénes contarán con el apoyo partidario y quiénes tendrán que conformarse con que se les permita cumplir una función esencial para el país «a título personal» sin comprometer a nadie. A raíz de tales actitudes, no sólo es virtualmente imposible la incorporación de hombres y mujeres capacitados que no han militado en ningún partido, sino también sigue siendo muy grande el riesgo de que algunos puestos sean ocupados por individuos de trayectoria dudosa cuya mera presencia será suficiente como para provocar la indignación de una ciudadanía harta de ver a «corruptos» enquistados en ministerios. En este sentido, el primer gabinete de Duhalde parece menos discutible que el formado días antes por Adolfo Rodríguez Saá, pero pocos lo considerarían superior a los del gobierno de De la Rúa que fueron duramente criticados por su supuesta chatura.
Como descubrió Fernando de la Rúa en los meses finales de su gestión, es muy fácil hablar de la necesidad de que haya un gobierno "de unidad nacional" repleto de figuras eminentes que merezcan el respeto de la ciudadanía, pero es sumamente difícil formar uno, ya porque los caciques partidarios sean reacios a comprometerse con cualquier empresa que no sea la propia, ya porque escaseen personas prestigiosas sin militancia partidaria que estén dispuestas a arriesgarse desempeñando un papel político por entender que no tardarían en ser víctimas de intrigas. Era por lo tanto previsible que el primer gabinete del presidente designado Eduardo Duhalde resultaría decepcionante desde el punto de vista de los muchos que creen que dadas las circunstancias debería haber sido decididamente más amplio que el encabezado por De la Rúa. Si bien algunos integrantes, como el ministro de Economía Jorge Remes Lenicov y su colega de Justicia Jorge Vanossi, parecen estar a la altura de sus responsabilidades, mientras que nadie negaría que el ahora canciller Carlos Ruckauf se encuentra entre los políticos más eminentes del país, los demás distan de ser pesos pesados, de suerte que tendrían que desempeñarse con eficacia notable para que el país se dejara convencer de que los encargados de gobernarlo en medio de un huracán que amenaza con destruirlo son los mejores disponibles.
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