Superorganismos

HÉCTOR CIAPUSCIO (*)

En el colegio secundario de otros tiempos nos ilustraban sobre insectos sociales leyéndonos trozos de “La vida de las hormigas”, un libro popular a partir de su aparición en 1930. El autor se llamaba Maurice Maeterlinck (1862-1949), era un intelectual belga notable como naturalista, poeta y dramaturgo (autor, por ejemplo, de “El pájaro azul”, obrita de teatro conocida por ese título, símbolo de felicidad infantil) que recibió el Premio Nobel en 1911. Sus trabajos biológicos, de tipo más bien literario, constituyeron por mucho tiempo la fuente clásica de información escolar sobre esos temas. La obra sobre las hormigas (tan leída como “La vida de las abejas”) refería, en relación con las maravillas que mostraba de ellas, que el estudio del tema tenía como autoridad a William Morton Wheeler (1865-1937), quien describió esa sociedad de insectos y le aplicó, inventándolo, el concepto de “superorganismo”, una creación reconocida como tal en 1928 por el presidente de la universidad de Harvard en ceremonia pública. El biólogo norteamericano resulta el padre de una idea o metáfora que es frecuente ahora en las revistas científicas. Un libro titulado “The Superorganism”, que suscriben Bert Hölldobler y Edward O. Wilson, explica la idea de que la existencia de algunas especies de hormigas corresponde, no como hipótesis sino como evidencia, exactamente al concepto de “organismo”. Por otra parte muestra, en relación con trabajos como el lejano de Maeterlinck, la enorme distancia que media entre la calidad y la cantidad de los conocimientos disponibles en aquellos años y los que están presentes en la actual Mirmecología (del griego “mirmex”, hormiga), una disciplina científica de alto nivel. En cuanto a los autores, si a primera vista puede sorprender que Wilson, el mayor de los entomólogos y el creador de la Sociobiología, figure segundo en la autoría del libro, un repaso de su autobiografía (“Naturalist” de 1994) nos aclara a los no especialistas quién es Hölldobler y qué relación tiene con él. Proveniente de la universidad de Frankfürt, siendo estudiante golpeó la puerta de su oficina en 1964 para ser su discípulo en Harvard. Él lo identificó pronto como “el más prometedor científico joven del mundo trabajando en el comportamiento de animales invertebrados”. Investigaron juntos desde entonces, estimado el alemán por él como “el hermano menor que nunca tuve” y admirado al mismo tiempo como “el científico más honesto que yo haya conocido”. Entre otros trabajos publicaron “The Ants” (Las Hormigas), un libro que le dio a Wilson su segundo Pulitzer Prize y se convirtió en un clásico de la disciplina. Requerido Hölldobler en su país, volvió a Frankfürt en 1989 y no tardó en recibir el Leibniz, el más alto premio alemán en ciencias en 1991. El tema del libro es la civilización especial de insectos que representan las hormigas, que han colonizado, diversificadas en 14.000 especies y a través de 100 millones de años, todo continente habitable. Para explicar el concepto de “superorganismo” utiliza el paralelismo funcional entre un organismo (tal como el de nosotros mismos) y el constituido por una colonia de hormigas. Las hormigas individuales, dice, funcionan allí como las células en nuestro cuerpo y tienen, como la mayoría de ellas, una vida extremadamente corta. Con el mismo razonamiento podemos decir que los nidos de algunos tipos de hormigas corresponden a la piel y el esqueleto de otras criaturas; algunos son tan enormes como los de ballenas. Los de cierta especie de Sudamérica, por ejemplo, pueden contener cerca de dos mil cámaras individuales, alguna con una capacidad de cincuenta litros, y pueden involucrar la excavación de cuarenta toneladas de tierra y extenderse por centenares de pies cuadrados. La coordinación entre tales colonias gigantes, que pueden albergar billones de individuos, se produce a través de un sistema de comunicaciones extraordinariamente sofisticado y es un equivalente del sistema nervioso humano. Gracias a su sistema de comunicación y a la división del trabajo basada en castas, cada colonia está bastante integrada como para ser definida “superorganismo”. Sin embargo, la organización social varía enormemente de una especie a otra según el nivel de evolución biológica. En la recensión del libro que publica Tim Flannery, ambientalista y profesor de la Sydney University, se puede extraer también un par de consideraciones interesantes. Señala, por ejemplo, que el trabajo hace especial referencia a la colonización a escala gigantesca producida en un enorme espacio de territorio del sur de Estados Unidos por hormigas descendientes de las “fire ants”, hormigas de fuego (también llamadas, para nuestro disgusto, “Argentine ants”, hormigas argentinas), importadas accidentalmente desde Sudamérica en Alabama en los 30. Estas hormigas se muestran contenidas en sus zonas sudamericanas de origen pero cuando llegaron a Estados Unidos sufrieron una extraña alteración biológica, un cambio en la frecuencia de un gen, que las convirtió en invasoras incontenibles en su expansión. Con respecto a la posibilidad de un paralelismo entre estos insectos sociales que constituyen un superorganismo y la evolución de la humanidad, Flannery se hace una pregunta arriesgada: ¿puede suponerse que, por ejemplo, la invención de un sistema como internet está conduciendo a una similar evolución social de nuestra propia especie? Hay varios procesos que abonarían un supuesto como ese. Si, por ejemplo, estamos luchando globalmente para evitar un desastre económico mundial y nos ponemos de acuerdo en un tratado global para prevenir un cambio climático catastrófico, inevitablemente construiremos estructuras que, como las de las hormigas, configuren un superorganismo que funcione más eficientemente. De todo esto resulta difícil, dice, evitar la idea de que estamos en un proceso de metamorfosis hacia el más vasto y más formidable superorganismo de todos los tiempos. Es una especulación pensable, pero él mismo reconoce que estamos en presencia de modalidades profundamente diferentes. Dice que a medida que el siglo XXI avance nos hallaremos indudablemente tratando de configurar nuestro nido tamaño planeta tan cuidadosamente como hacen las hormigas con sus colonias, pero la gran diferencia es que en el caso de un superorganismo humano será nuestra inteligencia la que nos guiará. Es un razonamiento acorde con conclusiones del libro que comenta. En él se lee esta reflexión tranquilizadora: “No somos un superorganismo. Los insectos sociales son rígidamente gobernados por el instinto y lo serán siempre. Los seres humanos están dotados de razón y tienen una cultura en rápida evolución. Los humanos somos capaces de introspección y podemos encontrar inteligentemente el modo de poner freno a nuestros conflictos autodestructivos”. La Humanidad no será un superorganismo, quieren decir Hölldobler y Wilson. (*) Doctor en Filosofía


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