Veinte años después

La guerra de Malvinas debería haber llamado la atención de las consecuencias de la incapacidad del país para organizarse.

Redacción

Por Redacción

Cuando hace veinte años el régimen militar se apoderó de las islas Malvinas, puso en marcha la serie de acontecimientos que culminarían con la restauración de la democracia. Tal desenlace no fue inevitable. Ocurrió porque la mayoría, luego de haber aplaudido la invasión, optó por atribuir la derrota que se produjo poco más de dos meses más tarde a nada más que los muchos errores perpetrados por los jefes de las fuerzas armadas. Dicha actitud puede haber sido comprensible, pero al contribuir a consolidar la idea de que todos los males del país -el atraso económico, la violencia política y, desde luego, la debilidad militar- se debieron exclusivamente al accionar de una dictadura a la vez estúpida y brutal, impidió que la sociedad en su conjunto aprovechara las muchas enseñanzas que había dejado aquella breve guerra. Por cierto, pocos se sintieron impresionados por la brecha que se había abierto entre la Argentina y el mundo desarrollado que en el curso del conflicto se había hecho patente. Sin embargo, además de subrayar la ignorancia notable de cómo funcionaba el mundo moderno de la que hicieron gala no sólo los militares y los miembros civiles de su régimen sino también casi todos los políticos y comentaristas, el conflicto debería haber llamado la atención a las consecuencias luctuosas de la incapacidad del país para organizarse con eficacia. Por interés en algunos casos y por orgullo en muchos más, la mayoría no quería preguntarse si las deficiencias de las fuerzas armadas no reflejaban las fallas comunes a toda la sociedad. De haberse intentado hacer un esfuerzo auténtico por aprender del «baño de realidad» que le había supuesto la guerra, las décadas siguientes podrían haber resultado decididamente más fructíferas.

Aunque sería absurdo procurar equiparar la Guerra de las Malvinas con la Segunda Guerra Mundial, no lo sería comparar nuestra reacción frente a la derrota a aquella de los europeos. Mientras que éstos emprendieron programas de reforma profundos que les permitirían recuperarse con rapidez asombrosa y prosperar en el mundo de la posguerra, aquí la voluntad de minimizar las connotaciones del fracaso para todos salvo los militares sirvió para frenar cualquier proyecto reformista serio que pudiera haberse ensayado. En 1965, veinte años después de la guerra más sangrienta de la historia del género humano, Europa occidental era mucho más rica, más democrática y más equitativa de lo que había sido jamás. La Argentina, en cambio, es más pobre de lo que era en 1982 y, lo que es peor aún, podría estar iniciando un período prolongado de convulsiones sociales, desintegración política y miseria generalizada.

Con todo, si bien es deprimente pensar en la diferencia enorme entre los veinte años que han seguido a la Guerra de las Malvinas aquí y el mismo lapso en Europa después de un conflicto que fue incomparablemente mayor, también nos da buenos motivos para sentir cierto optimismo. Entre otras cosas, la experiencia europea muestra que siempre y cuando la clase dirigente, consustanciada con el resto de la ciudadanía, esté dispuesta a obrar con realismo y vigor, es perfectamente posible transformar países devastados y paupérrimos para que sean dinámicos, creativos, solidarios, ricos y bien ordenados en un período relativamente corto. Si bien la Argentina no es «viable» en su estado actual, gobernada adecuadamente sería más que capaz de recuperar el terreno recién perdido para entonces avanzar a un ritmo satisfactorio. En la Europa occidental lúgubre y temerosa de 1945, cualquiera que vaticinara que en 1965 sería una vez más una zona pacífica y floreciente, hubiera sido considerado un optimista delirante. Pero, claro está, aquellos europeos tomaron en serio las lecciones que les habían brindado los terribles años anteriores. ¿Seremos capaces de emularlos? No lo éramos en 1982, sin duda porque el choque asestado por una derrota que pudo endosarse a «los militares» -o sea, a un puñado de personas- no resultó tan traumático como tantos suponían. Tampoco servirá para mucho la derrota más dolorosa que nos ha supuesto el colapso económico si logramos convencernos de que se debió a «los políticos» al «modelo neoliberal» o a otro fenómeno supuestamente ajeno a la mayoría de los habitantes del país.


Cuando hace veinte años el régimen militar se apoderó de las islas Malvinas, puso en marcha la serie de acontecimientos que culminarían con la restauración de la democracia. Tal desenlace no fue inevitable. Ocurrió porque la mayoría, luego de haber aplaudido la invasión, optó por atribuir la derrota que se produjo poco más de dos meses más tarde a nada más que los muchos errores perpetrados por los jefes de las fuerzas armadas. Dicha actitud puede haber sido comprensible, pero al contribuir a consolidar la idea de que todos los males del país -el atraso económico, la violencia política y, desde luego, la debilidad militar- se debieron exclusivamente al accionar de una dictadura a la vez estúpida y brutal, impidió que la sociedad en su conjunto aprovechara las muchas enseñanzas que había dejado aquella breve guerra. Por cierto, pocos se sintieron impresionados por la brecha que se había abierto entre la Argentina y el mundo desarrollado que en el curso del conflicto se había hecho patente. Sin embargo, además de subrayar la ignorancia notable de cómo funcionaba el mundo moderno de la que hicieron gala no sólo los militares y los miembros civiles de su régimen sino también casi todos los políticos y comentaristas, el conflicto debería haber llamado la atención a las consecuencias luctuosas de la incapacidad del país para organizarse con eficacia. Por interés en algunos casos y por orgullo en muchos más, la mayoría no quería preguntarse si las deficiencias de las fuerzas armadas no reflejaban las fallas comunes a toda la sociedad. De haberse intentado hacer un esfuerzo auténtico por aprender del "baño de realidad" que le había supuesto la guerra, las décadas siguientes podrían haber resultado decididamente más fructíferas.

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