El peso de los números

Es en las zonas más atrasadas donde se han conservado los arreglos feudales y la corrupción política a gran escala.

Redacción

Por Redacción

Según los compiladores de estadísticas, hace apenas cinco años el ingreso mensual per cápita en la Argentina era de 688 dólares, mientras que en la actualidad suma 266 dólares, un monto exiguo que nos ubica por debajo del Perú -además de Costa Rica, Panamá, Venezuela, México, Brasil, Chile y Uruguay- en la tabla de posiciones latinoamericana que hasta cuatro meses atrás siempre habíamos encabezado por un margen muy amplio. Con todo, aunque el nivel de vida de virtualmente todos se ha deteriorado a partir del inicio de la recesión, en la mayoría de los casos el empeoramiento ha sido menos espectacular de lo que harían pensar tales cifras. Por cierto, la Argentina aún no ha caído al nivel ostentado por países como Perú y Venezuela. Además, de poder eliminarse el factor miedo de la ecuación complicadísima que determina la cotización diaria del peso, la tasa de cambio «real» no se aproximaría a los 2,85 de las semanas últimas sino, quizás, al 1,40 previsto por el gobierno del presidente Eduardo Duhalde cuando, molesto por la «ficción» del uno a uno, se las ingenió para reemplazarla por una relación más imaginativa aún. En tal caso, la Argentina saltaría desde su posición humillante actual hasta recuperar el liderazgo perdido, aventajando, aunque fuera por muy poco, incluso al país en teoría más rico al sur del Río Bravo que es Uruguay.

Durante más de un siglo, la conciencia de que la Argentina era mucho más próspera que todos los demás países de la región, si bien por una diferencia que andando el tiempo tendía a reducirse, incidió decisivamente en la mentalidad de sus dirigentes al convencerlos de que podrían permitirse muchos lujos negados a los hermanos pobres. ¿Tendrá un efecto similar la novedad desagradable de que, conforme a los números, es un país depauperado con motivos de sobra para envidiar a Uruguay y Chile? De perpetuarse la situación estadística actual, es de suponer que sí, lo cual sería muy saludable si entre los dirigentes diera pie a una ética de austeridad combinada con un culto a la eficiencia, pero que no lo sería en absoluto si, impresionados por la «latinoamericanización» instantánea de un país supuestamente diferente, optaran por comportarse como sus homólogos de otras partes de la región.

Es que frente a un desastre que algunos atribuyen a nuestra manía de considerarnos europeos trasplantados en vez de conformarnos con un destino latinoamericano, sería decididamente mejor que reaccionáramos como «europeos» y no como «latinoamericanos». La retórica aparte, desde el siglo XIX por lo menos aquellos se han mostrado llamativamente más solidarios que sus parientes transatlánticos, de suerte que los programas que se pusieron en marcha después de los desastres supuestos por guerras mundiales devastadoras tomaron en cuenta los intereses de todos los sectores sociales, no sólo los de una minoría. Por supuesto que los países europeos distan de ser dechados de igualitarismo, pero aun así los más comprometidos con el capitalismo, como Suiza, siempre han sido incomparablemente más equitativos que sus equivalentes latinoamericanos a pesar de que a menudo éstos se hayan visto dominados por políticos que se afirmaban paladines de la justicia social.

En América Latina, la forma tradicional de hacer frente a la miseria generalizada ha sido distinta de la europea. Ha consistido en denunciarla con elocuencia y pasión, achacándola ya a las «oligarquías» locales, ya a la perversidad foránea, sin por eso permitir que la pobreza ubicua impida a una minoría vivir con un grado de opulencia que escandalizaría a los relativamente acomodados de países ricos como Suecia. Para colmo, es en las zonas más atrasadas de los países latinoamericanos, lugares como Formosa, Chaco y Santiago de Estero, donde se han conservado mejor tanto los arreglos feudales o clientelistas como la corrupción política en gran escala. Así las cosas, no es del todo inevitable que, en el caso de que el desplome económico que acaba de producirse resultara ser el preludio de décadas de pobreza, la «clase política» más sus allegados acepten el desafío que se les ha planteado. A menos que la ciudadanía los vigile desde cerca, podrían decidir convivir con la miseria ajena «latinoamericanizándose» por completo, lo cual sería una catástrofe sin atenuantes.


Según los compiladores de estadísticas, hace apenas cinco años el ingreso mensual per cápita en la Argentina era de 688 dólares, mientras que en la actualidad suma 266 dólares, un monto exiguo que nos ubica por debajo del Perú -además de Costa Rica, Panamá, Venezuela, México, Brasil, Chile y Uruguay- en la tabla de posiciones latinoamericana que hasta cuatro meses atrás siempre habíamos encabezado por un margen muy amplio. Con todo, aunque el nivel de vida de virtualmente todos se ha deteriorado a partir del inicio de la recesión, en la mayoría de los casos el empeoramiento ha sido menos espectacular de lo que harían pensar tales cifras. Por cierto, la Argentina aún no ha caído al nivel ostentado por países como Perú y Venezuela. Además, de poder eliminarse el factor miedo de la ecuación complicadísima que determina la cotización diaria del peso, la tasa de cambio "real" no se aproximaría a los 2,85 de las semanas últimas sino, quizás, al 1,40 previsto por el gobierno del presidente Eduardo Duhalde cuando, molesto por la "ficción" del uno a uno, se las ingenió para reemplazarla por una relación más imaginativa aún. En tal caso, la Argentina saltaría desde su posición humillante actual hasta recuperar el liderazgo perdido, aventajando, aunque fuera por muy poco, incluso al país en teoría más rico al sur del Río Bravo que es Uruguay.

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