Peso demasiado libre

Salvo que logre impedir que el peso siga cayendo, al gobierno no le será fácil tener a raya el espectro de la hiperinflación que, en opinión de los técnicos del FMI, ya es visible.

Redacción

Por Redacción

Conforme a la lógica económica común, en la actualidad un dólar estadounidense debería costarnos aproximadamente 1,30 pesos: al devaluar, el gobierno de Eduardo Duhalde optó por una tasa de cambio de 1,40 pesos por dólar porque quería exagerar lo bastante como para asegurarse algunos meses de tranquilidad, y a partir de entonces no se han registrado novedades que servirían para transformar radicalmente el escenario así supuesto. Sin embargo, hace poco se rompió la «barrera psicológica» de los 2,50 pesos y pocos creen que la moneda nacional esté por encontrar su nivel «natural» en las semanas próximas. Por el contrario, todo hace prever que la evolución futura del tipo de cambio tendrá menos que ver con la situación objetiva de la economía en un momento determinado, que con factores como los movimientos financieros de los exportadores y el estado de ánimo de aquellos ciudadanos que están en condiciones de elegir entre mantener su dinero en pesos o utilizarlos para comprar dólares, de manera que el valor de mercado del peso continuará siendo tan «ficticio» como, según el gobierno, era el caso a finales del año pasado. Por cierto, a esta altura parece evidente que esta variable clave seguirá siendo sumamente volátil y que cuanto más se esfuerce el gobierno por manejarlo, mayor se hará la brecha entre sus deseos y lo que efectivamente suceda, lo cual, desde luego, contribuirá a socavar la autoridad del presidente Duhalde. Aunque por ahora el Banco Central posee recursos suficientes como para incidir en la cotización, nadie ignora que los costos de intervenir con frecuencia podrían resultar muy elevados. Lo que es más desalentador aún, las autoridades han de tomar en cuenta el riesgo de que la apertura eventual del «corralito» bancario desate una corrida cambiaria que sería totalmente incontrolable.

Se trata de una realidad que con toda seguridad ya ha dejado perplejos a aquellos funcionarios del Fondo Monetario Internacional que suponen que en todas partes el valor coyuntural de la moneda obedece a razones claras, si bien a veces es casi imposible identificarlas. En base de esta tesis, el FMI ha insistido en que es siempre mejor permitir que una moneda flote libremente sin considerar la posibilidad de que antes de estabilizarse el peso tendrían que transcurrir meses, tal vez años, caracterizados por cambios diarios quizás irracionales pero no por eso menos reales. Asimismo, la relación sui géneris del peso con el dólar plantea al gobierno una serie de dilemas muy espinosos. Para convencer tanto a la ciudadanía argentina como a la «comunidad internacional» de que es capaz de manejar la economía con solvencia de suerte que a todos les convendría confiar en el peso, tendría que tomar medidas aún más duras que las presuntamente necesarias, lo cual, por supuesto, le ocasionaría una multitud de problemas políticos y sociales. Sin embargo, a menos que consiga impedir que el peso pierda valor a una velocidad intolerable, no le será nada fácil mantener a raya el espectro de la hiperinflación que, en opinión de los técnicos del FMI, ya es visible en el horizonte: puede que sea irracional, pero aquí los precios no sólo de los bienes importados sino también de los nacionales suelen fijarse según la tasa de cambio imperante. Por lo tanto, no sorprende que últimamente hayan proliferado versiones sobre la posibilidad de intentar reavivar la convertibilidad, si bien a una tasa de cambio que sería muy pero muy distinta de la original, e incluso de ir hacia la dolarización plena. Sin embargo, para el gobierno tales alternativas serían traumáticas: volver a la convertibilidad luego de algunos meses de confusión indecible equivaldría a confesar que la «pesificación» fue un error gigantesco cometido por prejuicios ideológicos, mientras que la dolarización, además de confirmar que la clase política nacional es incapaz de defender una moneda independiente, sería una forma de dar la razón al ex presidente Carlos Menem. Para colmo, según todas las encuestas de opinión, a pesar de su afición patente por la divisa norteamericana, la mayoría se opone firmemente a la dolarización formal, actitud que podría considerarse contradictoria, pero que merece respeto por reflejar la conciencia de que todo país independiente debe poder tener una moneda propia.


Conforme a la lógica económica común, en la actualidad un dólar estadounidense debería costarnos aproximadamente 1,30 pesos: al devaluar, el gobierno de Eduardo Duhalde optó por una tasa de cambio de 1,40 pesos por dólar porque quería exagerar lo bastante como para asegurarse algunos meses de tranquilidad, y a partir de entonces no se han registrado novedades que servirían para transformar radicalmente el escenario así supuesto. Sin embargo, hace poco se rompió la "barrera psicológica" de los 2,50 pesos y pocos creen que la moneda nacional esté por encontrar su nivel "natural" en las semanas próximas. Por el contrario, todo hace prever que la evolución futura del tipo de cambio tendrá menos que ver con la situación objetiva de la economía en un momento determinado, que con factores como los movimientos financieros de los exportadores y el estado de ánimo de aquellos ciudadanos que están en condiciones de elegir entre mantener su dinero en pesos o utilizarlos para comprar dólares, de manera que el valor de mercado del peso continuará siendo tan "ficticio" como, según el gobierno, era el caso a finales del año pasado. Por cierto, a esta altura parece evidente que esta variable clave seguirá siendo sumamente volátil y que cuanto más se esfuerce el gobierno por manejarlo, mayor se hará la brecha entre sus deseos y lo que efectivamente suceda, lo cual, desde luego, contribuirá a socavar la autoridad del presidente Duhalde. Aunque por ahora el Banco Central posee recursos suficientes como para incidir en la cotización, nadie ignora que los costos de intervenir con frecuencia podrían resultar muy elevados. Lo que es más desalentador aún, las autoridades han de tomar en cuenta el riesgo de que la apertura eventual del "corralito" bancario desate una corrida cambiaria que sería totalmente incontrolable.

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