Demasiado tranquilo

Ya es evidente que el déficit más llamativo del gobierno tiene que ver con la falta de un programa claro. Parecería que sólo tratara de ganar tiempo.

Redacción

Por Redacción

Para un presidente que se ve frente a una corrida cambiaria y la amenaza nada teórica de que en breve pueda producirse una nueva oleada hiperinflacionaria, la tranquilidad puede resultar la actitud más eficaz, siempre y cuando el gobierno que encabeza entienda muy bien lo que está sucediendo y cuente con los instrumentos necesarios para asegurar que el pánico se agote antes de que provoque daños permanentes. Sin embargo, para un presidente que según parece no tiene la menor idea de las causas de la corrida y un gobierno que carece de los medios que le permitirían restaurar la calma, la pasividad dista de constituir una estrategia viable. Por lo tanto, las bravuconadas de Eduardo Duhalde, que, después de volver de su estadía corta y poco feliz en México se puso a hablar como si a su juicio la hiperinflación o una devaluación del mil por ciento serían episodios meramente anecdóticos que no lo harían «dejar sola a la gente», no han contribuido en absoluto a tranquilizar a la población. Por el contrario, han agravado el malestar existente al brindar la impresión de que el presidente vive en una especie de burbuja alejada de las preocupaciones de los demás.

He aquí la razón principal del debilitamiento constante de la presidencia de Duhalde, a pesar de que disfrute de la ventaja enorme de que a muy pocos les interesaría que se desatara un desbarajuste institucional de proporciones, como sería el caso si el representante más poderoso de la clase política nacional se mostrara totalmente incapaz de manejar la crisis. Asimismo, los candidatos presidenciales en potencia aún necesitan por lo menos algunos meses para elaborar sus «proyectos» respectivos. Con todo, hay un límite a los errores que el país está dispuesto a soportar: por cierto, nadie, salvo a un especulador, le podría entusiasmar la idea de que Duhalde, lo mismo que Raúl Alfonsín a fines de los años ochenta, preferiría despejar el camino de la hiperinflación a tomar las decisiones precisas para prevenirla por considerarlas políticamente «inviables» o ideológicamente antipáticas. En el muy corto plazo su resistencia a actuar podría suponerle algunos aplausos; en el largo, empero, le garantizaría el desprecio universal.

Ya es evidente que el déficit más llamativo del gobierno duhaldista tiene que ver con la falta de un programa claro. Parecería que su objetivo único consiste en tratar de ganar tiempo con la esperanza de que el FMI, conmovido por las penurias del pueblo argentino y asustado por el riesgo de que el país se transforme en un bastión de la irracionalidad militante, finalmente opte por darle mucho dinero, el cual, huelga decirlo, emplearía no para emprender reformas estructurales, sino para perpetuar algunos meses más el modelo corporativo y clientelar existente. Se trataría de una estrategia tan asombrosamente miope que es comprensible que hasta hace muy poco la mayoría haya dado por descontado que en verdad pensaba en algo decididamente más ambicioso, pero los días y las semanas han transcurrido sin que haya surgido señal alguna de que Duhalde esté esperando el momento indicado para poner en marcha un plan realista.

Hay una diferencia muy grande entre la tranquilidad de los fuertes por un lado y, por el otro, aquélla de los débiles que no actúan porque no pueden o porque no saben qué hacer. Los intentos de Duhalde por minimizar la significancia de «la City», el colapso del peso y la hiperinflación no reflejan la confianza de una persona que esté resuelta a impulsar una política determinada contra viento y marea, sino el desconcierto de un hombre que quisiera actuar con vigor pero que ya ha aprendido que son meramente ilusorias las alternativas que le habían atraído antes de que asumiera sus responsabilidades actuales, mientras que las opciones genuinas contradicen buena parte de lo que ha dicho en el curso de su carrera pública. Desde luego que tal situación no le es nada agradable, pero, lo entienda o no, está en juego mucho más que su propio porvenir. En cuanto a su compromiso a no «dejar sola a la gente», ésta con toda seguridad aceptaría ser abandonada por Duhalde si esto fuera el precio necesario para que surgiera un gobierno que estuviera en condiciones de darle al país el liderazgo positivo, lúcido y enérgico que tan desesperadamente requiere.


Para un presidente que se ve frente a una corrida cambiaria y la amenaza nada teórica de que en breve pueda producirse una nueva oleada hiperinflacionaria, la tranquilidad puede resultar la actitud más eficaz, siempre y cuando el gobierno que encabeza entienda muy bien lo que está sucediendo y cuente con los instrumentos necesarios para asegurar que el pánico se agote antes de que provoque daños permanentes. Sin embargo, para un presidente que según parece no tiene la menor idea de las causas de la corrida y un gobierno que carece de los medios que le permitirían restaurar la calma, la pasividad dista de constituir una estrategia viable. Por lo tanto, las bravuconadas de Eduardo Duhalde, que, después de volver de su estadía corta y poco feliz en México se puso a hablar como si a su juicio la hiperinflación o una devaluación del mil por ciento serían episodios meramente anecdóticos que no lo harían "dejar sola a la gente", no han contribuido en absoluto a tranquilizar a la población. Por el contrario, han agravado el malestar existente al brindar la impresión de que el presidente vive en una especie de burbuja alejada de las preocupaciones de los demás.

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