La producción agrícola del valle de Chanquín devastada por la lluvia
Se notó ausencia del Estado con la crecida de arroyos.
Martín Brunella
Carmen sobrevivía gracias a su huerta. La tormenta no le dejó nada.
pedro caram
pcaram@rionegro.com.ar
A casi diez días de uno de los mayores temporales que recuerde la región sur rionegrina, las consecuencias del meteoro aún son evidentes.
El impacto de la torrencial lluvia registrada provocó severos daños en la actividad agrícola de distintas zonas cercanas a la meseta de Somuncura.
Sembradíos destrozados, campos y cuadros desalambrados, casas destruidas, vehículos arrastrados por la corriente. Incertidumbre, desazón, bronca y, en cierta medida, resignación, se perciben en los habitantes de una zona de Río Negro que parece acostumbrada a los golpes de la naturaleza.
Casi tanto como a la desatención del Estado, que la tiene marginada y postergada.
El jueves de la semana pasada, por la tarde, una lluvia implacable cayó en la planicie, como llaman los lugareños a lo alto de la meseta.
Osvaldo Bruce, un poblador de 65 años, vive desde siempre en el hermoso valle de Chipauquil, a unas pocas leguas de donde se encuentra la mojarrita desnuda. Hasta la madrugada duró el temporal.
Las nacientes se transformaron en manantiales, los manantiales en arroyos, los arroyos en ríos.
Un mar de agua dulce bajó por los cañadones, se encajonó en los valles, arrancó árboles de cuajo y produjo destrozos decenas de kilómetros más abajo.
Unos 30 centímetros de arena cubrieron el mallín de don Bruce, el agua derribó alambrados y se llevó algunos animales. Sus chivos y corderos ahora vagan por los campos.
El arroyo Valcheta se desbordó y generó temor en los pobladores.
Juan Carlos Gallego, chacarero de Chanquín, apenas alcanzó a resguardar a los suyos, antes de que llegara la creciente.
Las históricas desatenciones del Estado generaron que los problemas fueran más graves aún.
Un impacto menor
La falta de mantenimiento del arroyo generó que la naturaleza disponga y nada pueda detenerla. “Hace años que venimos reclamando que limpien el arroyo, que está lleno de mimbres.
El agua los arrastró y fue provocando tapones. Seguramente la crecida se habría sentido igual, pero no hubiera hecho tanto daño”, aseguró Gallego, a “Río Negro”.
Al pequeño agricultor le destrozó la plantación de alfalfa, de maíz y de papa.
También arruinó los fardos del galpón y hasta le inundó la casa, dañando muebles y artefactos.
“Necesitamos acompañamiento, yo no necesito que me regalen nada, pero que me ayuden”, dice pidiéndole al Estado políticas que apunten a mejorar su rentabilidad para tratar de recuperar lo que perdió con este devastador fenómeno meteorológico.
Le llevó todo
Carmen Yancá perdió todo en diez minutos. La creciente arrastró alambrados y provocó destrozos que le harán perder el año entero económicamente.
“Los chicos acá no tienen trabajo así que mis hijos tuvieron que irse porque no alcanza para todos y ahora con esto menos”, afirma.
Por sábado en la feria que realizan semanalmente, con la venta de zapallos, tomates y otras verduras reunía unos 1200 pesos.
“Perdimos todo”, asegura Carmen con resignación.
“A nosotros nos partió al medio”, confiesa Gallego. Sus chacras son cercanas. El valle de Chanquín sufrió la lluvia como una catástrofe.
Los ganaderos debieron trabajar días enteros para encontrar sus animales que se dispersaron ante la caída de alambres.
Algunos murieron, y en otros casos se sigue con la búsqueda del ganado que escapó a la crecida del río tras el temporal que se extendió durante varias horas, según el relato de muchos de los pobladores.
El costo de trabajo y material es muy elevado. El Estado deberá estar presente para que al menos en parte, alguna vez, puedan comenzar a recuperar lo perdido.
Las plantaciones de maíz tampoco resistieron las intensas lluvias caídas en toda la región. Las pérdidas fueron totales para los pequeños productores.
Con operarios y máquinas pesadas, Vialidad Nacional logró reconstruir el puente.
Martín Brunella
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