El fin de la aventura
El derrumbe de Chávez reduce el riesgo de que otros países, entre ellos el nuestro, se entreguen a un populismo beligerante.
Como tantos otros dirigentes latinoamericanos «carismáticos», Hugo Chávez alcanzó el poder a caballo de la promesa de poner fin de golpe a la politiquería corrupta y reducir drásticamente la extrema desigualdad económica que, por desgracia, es tan típica de todos los países de la región. Y, como tantos otros dirigentes de esta clase, Chávez terminó siendo derrocado al darse cuenta sus compatriotas de que el cambio que les había prometido era una ilusión. Es que la pomposamente denominada «revolución bolivariana» que según el coronel de paracaidistas convertido en presidente serviría para transformar a Venezuela en un país más justo y más pujante nunca fue mucho más que una lista de intenciones presuntamente buenas, mientras que los métodos utilizados para instrumentarla parecían limitarse a una serie de discursos tan farragosos como prepotentes y una sucesión de plebiscitos, además de gestos insólitos como los supuestos por su visita al dictador iraquí Saddam Hussein y su solidaridad con otro dictador, su vecino Fidel Castro. Asimismo, el gusto de Chávez por los enfrentamientos lo hizo pelear no sólo con los viejos partidos cuyo desprestigio le habían permitido irrumpir en el escenario político, sino también con los sindicatos obreros, las organizaciones empresarias, los directivos de Petróleos de Venezuela, la prensa y la Iglesia Católica. Si bien podría argüirse que en un país como Venezuela cualquier presidente auténticamente reformista tendría forzosamente que oponerse a dichos sectores, porque de otro modo no le sería posible impulsar los profundos cambios necesarios, el que Chávez nunca se diera el trabajo de pensar en serio sobre lo que se proponía hacer -aparte de apostar a que el precio del crudo se mantendría alto- significaba que el apoyo mayoritario abrumador con el que había iniciado su gestión luego de las elecciones de 1998 se diluiría hasta dejarlo aislado.
Para muchos en América Latina, para no hablar de los integrantes de la administración del presidente George W. Bush en Washington, la caída de Chávez, un demagogo imprevisible de aspiraciones no muy claras, habrá sido motivo de alivio aun cuando parecería que el factor decisivo no fue la ira popular, sino la intervención de las fuerzas armadas. Además de suponer la eliminación, por ahora cuando menos, de un personaje que se sentía tentado a respaldar a cualquier movimiento antinorteamericano, sin excluir a las FARC colombianas, y a emplear el petróleo como un arma en su «lucha antiimperialista», el derrumbe del chavismo habrá reducido el riesgo de que otros países, entre ellos el nuestro, reaccione ante la versión local de la crisis económica que afecta a toda la región entregándose por enésima vez al populismo beligerante. Con todo, si bien es evidente que Chávez no tenía la menor idea de cómo cumplir las promesas que había formulado en profusión antes de barrer con una clase política tradicional que se parecía mucho a la nuestra, los desafíos que se había comprometido a enfrentar siguen siendo reales. Lo mismo que la Argentina, Venezuela es un país sumamente injusto y corrupto en el que demasiados dirigentes son muy hábiles cuando se trata de aprovechar las trágicas lacras sociales, pero incompetentes para atenuarlas.
La decisión de una mayoría impresionante de venezolanos de confiar en Chávez fue claramente irracional -jamás hubo razones para creer que el militar ex golpista sería capaz de mejorar la condición del ochenta por ciento que vive como puede en la miseria-, pero sucede que en muchos países de la región los electorados suelen votar en favor de líderes «carismáticos» que en el fondo no son tan diferentes. Para que esta situación se modifique, será necesario que los pueblos latinoamericanos finalmente lleguen a la conclusión de que el facilismo populista es más brutal que las recetas rigurosas planteadas por aquellos políticos -conservadores o progresistas, da igual- que entienden que es peor que inútil intentar desconocer la realidad, por ingrata que ella sea, porque cualquier estrategia que se basa en nada más que «la esperanza» no podrá sino fracasar, dejando a la mayoría, que depende por completo de los resultados concretos logrados por sus gobernantes, en peores condiciones que antes.
Como tantos otros dirigentes latinoamericanos "carismáticos", Hugo Chávez alcanzó el poder a caballo de la promesa de poner fin de golpe a la politiquería corrupta y reducir drásticamente la extrema desigualdad económica que, por desgracia, es tan típica de todos los países de la región. Y, como tantos otros dirigentes de esta clase, Chávez terminó siendo derrocado al darse cuenta sus compatriotas de que el cambio que les había prometido era una ilusión. Es que la pomposamente denominada "revolución bolivariana" que según el coronel de paracaidistas convertido en presidente serviría para transformar a Venezuela en un país más justo y más pujante nunca fue mucho más que una lista de intenciones presuntamente buenas, mientras que los métodos utilizados para instrumentarla parecían limitarse a una serie de discursos tan farragosos como prepotentes y una sucesión de plebiscitos, además de gestos insólitos como los supuestos por su visita al dictador iraquí Saddam Hussein y su solidaridad con otro dictador, su vecino Fidel Castro. Asimismo, el gusto de Chávez por los enfrentamientos lo hizo pelear no sólo con los viejos partidos cuyo desprestigio le habían permitido irrumpir en el escenario político, sino también con los sindicatos obreros, las organizaciones empresarias, los directivos de Petróleos de Venezuela, la prensa y la Iglesia Católica. Si bien podría argüirse que en un país como Venezuela cualquier presidente auténticamente reformista tendría forzosamente que oponerse a dichos sectores, porque de otro modo no le sería posible impulsar los profundos cambios necesarios, el que Chávez nunca se diera el trabajo de pensar en serio sobre lo que se proponía hacer -aparte de apostar a que el precio del crudo se mantendría alto- significaba que el apoyo mayoritario abrumador con el que había iniciado su gestión luego de las elecciones de 1998 se diluiría hasta dejarlo aislado.
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