El papel de la gente

Se equivoca Remes Lenicov si cree que para frenar una espiral inflacionaria bastará con que los consumidores "peleen mucho con los comerciantes".

Redacción

Por Redacción

Tiene razón el flamante ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, cuando dice que «el éxito del plan depende de la gente» -ningún esquema, por brillante que fuera, puede funcionar bien si nadie cree en sus méritos-, pero el que a pocas horas de iniciar su trabajo se haya sentido constreñido a subrayar la importancia del aporte ciudadano al destino de sus medidas es preocupante. Lo es porque es deber del ministro de turno subrayar su confianza absoluta en sus iniciativas, dando por descontado que sus compatriotas las encontrarán satisfactorias y aceptando de antemano su propia responsabilidad por las consecuencias, sin sugerir que todo dependerá de la reacción popular. Por cierto, en la Argentina actual cualquier «plan» viable habría de encontrar fuertes resistencias -de lo contrario, sus problemas económicos se hubieran resuelto hace años-, porque en medio de la depauperación generalizada todos, salvo los integrantes de una pequeña minoría, perderán mucho. Sin embargo, de consolidarse un consenso de que si bien son durísimas serán capaces de alcanzar las metas propuestas, hasta tener buenos motivos para cambiar de opinión «la gente» se comportará de la manera prevista por el ministro.

No se trata de un detalle menor. El futuro de la economía, y por lo tanto del país, se verá determinado por la capacidad de las nuevas autoridades, en primer lugar de Lenicov, para brindar la impresión de estar absolutamente seguras de que sus medidas resultarán fructíferas. Por este motivo, aun cuando sea cuestión de una ilusión por no ser el manejo de la economía una ciencia exacta, sería difícil exagerar la importancia de la imagen que den tanto Lenicov como los integrantes de su equipo. Si tienen dudas en cuanto a la coherencia de su «plan», les convendría ocultarlas. De difundirse noticias o rumores de diferencias ideológicas o de enfrentamientos internos como aquellos que contribuyeron al fracaso del gobierno de Fernando de la Rúa, el país no tardará en perder confianza en los encargados de pilotear la economía en un período de transición que amenaza con resultar agitado, lo cual sería suficiente como para provocar graves dificultades adicionales. Asimismo, a menos que Lenicov pronto domine el arte de comunicarse mejor con «la gente», las desventajas supuestas por un estilo que acaso sea demasiado humilde podrían resultarle más costosas que las eventuales deficiencias técnicas del proyecto que se ha puesto en marcha.

Cuando aludió al papel de «la gente», Lenicov pensaba en el riesgo de que, como respuesta a la devaluación del peso del 28,6%, los precios trepen el 30% más, lo cual lo obligaría a reducir una y otra vez el valor del peso hasta que el país se vea devastado por un huracán hiperinflacionario que, es de suponer, desembocaría en una nueva versión de la convertibilidad o la dolarización. Si el ministro cree que para frenar una espiral inflacionaria de la clase que tan bien conocemos bastará con que los consumidores «discutan y peleen mucho» con los comerciantes, se ha equivocado por completo. Si fuera tan sencillo como insinúa, la Argentina nunca hubiera experimentado el flagelo de la inflación crónica que lo convirtió en un país subdesarrollado. Después de todo, ni en los buenos tiempos ni en los malos quiere «la gente» pagar precios excesivos por los bienes que compra, pero escasean las ocasiones en que las asociaciones de defensa del consumidor a las que se refirió hayan logrado algunas rebajas menores, mientras que no se ha dado ninguna nunca en la que la barrera frágil de la opinión pública haya puesto fin a un proceso inflacionario. Mal que le pese, sólo hay dos formas de hacerlo: una consiste en controles policíacos férreos y draconianos que, además de fomentar la corrupción, siempre tienen consecuencias secundarias mortíferas; otra en la libre competencia, receta que en la Argentina no ha brindado resultados óptimos debido a que el mercado es pequeño y los productores, de actitudes tan dirigistas como los políticos mismos, son propensos a organizarse en mafias que -como advertía el padre del capitalismo moderno, Adam Smith- se dedican enseguida a conspirar contra el público.


Tiene razón el flamante ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, cuando dice que "el éxito del plan depende de la gente" -ningún esquema, por brillante que fuera, puede funcionar bien si nadie cree en sus méritos-, pero el que a pocas horas de iniciar su trabajo se haya sentido constreñido a subrayar la importancia del aporte ciudadano al destino de sus medidas es preocupante. Lo es porque es deber del ministro de turno subrayar su confianza absoluta en sus iniciativas, dando por descontado que sus compatriotas las encontrarán satisfactorias y aceptando de antemano su propia responsabilidad por las consecuencias, sin sugerir que todo dependerá de la reacción popular. Por cierto, en la Argentina actual cualquier "plan" viable habría de encontrar fuertes resistencias -de lo contrario, sus problemas económicos se hubieran resuelto hace años-, porque en medio de la depauperación generalizada todos, salvo los integrantes de una pequeña minoría, perderán mucho. Sin embargo, de consolidarse un consenso de que si bien son durísimas serán capaces de alcanzar las metas propuestas, hasta tener buenos motivos para cambiar de opinión "la gente" se comportará de la manera prevista por el ministro.

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