Mensajes alarmantes
Es habitual que un presidente diga "yo o el caos", pero no que sugiera que sus perspectivas dependen casi por completo de la ayuda internacional sin pretender ser molestado con preguntas.
Puertas adentro, el gobierno del presidente Eduardo Duhalde está procurando pintar un cuadro rosado, para no decir festivo, del futuro inmediato argentino al afirmar que muy pronto se iniciará un período de crecimiento sostenido. En el exterior, empero, los tonos que utilizan quienes hablan en nombre del gobierno son decididamente más oscuros. Según el viceministro de Economía, Jorge Todesca, el país corre peligro de deslizarse hacia la «anarquía», opinión que al parecer comparten Duhalde, el líder radical Raúl Alfonsín y el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov que, en su afán de presentar el gobierno actual como el último baluarte democrático que nos queda, plantean dudas en cuanto a su capacidad para manejar la situación. Es que si bien es habitual que de vez en cuando el presidente de turno pronuncie las palabras «yo o el caos», no lo es que dé a entender que sus perspectivas dependan casi por completo de la voluntad de la «comunidad internacional» de ayudarlo con miles de millones de dólares sin molestarlo con demasiadas preguntas.
Se trata de una forma de chantaje que por lo pronto no ha brindado los resultados deseados. Si bien en el exterior muchos temen que la democracia argentina figure entre las víctimas de la implosión económica, pocos, con la excepción de dirigentes latinoamericanos que no están en condiciones de prestarnos nada, creen que una inyección de dólares frescos serviría para asegurarla. Lejos de suponerse constreñidos a respaldar al gobierno de Duhalde por motivos políticos y humanitarios, sus interlocutores extranjeros han estado tomando precauciones encaminadas a impedir que otros países sean «contagiados» por el ejemplo argentino. En cuanto al riesgo de que el gobierno reaccione frente a la negativa del Primer Mundo a enviarle dinero en cantidades suficientes adoptando una estrategia «nacionalista» similar a la ensayada por el caudillo venezolano Hugo Chávez, las sugerencias en tal sentido que el gobierno ha puesto en circulación han motivado escepticismo, lo que es comprensible porque para que dicha alternativa se materializara en un país tan sofisticado como el nuestro se requeriría un grado de disciplina y talento administrativo que no posee la clase política local. Para colmo, no cabe duda de que sectores muy amplios tomarían una variante de aquella especie por un intento desesperado de una elite totalmente desprestigiada de salvar el pellejo. Una vez difundida esta interpretación, «los políticos» tendrían que vérselas con turbas incomparablemente más vengativas que aquellas que en meses recientes los han obligado a limitar sus apariciones públicas.
En ocasiones, conviene que un gobierno señale a la ciudadanía los riesgos que se plantearían si se negara a permitirle emprender un curso determinado, pero éste no es el caso en la Argentina actual: los vaticinios lúgubres formulados por Duhalde y otros no se dirigen a sus compatriotas, sino a los funcionarios del FMI y de los gobiernos de Estados Unidos y la Unión Europea. Sin embargo, hoy en día ningún gobierno puede decir una cosa a los líderes extranjeros y otra radicalmente distinta a la ciudadanía local, con la seguridad de que sendos mensajes lleguen únicamente al destinatario propuesto. En vista de que el objetivo principal de Duhalde y sus colaboradores debería consistir en restaurar la confianza de la ciudadanía en las autoridades constitucionales, sería positivo que se abstuvieran de afirmar que la anarquía está a la vuelta de la esquina. Por el contrario, en una situación como la actual les corresponde insistir en que, si bien son plenamente conscientes de la magnitud de los desafíos que afrontan, se saben capaces de superarlos. Asimismo, en vista de las dudas en cuanto a la llegada de fondos de ayuda procedentes del exterior, convendría que se abocaran cuanto antes a la tarea ingrata pero insoslayable de formular un presupuesto para un país casi sin recursos, de este modo mostrando tanto a la ciudadanía como a los dirigentes extranjeros que a pesar de todas las dificultades estará en condiciones de impedir que la Argentina se precipite en la anarquía, desastre que de concretarse no sería consecuencia de la mezquindad del resto del mundo, sino de la inoperancia de la clase gobernante nacional.
Puertas adentro, el gobierno del presidente Eduardo Duhalde está procurando pintar un cuadro rosado, para no decir festivo, del futuro inmediato argentino al afirmar que muy pronto se iniciará un período de crecimiento sostenido. En el exterior, empero, los tonos que utilizan quienes hablan en nombre del gobierno son decididamente más oscuros. Según el viceministro de Economía, Jorge Todesca, el país corre peligro de deslizarse hacia la "anarquía", opinión que al parecer comparten Duhalde, el líder radical Raúl Alfonsín y el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov que, en su afán de presentar el gobierno actual como el último baluarte democrático que nos queda, plantean dudas en cuanto a su capacidad para manejar la situación. Es que si bien es habitual que de vez en cuando el presidente de turno pronuncie las palabras "yo o el caos", no lo es que dé a entender que sus perspectivas dependan casi por completo de la voluntad de la "comunidad internacional" de ayudarlo con miles de millones de dólares sin molestarlo con demasiadas preguntas.
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