Tiempo de despertar

El país seguirá a la deriva si se persiste en la desprolijidad y en el "bicicleteo" de obligaciones.

Redacción

Por Redacción

Hasta fines del año pasado, los que se oponían con mayor vehemencia a pactar con el FMI eran aquellos que, como el todavía senador Eduardo Duhalde y el jefe camionero Hugo Moyano, parecían creer que si no fuera por el apego inexplicable del gobierno delarruista a lo que llamaban la «ortodoxia» económica, la Argentina no tardaría en transformarse en un país rico y contento. A partir de enero, empero, tanto Duhalde como Moyano dicen estar convencidos de que a menos que el FMI nos ayude muy pronto, el país continuará empobreciéndose a un ritmo vertiginoso. El cambio así supuesto no puede atribuirse a nada más que el oportunismo: con toda seguridad, Duhalde, Moyano y muchos otros realmente tomaban en serio sus propias palabras que, de todos modos, reflejaban la opinión dominante en amplios sectores del país. Antes bien, se ha debido a que por primera vez en su vida el presidente y, de forma menos directa, sus simpatizantes, se hayan visto obligados a asumir la responsabilidad por el manejo de la economía nacional.

Por desgracia, una cosa es comprender que dadas las circunstancias contar con el aval del FMI es fundamental porque el país no está en condiciones de aislarse del mundo, y otra muy diferente es entender todas las connotaciones de dicho viraje. Lo mismo que un converso religioso, los recién convencidos de que el FMI representa el mal menor tendrán que modificar sus actitudes ante miles de temas distintos hasta que terminen reemplazando casi por completo su cosmovisión anterior. De tratarse de meros oportunistas, el aprendizaje no les resultaría demasiado difícil, pero puesto que muchos se han sentido sinceramente comprometidos con cierta forma de interpretar la realidad económica, social y política, habrá de transcurrir mucho tiempo antes de que logren ajustarse a su nuevo credo, tiempo del cual el país no dispone.

Entre los populistas suele darse por descontado que el FMI constituye la cara más visible del «capitalismo salvaje» y que sus técnicos siempre proponen medidas descarnadamente «neoliberales», pero la verdad es menos sencilla. Aunque es de suponer que ciertos representantes del FMI sí se sienten entusiasmados por el capitalismo descontrolado, otros, como, según parece, Anoop Singh, son esencialmente pragmáticos. Lo que quieren es que los planes cierren, que resulten «sustentables», y si un gobierno izquierdista pudiera lograrlo, se darían por satisfechos. Al fin y al cabo, su función básica consiste en tratar de impedir que se produzcan convulsiones financieras que podrían tener repercusiones internacionales, razón por la que desde su punto de vista un país socialista estable es infinitamente preferible a otro que sea fervorosamente capitalista, pero congénitamente inestable.

Acaso el mayor error de generaciones de políticos nacionales haya consistido en creer que rebelarse contra el rigor equivalía a anteponer la solidaridad, la justicia social, la soberanía y mucho más a la desigualdad y la entrega. Sin embargo, la verdad es que para funcionar, las políticas supuestamente favorecidas por los enemigos del FMI -y, por lo común, de Estados Unidos- exigirían un grado de rigor y una capacidad administrativa llamativamente superiores a las que aquí se llaman «ortodoxas». Como se habrán enterado algunos -y es de esperar que éstos incluyan a Duhalde y sus colaboradores inmediatos-, la desprolijidad sistemática que sólo sirve para bicicletear dificultades y posibilitar la corrupción en gran escala es compatible con cualquier ideología, fuera ésta izquierdista, derechista o centrista, pero es esencialmente autodestructiva. Sin embargo, la actitud así supuesta es la característica más notable del populismo hegemónico. Mientras no se la abandone, el país seguirá a la deriva sin ninguna posibilidad de llegar a buen puerto, pero aun cuando sus gobernantes finalmente se hayan dado cuenta de que los desastres que se han concretado han tenido menos que ver con las aspiraciones que han procurado expresar los líderes de los movimientos más votados que con el desprecio del oficialismo de turno por la calidad de su gestión, será forzoso reparar los daños causados por una tradición signada por la desidia que tanto ha contribuido a provocar la debacle que estamos viviendo.


Hasta fines del año pasado, los que se oponían con mayor vehemencia a pactar con el FMI eran aquellos que, como el todavía senador Eduardo Duhalde y el jefe camionero Hugo Moyano, parecían creer que si no fuera por el apego inexplicable del gobierno delarruista a lo que llamaban la "ortodoxia" económica, la Argentina no tardaría en transformarse en un país rico y contento. A partir de enero, empero, tanto Duhalde como Moyano dicen estar convencidos de que a menos que el FMI nos ayude muy pronto, el país continuará empobreciéndose a un ritmo vertiginoso. El cambio así supuesto no puede atribuirse a nada más que el oportunismo: con toda seguridad, Duhalde, Moyano y muchos otros realmente tomaban en serio sus propias palabras que, de todos modos, reflejaban la opinión dominante en amplios sectores del país. Antes bien, se ha debido a que por primera vez en su vida el presidente y, de forma menos directa, sus simpatizantes, se hayan visto obligados a asumir la responsabilidad por el manejo de la economía nacional.

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