Regreso imposible
De lograr los sindicalistas mejoras salariales para los trabajadores, sólo conseguirían depauperarlos más.
Aquellos sindicalistas que creían que Eduardo Duhalde haría un «gobierno peronista» en el que les tocaría desempeñar un papel similar al disfrutado medio siglo atrás, ya han comenzado a quejarse con amargura por el rumbo emprendido por su compañero. Según ellos, Duhalde se ha solidarizado con los empresarios a costillas de los trabajadores, licuándoles las deudas amontonadas por aquéllos entregándoles una parte de los salarios y los ahorros de éstos. A fin de remediar tamaña injusticia, los líderes «gordos» de la CGT encabezados por Rodolfo Daer quisieran un aumento salarial generalizado del 40%, además de otras medidas igualmente drásticas destinadas a «actualizar» los ingresos de quienes trabajan en relación de dependencia. Puesto que tanto Duhalde como el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, saben muy bien que si eligieran complacer a los sindicalistas el resultado inmediato sería un estallido inflacionario que haría trizas no sólo su «plan» sino también su gobierno, no les queda otra opción que la de intentar convencerlos de que es del interés común que moderaran sus reclamos, lo cual, es de suponer, tratará de hacer ofreciéndoles algunos privilegios más personales que sectoriales. Con todo, la crisis ya es tan grave que no les será del todo fácil apaciguarlos de la manera tradicional, lo cual plantea el riesgo de que el sindicalismo peronista se ponga pronto a organizar paros nacionales contra un gobierno que hasta hace poco compartía su propia «filosofía». Si bien Duhalde aún cuenta con el respaldo de Hugo Moyano, no extrañaría que el camionero belicoso, además del jefe del sindicato de los estatales Víctor De Gennaro, decidieran adoptar actitudes más combativas porque de lo contrario perderían el protagonismo que supieron disfrutar en el transcurso de la larga agonía del gobierno del presidente Fernando de la Rúa. En tal caso, la condición de la economía, que ya está casi paralizada, no tardaría en agravarse todavía más.
Aunque es de suponer que a esta altura Daer y los demás sindicalistas entienden que están pidiendo lo imposible porque tal y como están las cosas no es factible restaurar por decreto el poder de compra de los millones que se han visto perjudicados por el colapso económico, se sienten obligados a seguir reclamando medidas y modalidades que han fracasado en el pasado y con toda seguridad resultarían igualmente contraproducentes en el futuro previsible. Es que, lo mismo que tantos políticos, no han podido dejar atrás los hábitos aprendidos en el lapso relativamente breve que se produjo después de la Segunda Guerra Mundial en el que el gobierno creía poder darse el lujo de repartir beneficios tangibles en gran escala, lo cual permitió a muchísimas personas gozar por primera vez en su vida de cierto grado de prosperidad. Claro, para mantenerlo hubiera sido necesario una cantidad importante de cambios macroeconómicos y microeconómicos que ni siquiera fueron intentados, detalle que los que sienten nostalgia por aquella época preferirían pasar por alto, con el resultado de que a partir de entonces la evolución del país se ha visto trabada por la presencia de amplios sectores, entre ellos el representado por el sindicalismo peronista, cuya reacción instintiva frente a todo revés consiste en exigir de manera perentoria la restauración de un «modelo» que desde inicios de los años cincuenta ha sido totalmente inalcanzable.
Huelga decir que las víctimas principales de la brecha creciente que separa lo posible de lo considerado no meramente deseable sino perfectamente factible han sido los trabajadores que, a diferencia de los integrantes de una minoría más ágil, no tienen los recursos para adaptarse a situaciones cambiantes. Agotadas las oportunidades brindadas por el primer peronismo, virtualmente todos los nuevos «planes» económicos les han hecho perder más terreno ante los cada vez menos que han sido capaces de aprovecharlos. De lograr los sindicalistas forzar al gobierno duhaldista a procurar mejorar los ingresos de los trabajadores ordenando grandes incrementos salariales, sólo conseguirían depauperarlos más, realidad que les debería ser patente pero que, comprometidos como están con una forma terriblemente anticuada de organizar la economía, se niegan a ver.
Aquellos sindicalistas que creían que Eduardo Duhalde haría un "gobierno peronista" en el que les tocaría desempeñar un papel similar al disfrutado medio siglo atrás, ya han comenzado a quejarse con amargura por el rumbo emprendido por su compañero. Según ellos, Duhalde se ha solidarizado con los empresarios a costillas de los trabajadores, licuándoles las deudas amontonadas por aquéllos entregándoles una parte de los salarios y los ahorros de éstos. A fin de remediar tamaña injusticia, los líderes "gordos" de la CGT encabezados por Rodolfo Daer quisieran un aumento salarial generalizado del 40%, además de otras medidas igualmente drásticas destinadas a "actualizar" los ingresos de quienes trabajan en relación de dependencia. Puesto que tanto Duhalde como el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, saben muy bien que si eligieran complacer a los sindicalistas el resultado inmediato sería un estallido inflacionario que haría trizas no sólo su "plan" sino también su gobierno, no les queda otra opción que la de intentar convencerlos de que es del interés común que moderaran sus reclamos, lo cual, es de suponer, tratará de hacer ofreciéndoles algunos privilegios más personales que sectoriales. Con todo, la crisis ya es tan grave que no les será del todo fácil apaciguarlos de la manera tradicional, lo cual plantea el riesgo de que el sindicalismo peronista se ponga pronto a organizar paros nacionales contra un gobierno que hasta hace poco compartía su propia "filosofía". Si bien Duhalde aún cuenta con el respaldo de Hugo Moyano, no extrañaría que el camionero belicoso, además del jefe del sindicato de los estatales Víctor De Gennaro, decidieran adoptar actitudes más combativas porque de lo contrario perderían el protagonismo que supieron disfrutar en el transcurso de la larga agonía del gobierno del presidente Fernando de la Rúa. En tal caso, la condición de la economía, que ya está casi paralizada, no tardaría en agravarse todavía más.
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