Un desafío muy duro

Para acercarse a sus objetivos, Jaim Etcheverry deberá intentar desmantelar espesas redes burocráticas.

Redacción

Por Redacción

En circunstancias menos penosas que las actuales, la elección de Guillermo Jaim Etcheverry como rector de la Universidad de Buenos Aires podría marcar el inicio de una etapa nueva y fructífera luego de demasiados años de mediocridad institucionalizada. A diferencia de su antecesor, se trata de un académico independiente de los aparatos partidarios que se ha erigido en un referente nacional no por el puesto que ocupaba ni por su militancia política, sino por su compromiso firme con la educación y con la calidad cultural, de suerte que el mero hecho de que tantos profesores lo hayan apoyado constituye de por sí un dato muy promisorio. En su libro «La tragedia educativa», Jaim Etcheverry lamentó la propensión general a tomar el haber cursado materias determinadas en colegios o aulas universitarias por evidencia de «excelencia» aun cuando lo aprendido fuera poco, los esfuerzos exigidos mínimos y los diplomas otorgados de valor muy discutible. Por ser tan importante «la imagen» de quienes están a cargo de instituciones como la UBA, el que en cierto modo Jaim Etcheverry ya sea un símbolo de la educación pública entendida no como una herramienta para la remodelación de la sociedad conforme a un plan voluntarista sino como un proyecto que requiere un gran esfuerzo por parte de todos los vinculados, sin excluir a los estudiantes, le supone una ventaja que por motivos conocidos le fue negada al radical Oscar Shuberoff, quien durante 16 años ha sido el responsable de administrar la mayor universidad del país.

Con todo, aunque entre 1986 y 1990 el nuevo rector resultó ser un decano eficaz de la Facultad de Medicina de la UBA, dicha experiencia no garantiza que será capaz de superar el desafío que tendrá que enfrentar en los años próximos. Con más de un cuarto de millón de estudiantes, la UBA se asemeja tanto a una ciudad de dimensiones medianas como a una institución académica, una ciudad que además de depender de los contribuyentes de todo el país está fuertemente politizada, lo cual quiere decir que en ella abundan las personas, trátese de estudiantes, docentes o funcionarios no docentes, que están más que dispuestas a subordinar la calidad académica a factores a su entender mucho más significantes. Para que pueda acercarse a sus objetivos, pues, a Jaim Etcheverry le será necesario intentar desmantelar las espesas redes burocráticas que fueron creadas, con la colaboración entusiasta de la Franja Morada radical, en el transcurso de la prolongada gestión de Shuberoff, tarea que con toda seguridad no le resultará nada sencilla por ser los consustanciados con los esquemas existentes expertos en las maniobras propias de la política criolla.

Otro gran problema que le espera es, cuando no, el supuesto por la necesidad de continuar financiando una universidad sobredimensionada en una época signada por la extrema estrechez. Si bien Jaim Etcheverry siempre ha defendido el principio de la gratuidad, que es una de las particularidades más notables de nuestras universidades públicas, tendrá que reconocer que la sociedad tiene derecho a exigir algo más a cambio de los subsidios públicos que supone el no arancelamiento de lo que ha recibido en los años últimos. Como con frecuencia se ha señalado, son muchos los estudiantes de clase media que, luego de haber asistido a colegios pagos a veces muy caros, aprovechan la gratuidad universitaria aunque sus familias estarían en condiciones de aportar a los costos de sus estudios, mientras que a raíz de la falta crónica de fondos supuesta por el sistema ha sido imposible dar becas adecuadas a jóvenes procedentes de hogares auténticamente pobres. Por supuesto que sería muy bueno que la Argentina pudiera seguir siendo uno de los pocos países del mundo entero en el que los hijos de familias acomodadas no tienen que preocuparse por aranceles, pero la verdad es que lo que según sus defensores es un esquema muy igualitario perjudica enormemente a los jóvenes dotados sin recursos. Solucionar este problema es urgente porque la Argentina es demasiado pobre como para darse el lujo de privar a la mayoría de la población de la posibilidad de estudiar en una universidad genuina, pero parecería que Jaim Etcheverry no se ha propuesto intentarlo.


En circunstancias menos penosas que las actuales, la elección de Guillermo Jaim Etcheverry como rector de la Universidad de Buenos Aires podría marcar el inicio de una etapa nueva y fructífera luego de demasiados años de mediocridad institucionalizada. A diferencia de su antecesor, se trata de un académico independiente de los aparatos partidarios que se ha erigido en un referente nacional no por el puesto que ocupaba ni por su militancia política, sino por su compromiso firme con la educación y con la calidad cultural, de suerte que el mero hecho de que tantos profesores lo hayan apoyado constituye de por sí un dato muy promisorio. En su libro "La tragedia educativa", Jaim Etcheverry lamentó la propensión general a tomar el haber cursado materias determinadas en colegios o aulas universitarias por evidencia de "excelencia" aun cuando lo aprendido fuera poco, los esfuerzos exigidos mínimos y los diplomas otorgados de valor muy discutible. Por ser tan importante "la imagen" de quienes están a cargo de instituciones como la UBA, el que en cierto modo Jaim Etcheverry ya sea un símbolo de la educación pública entendida no como una herramienta para la remodelación de la sociedad conforme a un plan voluntarista sino como un proyecto que requiere un gran esfuerzo por parte de todos los vinculados, sin excluir a los estudiantes, le supone una ventaja que por motivos conocidos le fue negada al radical Oscar Shuberoff, quien durante 16 años ha sido el responsable de administrar la mayor universidad del país.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora