El dilema del Fondo

Puesto que a Singh le interesa más lo que a su juicio ocurrirá en los próximos meses que las afirmaciones oficiales, es lógico que no se haya dejado confundir.

Redacción

Por Redacción

Subsidiar un esquema político-económico inviable o dejarlo caer, decisión que además de agravar lo que ya es un desastre humanitario podría poner en peligro la estabilidad regional, es el dilema que enfrenta el FMI. Por desgracia, el gobierno de Eduardo Duhalde aún no ha contribuido a hacer menos ingratas las alternativas así planteadas. Si bien ha anunciado algunas medidas que ha tomado con la intención indisimulada de complacer al Fondo y al gobierno de Estados Unidos, no hay señal alguna de que se haya propuesto emprender las reformas estructurales precisas para que la Argentina pueda mantenerse a flote sin dosis masivas de dinero ajeno. Asimismo, por realistas que hayan sido sus advertencias en torno de lo que podría suceder a menos que reciba la ayuda que reclama, desde el punto de vista de sus interlocutores se parecen demasiado a amenazas veladas que a vaticinios objetivos. Después de todo, pueden preguntarse, si las perspectivas son tan malas, ¿por qué insiste el gobierno en negarse a actuar con la contundencia necesaria para mejorarlas?

Aunque el presidente Duhalde ha manifestado su confianza en que el FMI no tardará en afirmarse conforme con las medidas económicas que ha anunciado, posibilitando así la pronta llegada de la ayuda financiera que tanto necesita, todo hace pensar que la misión encabezada por Anoop Singh no fue del todo impresionada por los esfuerzos oficiales por reordenar las finanzas nacionales. Si bien el gobierno ha dejado flotar el peso, ha firmado un pacto con los gobernadores provinciales y ha logrado que el Congreso apruebe un presupuesto, cumpliendo de este modo con algunas exigencias puntuales del Fondo, apenas intentó convencerlo de que se trataba de compromisos serios que, pase lo que pase, estaba resuelto a instrumentar. Por el contrario, los comentarios de Duhalde, del ministro de Economía Jorge Remes Lenicov y de distintos funcionarios del gobierno sobre la «dureza» que atribuían a Singh, además de la sugerencia de que el indio debería sentirse más que satisfecho por los anuncios que ya han formulado, hacían pensar que habían creído que les sería fácil venderle un plan en buena medida ficticio y que su negativa a comprarlo les causaba indignación. Puesto que a Singh le habrá interesado mucho más lo que a su juicio ocurrirá aquí en los próximos meses que las afirmaciones oficiales, es lógico que no se haya permitido confundir por la retórica de sus anfitriones. Por cierto, no le convendría en absoluto dar el visto bueno a un «plan» que, como tantos otros que han sido presentados por sucesivos gobiernos nacionales, resultaría ser una mera lista de intenciones presuntamente valiosas desvinculadas de la realidad.

Según parece, el gobierno duhaldista apostaba a que, aprobadas sus iniciativas por el Fondo, llegarían paquetes de ayuda tan cuantiosos que no le sería necesario llevar a cabo las reformas sin duda traumáticas que ha prometido concretar. Se trata de una táctica que ha funcionado en el pasado, pero la «comunidad internacional», aleccionada por la experiencia, no está dispuesta a seguir tolerándola. Tanta «dureza» es comprensible. Es evidente que un país que se las ha arreglado para protagonizar el mayor «default» de la historia tiene que emprender una serie de reformas sumamente drásticas. También lo es que cuanto más las demore, peor se hará la situación, de suerte que el FMI no tiene por qué respaldar con dinero a un gobierno que, por los motivos que fueran, se resiste a actuar con la severidad imprescindible. Con todo, la tesitura del FMI entraña muchos peligros. El que la Argentina no haya sido capaz de dotarse de un gobierno con la autoridad y la coherencia necesarias para emprender un programa de reformas estructurales podría significar que el liderado por Duhalde realmente sea el menos malo disponible, y que su eventual caída -o transmutación en una administración confesadamente populista- abriría las puertas a aventureros deseosos de ensayar «alternativas» extravagantes. En cuanto a la convicción de que el riesgo de «contagio» es escaso porque en Chile y el Brasil pocos creen que les convendría imitar a sus homólogos de nuestro país, es posible que sea justificada, pero también lo es que la «anarquía» a la que alude Duhalde con frecuencia diste de ser un problema limitado a la Argentina.


Subsidiar un esquema político-económico inviable o dejarlo caer, decisión que además de agravar lo que ya es un desastre humanitario podría poner en peligro la estabilidad regional, es el dilema que enfrenta el FMI. Por desgracia, el gobierno de Eduardo Duhalde aún no ha contribuido a hacer menos ingratas las alternativas así planteadas. Si bien ha anunciado algunas medidas que ha tomado con la intención indisimulada de complacer al Fondo y al gobierno de Estados Unidos, no hay señal alguna de que se haya propuesto emprender las reformas estructurales precisas para que la Argentina pueda mantenerse a flote sin dosis masivas de dinero ajeno. Asimismo, por realistas que hayan sido sus advertencias en torno de lo que podría suceder a menos que reciba la ayuda que reclama, desde el punto de vista de sus interlocutores se parecen demasiado a amenazas veladas que a vaticinios objetivos. Después de todo, pueden preguntarse, si las perspectivas son tan malas, ¿por qué insiste el gobierno en negarse a actuar con la contundencia necesaria para mejorarlas?

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