Pocas esperanzas para Siria
Merced en buena medida a las ya ubicuas redes sociales cuyas imágenes, captadas por los canales televisivos, permiten a casi todos saber en detalle impactante lo está sucediendo en cualquier parte del mundo, muchos que hace menos de una década se opusieron con pasión a la invasión del Irak del dictador sanguinario Saddam Hussein están exhortando a Estados Unidos y otras potencias occidentales a tomar medidas militares para defender a la población siria de los ataques brutales del ejército del dictador Bashar al Assad. El cambio de actitud puede entenderse. A diferencia de lo que sucedía en los meses previos a la invasión de Irak, cuando la información acerca de las atrocidades sistemáticas perpetradas por el régimen de Saddam consistía mayormente en testimonios verbales, en la actualidad pueden verse en televisión las víctimas: mujeres y niños destrozados, heridos torturados, barrios enteros bombardeados, manifestantes que piden la intervención de la OTAN para poner fin a la carnicería de inocentes. Pero desgraciadamente para aquellos sirios, los gobernantes de los países occidentales no tienen deseo alguno de arriesgarse nuevamente en el Oriente Medio u otras partes del convulsionado mundo musulmán. De su experiencia en Irak y Afganistán aprendieron que, pase lo que pasare, no tardarían de ser acusados de provocar todos los actos de violencia “fabricando” terroristas islamistas y que la opinión pública de sus propios países no estaría dispuesta a apoyarlos por más de algunas semanas. Y de las secuelas de la caída del extravagante tirano libio Muammar Gaddafi, que se vio posibilitada por la ayuda a los rebeldes de Francia y el Reino Unido, aprendieron que la alternativa a un dictador cruel no necesariamente sería un mandatario democrático respetuoso de los derechos ajenos sino que podría depender del desenlace de una lucha caótica por el poder entre los jefes de tribus distintas o de sectas religiosas intolerantes. Así, pues, los líderes occidentales parecen decididos a dejar que los sirios solucionen sus propios problemas, si bien dan a entender que intervendrían en seguida si consiguieran el aval de la ONU. Atribuyen su actitud a la negativa de Rusia y China, dos miembros del Consejo de Seguridad, a permitir una intervención externa y a lo difícil que sería encontrar un arreglo duradero en un país dividido entre sunnitas y chiitas, alauitas, kurdos y cristianos. Aunque todos coinciden con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en que a menos que “la comunidad internacional” actúe para frenar la violencia Siria correría el riesgo de ser escenario de matanzas sectarias en gran escala y que, debido a los vínculos de las facciones con correligionarios o con otros del mismo origen étnico en Irán, Irak y Turquía, aumentaría el peligro de que estalle una gran conflagración regional, prefieren mantener una postura de antagonismo hacia Al Assad sin por eso hacer mucho más que criticarlo en foros internacionales y ordenar sanciones económicas. Al brindar a los contrarios al régimen motivos para esperar que un día comiencen a recibir ayuda desde el exterior, la ambigüedad occidental así supuesta puede haber agravado un conflicto que ya ha causado más de 13.000 muertos. Hay una contradicción entre el no intervencionismo por un lado y, por el otro, la presunta voluntad de los norteamericanos y europeos de impulsar la democratización de sociedades que carecen de las tradiciones culturales y las instituciones necesarias. Sin presiones económicas y, en última instancia, militares muy fuertes, la evolución futura de Siria se verá determinada por fuerzas internas, de las que pocas se asemejan a las imaginadas por los optimistas de otras latitudes. Es posible que, a la larga, una mayoría abrumadora de los sirios y otros árabes llegue a la conclusión de que la democracia liberal es el único sistema capaz de permitir la convivencia pacífica y fructífera de integrantes de una variedad de etnias y sectas religiosas, pero aun así necesitarían poder contar con el respaldo decidido de quienes tienen la buena suerte de vivir en democracias consolidadas. Mientras tanto, tendrán que acostumbrarse a la pasividad de los que aplauden sus rebeliones cuando se inician, de tal modo alentándolos a arriesgarse, pero que, si no resultan exitosas, se limitan a llamar la atención a su propia impotencia.
Merced en buena medida a las ya ubicuas redes sociales cuyas imágenes, captadas por los canales televisivos, permiten a casi todos saber en detalle impactante lo está sucediendo en cualquier parte del mundo, muchos que hace menos de una década se opusieron con pasión a la invasión del Irak del dictador sanguinario Saddam Hussein están exhortando a Estados Unidos y otras potencias occidentales a tomar medidas militares para defender a la población siria de los ataques brutales del ejército del dictador Bashar al Assad. El cambio de actitud puede entenderse. A diferencia de lo que sucedía en los meses previos a la invasión de Irak, cuando la información acerca de las atrocidades sistemáticas perpetradas por el régimen de Saddam consistía mayormente en testimonios verbales, en la actualidad pueden verse en televisión las víctimas: mujeres y niños destrozados, heridos torturados, barrios enteros bombardeados, manifestantes que piden la intervención de la OTAN para poner fin a la carnicería de inocentes. Pero desgraciadamente para aquellos sirios, los gobernantes de los países occidentales no tienen deseo alguno de arriesgarse nuevamente en el Oriente Medio u otras partes del convulsionado mundo musulmán. De su experiencia en Irak y Afganistán aprendieron que, pase lo que pasare, no tardarían de ser acusados de provocar todos los actos de violencia “fabricando” terroristas islamistas y que la opinión pública de sus propios países no estaría dispuesta a apoyarlos por más de algunas semanas. Y de las secuelas de la caída del extravagante tirano libio Muammar Gaddafi, que se vio posibilitada por la ayuda a los rebeldes de Francia y el Reino Unido, aprendieron que la alternativa a un dictador cruel no necesariamente sería un mandatario democrático respetuoso de los derechos ajenos sino que podría depender del desenlace de una lucha caótica por el poder entre los jefes de tribus distintas o de sectas religiosas intolerantes. Así, pues, los líderes occidentales parecen decididos a dejar que los sirios solucionen sus propios problemas, si bien dan a entender que intervendrían en seguida si consiguieran el aval de la ONU. Atribuyen su actitud a la negativa de Rusia y China, dos miembros del Consejo de Seguridad, a permitir una intervención externa y a lo difícil que sería encontrar un arreglo duradero en un país dividido entre sunnitas y chiitas, alauitas, kurdos y cristianos. Aunque todos coinciden con el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, en que a menos que “la comunidad internacional” actúe para frenar la violencia Siria correría el riesgo de ser escenario de matanzas sectarias en gran escala y que, debido a los vínculos de las facciones con correligionarios o con otros del mismo origen étnico en Irán, Irak y Turquía, aumentaría el peligro de que estalle una gran conflagración regional, prefieren mantener una postura de antagonismo hacia Al Assad sin por eso hacer mucho más que criticarlo en foros internacionales y ordenar sanciones económicas. Al brindar a los contrarios al régimen motivos para esperar que un día comiencen a recibir ayuda desde el exterior, la ambigüedad occidental así supuesta puede haber agravado un conflicto que ya ha causado más de 13.000 muertos. Hay una contradicción entre el no intervencionismo por un lado y, por el otro, la presunta voluntad de los norteamericanos y europeos de impulsar la democratización de sociedades que carecen de las tradiciones culturales y las instituciones necesarias. Sin presiones económicas y, en última instancia, militares muy fuertes, la evolución futura de Siria se verá determinada por fuerzas internas, de las que pocas se asemejan a las imaginadas por los optimistas de otras latitudes. Es posible que, a la larga, una mayoría abrumadora de los sirios y otros árabes llegue a la conclusión de que la democracia liberal es el único sistema capaz de permitir la convivencia pacífica y fructífera de integrantes de una variedad de etnias y sectas religiosas, pero aun así necesitarían poder contar con el respaldo decidido de quienes tienen la buena suerte de vivir en democracias consolidadas. Mientras tanto, tendrán que acostumbrarse a la pasividad de los que aplauden sus rebeliones cuando se inician, de tal modo alentándolos a arriesgarse, pero que, si no resultan exitosas, se limitan a llamar la atención a su propia impotencia.
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