El mundo en la picota
Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner realmente esté convencida de que todos los problemas económicos que han surgido últimamente en el país se deben a que nos encuentre “con un mundo dado vuelta”, o puede que entienda muy bien que por lo menos algunos son atribuibles a los errores cometidos por su propio gobierno aunque, por motivos políticos comprensibles, haya optado por culpar al resto del planeta por las dificultades actuales. Así y todo, convendría que la presidenta reconociera que la gravedad del desaguisado financiero internacional le ha brindado una oportunidad para minimizar los costos políticos que le supondría un cambio radical de la estrategia voluntarista que nos ha precipitado en una nueva crisis, ya que podría justificarlo aludiendo a la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Sin embargo, parecería que, como tantos gobiernos anteriores, el de Cristina está decidido a aferrarse al “rumbo” por suponer que, si se aparta del camino que se ha fijado, sus adversarios festejarían lo que tomarían por una derrota política e ideológica sin atenuantes. Por lo demás, la presidenta es claramente reacia a modificar un “relato” según el cual, merced a sus propios esfuerzos y los de su marido fallecido, la Argentina está en condiciones de mantenerse a flote aun cuando casi todos los demás países se hundan. De todas formas, la tasa de inflación más alta de la región no tiene nada que ver con las actividades de aquellos financistas que, en palabras de la presidenta, “han timbeado durante años en los centros del poder”. Tampoco sería lícito responsabilizar al resto del mundo por el colapso de la producción energética, una desgracia que fue causada por la decisión del entonces presidente Néstor Kirchner de privilegiar sus propios intereses políticos por encima de los de un país, acaso porque al iniciar su gestión no pudo prever que en los años siguientes la Argentina experimentaría una etapa de crecimiento “a tasas chinas” y por lo tanto necesitaría mucho más energía; sea como fuere, andando el tiempo el error así supuesto haría trizas el gran superávit comercial en que se basaría “el modelo”. Asimismo, no se puede culpar a los especuladores foráneos por la transformación del Indec en una usina propagandística o las medidas imaginativas, pero a la larga contraproducentes, que tomaría el gobierno con el presunto propósito de frenar la sangría de divisas obstaculizando las importaciones, y para más señas es llamativo que, de todos los países latinoamericanos importantes, la Argentina sea por mucho el menos atractivo a ojos de los inversores extranjeros, detalle éste que debería preocupar a los diversos funcionarios encargados de manejar la economía. A juicio de la mayoría de los economistas locales, la coyuntura internacional sigue siéndonos favorable –a comienzos de la semana, el precio de la soja se anotó un nuevo aumento, superando el récord anterior al alcanzar 614 dólares la tonelada–, de suerte que el país, aislado como ha estado a partir del default de los mercados financieros internacionales, no se ha visto perjudicado directamente por los coletazos de la crisis de la Eurozona o la desaceleración de la economía norteamericana. En cambio, de caer en recesión nuestro “socio estratégico”, China, el impacto sería muy fuerte, porque, además de afectar las exportaciones de soja, incidiría negativamente en el precio, por tratarse de un país consumidor insaciable del “yuyito”. En cierto modo, los problemas que tantos dolores de cabeza están provocando aquí se asemejan mucho a los del Primer Mundo, ya que en ambos casos son imputables a la propensión de los gobernantes a subordinar todo al consumo. Se trata de una deficiencia estructural tanto del sistema democrático occidental como del autoritarismo chino en que, para asegurarse el apoyo de amplios sectores de la población, los gobiernos son conscientes de que su propio poder depende de su capacidad para impulsar el crecimiento económico: en Europa o Estados Unidos, una tasa anual del 1% puede considerarse tolerable, pero en China el régimen comunista cree que una inferior al 8% podría tener consecuencias sociales, y por lo tanto políticas, desastrosas. Por fortuna, en este ámbito, la Argentina tiene más en común con el despreciado Primer Mundo que con el gigante asiático.
Puede que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner realmente esté convencida de que todos los problemas económicos que han surgido últimamente en el país se deben a que nos encuentre “con un mundo dado vuelta”, o puede que entienda muy bien que por lo menos algunos son atribuibles a los errores cometidos por su propio gobierno aunque, por motivos políticos comprensibles, haya optado por culpar al resto del planeta por las dificultades actuales. Así y todo, convendría que la presidenta reconociera que la gravedad del desaguisado financiero internacional le ha brindado una oportunidad para minimizar los costos políticos que le supondría un cambio radical de la estrategia voluntarista que nos ha precipitado en una nueva crisis, ya que podría justificarlo aludiendo a la necesidad de adaptarse a las nuevas circunstancias. Sin embargo, parecería que, como tantos gobiernos anteriores, el de Cristina está decidido a aferrarse al “rumbo” por suponer que, si se aparta del camino que se ha fijado, sus adversarios festejarían lo que tomarían por una derrota política e ideológica sin atenuantes. Por lo demás, la presidenta es claramente reacia a modificar un “relato” según el cual, merced a sus propios esfuerzos y los de su marido fallecido, la Argentina está en condiciones de mantenerse a flote aun cuando casi todos los demás países se hundan. De todas formas, la tasa de inflación más alta de la región no tiene nada que ver con las actividades de aquellos financistas que, en palabras de la presidenta, “han timbeado durante años en los centros del poder”. Tampoco sería lícito responsabilizar al resto del mundo por el colapso de la producción energética, una desgracia que fue causada por la decisión del entonces presidente Néstor Kirchner de privilegiar sus propios intereses políticos por encima de los de un país, acaso porque al iniciar su gestión no pudo prever que en los años siguientes la Argentina experimentaría una etapa de crecimiento “a tasas chinas” y por lo tanto necesitaría mucho más energía; sea como fuere, andando el tiempo el error así supuesto haría trizas el gran superávit comercial en que se basaría “el modelo”. Asimismo, no se puede culpar a los especuladores foráneos por la transformación del Indec en una usina propagandística o las medidas imaginativas, pero a la larga contraproducentes, que tomaría el gobierno con el presunto propósito de frenar la sangría de divisas obstaculizando las importaciones, y para más señas es llamativo que, de todos los países latinoamericanos importantes, la Argentina sea por mucho el menos atractivo a ojos de los inversores extranjeros, detalle éste que debería preocupar a los diversos funcionarios encargados de manejar la economía. A juicio de la mayoría de los economistas locales, la coyuntura internacional sigue siéndonos favorable –a comienzos de la semana, el precio de la soja se anotó un nuevo aumento, superando el récord anterior al alcanzar 614 dólares la tonelada–, de suerte que el país, aislado como ha estado a partir del default de los mercados financieros internacionales, no se ha visto perjudicado directamente por los coletazos de la crisis de la Eurozona o la desaceleración de la economía norteamericana. En cambio, de caer en recesión nuestro “socio estratégico”, China, el impacto sería muy fuerte, porque, además de afectar las exportaciones de soja, incidiría negativamente en el precio, por tratarse de un país consumidor insaciable del “yuyito”. En cierto modo, los problemas que tantos dolores de cabeza están provocando aquí se asemejan mucho a los del Primer Mundo, ya que en ambos casos son imputables a la propensión de los gobernantes a subordinar todo al consumo. Se trata de una deficiencia estructural tanto del sistema democrático occidental como del autoritarismo chino en que, para asegurarse el apoyo de amplios sectores de la población, los gobiernos son conscientes de que su propio poder depende de su capacidad para impulsar el crecimiento económico: en Europa o Estados Unidos, una tasa anual del 1% puede considerarse tolerable, pero en China el régimen comunista cree que una inferior al 8% podría tener consecuencias sociales, y por lo tanto políticas, desastrosas. Por fortuna, en este ámbito, la Argentina tiene más en común con el despreciado Primer Mundo que con el gigante asiático.
Registrate gratis
Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento
Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora