Ayuda y caridad

Redacción

Por Redacción

Como era de prever, en el curso de su breve visita el premier alemán Gerhard Schröder prometió hablar con «los amigos del Fondo para que ayuden a la Argentina» con mayor rapidez, mientras que desde Washington el presidente George W. Bush reiteró, por enésima vez, que estaba dispuesto a «ayudar» a que la Argentina «tenga éxito». Tales manifestaciones de buena voluntad son gratas, pero convendría interpretarlas con realismo porque hoy por hoy el problema principal no consiste en la negativa de los países ricos a «ayudarnos», sino en la resistencia del gobierno del presidente Eduardo Duhalde a comprometerse con un programa económico viable. Por supuesto que tiene motivos políticos para vacilar en tomar medidas que lo obligarían no sólo a dar la espalda a las posiciones que asumió como opositor al «modelo neoliberal», sino también a hacer frente al «ala política» de su propio gobierno que es por principio contraria a la coherencia. De lograr el gobierno convencer a los asesores de Bush, Schröder y otros líderes de que por fin está resuelto a hacer lo imprescindible para que la Argentina pueda funcionar como lo que sus propios voceros califican de un «país normal», la «ayuda» prometida no tardaría en materializarse, aunque en realidad no se trataría de «ayuda» sino de una operación financiera destinada a resolver un problema coyuntural.

Hay dos clases de «ayuda»: una, la que a veces parece tener en mente Duhalde, equivale a la caridad; otra, la pretendida por los países del Grupo de los Siete, consistiría en brindar al gobierno las reservas suficientes como para intimidar a los especuladores, para llamarlos de algún modo, para que nunca sea preciso tocarlas. A causa de la situación social desastrosa que se ha producido debido a la inoperancia del Estado en todos los niveles, la Argentina ya se ha convertido en un país receptor de caridad internacional, lo cual es humillante pero, a la luz de la alternativa, soportable. Sin embargo, por significante que aquel tipo de ayuda pueda ser -y hasta ahora ha sido meramente simbólica-, es de escasa importancia en comparación con el otro, que no se inspira en la compasión por las víctimas de un fracaso económico en gran escala, sino en el interés de los países ricos en que la Argentina deje de constituir una especie de agujero negro financiero que podría provocar turbulencias internacionales no meramente económicas sino también políticas y sociales.

Si el gobierno, auxiliado por las imágenes televisivas de la crisis que esporádicamente aparecen en las pantallas norteamericanas y europeas, consigue conmover o asustar a los dirigentes de las naciones ricas, podría asegurar que las organizaciones caritativas internacionales agregaran la Argentina a su lista de países merecedores de sus aportes a pesar de que a diferencia de los demás cuente con recursos materiales abundantes. Si bien la ayuda así supuesta brindaría cierto alivio a muchas personas y por lo tanto al gobierno también, serviría además para que la crisis se prolongara indefinidamente. En cambio, la «ayuda» financiera que serviría para facilitar la transición desde una economía insostenible hacia otra que sea capaz de valerse por sí misma, posibilitaría la eventual «normalización» del país con todo cuanto ella implicaría. Planteadas así las cosas, lo lógico sería pensar que el gobierno no titubearía un solo instante en presentarle al FMI y, en consecuencia, a Schröder, Bush y otros mandatarios, un plan indiscutiblemente realista que les permitiría prestarnos cuanto dinero resulte necesario para asegurar la estabilidad: después de todo, los hipotéticos costos de cualquier «ajuste» serían minúsculos en comparación con los supuestos por algunos meses más de deterioro constante y caótico. ¿Lo entiende el gobierno? Parecería que no, que le preocupa mucho más la reacción previsible de muchos políticos locales frente a un «plan» sensato, que los desastres que con toda seguridad ocurrirán si permite que transcurran dos, tres o cuatro meses más sin un acuerdo firme con el Fondo, lo cual podría entenderse si creyera tener entre manos una alternativa superior a lo considerado deseable por los países ricos pero que en su ausencia -y no hay señal alguna de que Duhalde haya concebido un proyecto mejor- difícilmente podría ser más irracional.


Como era de prever, en el curso de su breve visita el premier alemán Gerhard Schröder prometió hablar con "los amigos del Fondo para que ayuden a la Argentina" con mayor rapidez, mientras que desde Washington el presidente George W. Bush reiteró, por enésima vez, que estaba dispuesto a "ayudar" a que la Argentina "tenga éxito". Tales manifestaciones de buena voluntad son gratas, pero convendría interpretarlas con realismo porque hoy por hoy el problema principal no consiste en la negativa de los países ricos a "ayudarnos", sino en la resistencia del gobierno del presidente Eduardo Duhalde a comprometerse con un programa económico viable. Por supuesto que tiene motivos políticos para vacilar en tomar medidas que lo obligarían no sólo a dar la espalda a las posiciones que asumió como opositor al "modelo neoliberal", sino también a hacer frente al "ala política" de su propio gobierno que es por principio contraria a la coherencia. De lograr el gobierno convencer a los asesores de Bush, Schröder y otros líderes de que por fin está resuelto a hacer lo imprescindible para que la Argentina pueda funcionar como lo que sus propios voceros califican de un "país normal", la "ayuda" prometida no tardaría en materializarse, aunque en realidad no se trataría de "ayuda" sino de una operación financiera destinada a resolver un problema coyuntural.

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