“Kirchner sectorizó la interpretación del pasado”

El psicólogo será panelista en las II Jornadas Nacionales de Filosofía y Epistemología de la Historia en Neuquén, en las que se analizará el tema de la memoria. Aborda la “desmesura” como parte de la cultura argentina y su relacióncon la violencia política.

Redacción

Por Redacción

Hugo Vezzetti, autor de “Sobre la violencia revolucionaria”

Hugo Vezzetti es, sin duda, uno de los más rigurosos pensadores del país en lo concerniente a violencia política. Acaba de publicar “Sobre la violencia revolucionaria”, junto con un anterior trabajo –“Guerra, dictadura y sociedad en la Argentina”– obras imprescindibles para reflexionar sobre la tragedia instalada en el país a partir del surgimiento de la guerrilla y la respuesta vía el terrorismo de Estado.

Vezzetti será uno de los panelistas de las II Jornadas Nacionales de Filosofía y Epistemología de la Historia organizadas por la Universidad Nacional del Comahue, que del 8 al 10 de este mes se llevarán a cabo en Neuquén capital y buscarán reflexionar sobre “Tiempo de la historia y tiempo de la memoria. Los usos políticos del pasado”. En las jornadas participarán otros destacados investigadores en la materia, entre los que se contarán –por caso– el italiano Giovanni Levi, de la Universidad de Venecia; el brasileño Edgar Decca, de la Universidad de Campiñas, de San Pablo; Corina Yturbe, de la Universidad Autónoma de México, y los argentinos José Emilio Burucúa, Francisco Naishtat y Waldo Ansaldi.

A modo de anticipo, “Debates” conversó con Vezzetti sobre la relación memoria-violencia política. La que sigue es la entrevista.

–Cuenta Simone Weil en sus memorias que cuando regresó a Francia tras pasar la guerra en campos de concentración nadie le preguntaba dónde había estado. No hablaban del Holocausto, ni de las responsabilidades de gran parte de Francia de haber claudicado ante Hitler ni de los cuatro años de ocupación alemana. No había ni se construía memoria. Hubo juicios al colaboracionismo y no mucho más. Ella se preguntaba cuándo les estallaría la memoria sobre ese tiempo y qué dejaría ese estallido. Les estalló en las últimas dos décadas. Y hubo reparto de responsabilidades, se esclarecieron roles, etcétera, etcétera. No busco comparar, pero ¿qué deja en la Argentina la memoria de lo sucedido en materia de violencia a partir de los 70?

–Creo que se puede reflexionar el tema desde varios planos, partiendo de dos elementos. Uno, que bien podríamos llamar reactivo-defensivo, o sea, la democracia es el rechazo tajante al terror. Me parece que este convencimiento es lo más perdurable de tiene esta democracia. El restante elemento tiene que ver con la promesa de futuro… y en alguna medida se instaló en la sociedad acunado por aquella sentencia de Alfonsín de que con la “democracia se come, se educa, se cura”. Era una receta que convertía la democracia en el remedio universal de todos los males. En línea con esto, hoy sabemos que la democracia por sí misma no garantiza ese, ese…

–¿Tríptico?

–Bueno, sí, sí. Pero estoy convencido de que entre los argentinos prima la idea del costo que acarrea la desmesura.

–Desmesura. ¿La historia construyéndose desde el despropósito?

–Yo en mis libros sobre la violencia hablo de desmesura, que es una figura muy elocuente en la tragedia griega. Tomemos un caso: la guerra de Malvinas. Yo no me imagino al poder militar uruguayo o chileno haciéndole la guerra a Gran Bretaña. Si usted quiere, estos militares tenían la misma formación que los nuestros, pero en la Argentina suele suceder la disparada hacia la desmesura, hacia la omnipotencia… en este caso, por parte de un factor de poder concreto.

carlos torrengo

carlostorrengo@hotmail.com

–No es nada neutro lo que afirma. Por caso, esa desmesura –tomemos Malvinas– ¿cómo opera hoy sobre los argentinos?

–Nos interrogó, nos interroga en dirección a si hay que cargar todo sobre la cuenta de los militares. Por supuesto que en materia de terrorismo de Estado los militares tienen toda la responsabilidad criminal, ¡toda!, pero Freud decía que en la patología se revela la anormalidad, o sea, hay un núcleo de verdad en el delirio en la medida en que el delirio, de un modo desestructurado y desmesurado, revela alguna verdad del sujeto. Entonces, no basta sólo con denunciar la desmesura de los militares sino que hay que preguntarse qué revela, en este marco, la sociedad argentina como rasgo de lo que puede ser la subjetividad colectiva de los argentinos ante esa desmesura, qué revela por lo menos desde el orden de la cultura y de cara a Malvinas esta sociedad. Porque si aceptamos que Malvinas fue la culminación del despropósito, la desmesura de la dictadura, lo que cabe preguntarnos es por qué mayoritaria y ampliamente toda la sociedad se enganchó a favor de esa aventura. Porque es muy fácil hablar de un Galtieri al que le gustaba tomar y no hablar de comportamiento y responsabilidad del conjunto.

Responsabilidades

–¿Dos responsabilidades distintas frente a la construcción de la memoria?

–Responsabilidades. El poder militar que decidió Malvinas, bueno, fue juzgado. Esto, con independencia de consideraciones sobre la suerte posterior de esas condenas. Pero la sociedad tiene responsabilidades morales y políticas sobre lo sucedido.

–De su último libro se extrae que usted es muy crítico con la política de derechos humanos implementada por el kirchnerismo. Ni siquiera la considera la política de un gobierno. Desde una mirada que haga a una recuperación sólida de la memoria sobre lo sucedido en los 70, ¿qué es esa política?

–Una línea de interpretación sesgada. Y no es una política de Estado, pero vayamos por parte. Nadie le va a quitar a Kirchner la decisión de renovar la Corte y la reapertura de los juicios a los militares comprometidos en violaciones a los derechos humanos. Pero, al margen de esto que podemos llamar política de judicialización, en materia de política de la memoria sin duda el gobierno, desde Kirchner en adelante, se ha movido y mueve desde una visión muy sectorizada. No hizo nada por convertir el tema en política de Estado. El Estado no es aquello de lo que se apodera una fuerza política. ¿Con quién entra –por caso– Kirchner a la ESMA en el 2004? Con su gobierno y organizaciones de los derechos humanos. No es poco, pero es un plano de la vida nacional. No hace al Estado como conjunto. Distinto hubiera sido entrar con el pleno del esquema de máximo poder institucional del país: la Corte Suprema, el Parlamento, con representantes de todas las bancadas, los gobernadores, además de los militares, los partidos políticos. Todos comprometidos ahí, en el lugar del horror, en mantener la memoria de ese horror para que jamás vuelva a suceder. Eso se hace en Europa cuando en un acto se recuerda la caída del nazismo: todo el poder comprometido en política de Estado para que el nazismo nunca más. Todos dejando de lado sus diferencias ideológicas en función de un objetivo muy trascedente: ¡nunca más ese horror! Eso es una política de Estado. Eso es lo que no hizo el kirchnerismo, que además cedió a las presiones de Hebe de Bonafini y algunas organizaciones de derechos humanos para que al acto de la ESMA no asistieran algunos gobernadores; Felipe Solá, por ejemplo. Tenían todo el derecho a cuestionar presencias, pero a cuenta de aceptar que entonces eso no es una política de Estado: es política de un sector de la vida nacional.

Pasado y futuro

–¿No hace al futuro?

–A lo que no hace es a un compromiso más amplio en el tema de cara al futuro.

–Pero entonces venimos mal desde muy lejos en la historia de la transición. Usted dice en su libro que las evocaciones conflictivas del pasado pueden ser mejor admitidas en el marco de un gran relato del porvenir. Dice que es aquí donde ha fracasado el ciclo democrático en relación con el tema del pasado. ¿Desde qué convencimiento parte esta reflexión?

–Uno no vuelve al pasado si no es desde interrogantes, cuestiones, perspectivas, proyectos… es más, podríamos decir que no iríamos al pasado si no fuera para recuperar algo para la acción en el porvenir, hacia adelante; es decir, hace a la relación tiempo-memoria. Ahora, cuando una política de la memoria se funda en construir museos, bueno, hay vacío. Mire, hace poco en Chile la izquierda debatía hacer de la casa donde murió Carlos Henríquez, el fundador del MIR, un museo. Un día veo un documental y me encuentro con jóvenes de izquierda extraparlamentaria, crítica, pibes de trabajo barrial, que decían: “No vamos a gastar un peso ni a hacer ningún esfuerzo para construir un museo. No nos interesan los museos. Nosotros la plata la ponemos para trabajar por la gente… ¡qué museos!”. Por supuesto, es una perspectiva opinable, pero estaba claro que para esa izquierda la acción política pasaba por otro lado. No estoy en contra de los museos a cuenta de que formen parte de una política de Estado global a favor de los derechos humanos, la memoria… no una política de sector.

–¿Política de sector es fracaso de la política?

–Es el triunfo de una política mezquina. Grave. Lo digo en el libro: hoy se usa el pasado en las disputas del poder. Digo también que hay una politización mezquina del tópico de los derechos humanos. Mire, Hannah Arendt sostenía que la democracia es “vivir juntos los que pensamos diferente”. Es una definición de gran contenido. Por eso digo que hay que darles a los derechos humanos, a la memoria, una dimensión a futuro. Porque la memoria edifica más en el disenso que en la homogeneidad. Discúlpeme que vuelva sobre mi libro, pero es así.

–¿Lo dice por lo de Michelle Bachelet?

–¿Usted sabe qué le pasó a su padre?

Y a su madre: a él lo torturaron sus camaradas de la Fuerza Aérea Chilena hasta producirle un deterioro que lo llevó a la muerte; a la madre de Michelle… bueno, vive, pero vive…

–Y Michelle, cuando le preguntaron si perdonaría a quienes le habían hecho tanto daño, porque ella misma estuvo presa, respondió: “Nunca habrá conciliación, pero con ellos hay que vivir”. Yo no hablo de reconciliación, digo sí que hay que marchar hacia un tiempo en que los consensos y disensos sobre el pasado los podamos tratar sin excluirnos, sin sectorizarnos.


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