Una masacre presentada como intento de fuga

El 22 de agosto de 1972, 16 presos políticos detenidos en la Unidad Penal N° 6 de Rawson fueron acribillados en la Base Almirante Zar de Trelew por efectivos de la Armada Argentina.

Redacción

Por Redacción

TRELEW, 40 AÑOS

Agosto de 1972 era un mes clave para el general dictador Alejandro Lanusse que había llegado al gobierno después de echar de la Rosada a otro militar, Rodolfo Marcelo Levingston, quien a su vez había sucedido al golpista Juan Carlos Onganía. A Onganía se le había tornado ingobernable el país por la explosión de puebladas como el Cordobazo y el Rosariazo, y la creciente resistencia social y gremial a sus políticas represivas, en el contexto de la proscripción del peronismo. Lanusse, con aspiraciones de dejar una sucesión civil de la “Revolución Argentina” -iniciada a partir del golpe contra el radical Arturo Illia- había fijado a ese mes como la fecha límite para que Juan Domingo Perón, exiliado en España, se instalara en Argentina si aspiraba a ser candidato presidencial en las elecciones de marzo de 1973. Para Lanusse, a Perón, entonces con 77 años, no le daba “el cuero”, según sus propias palabras, para regresar. Las fuerzas guerrilleras que, junto a los conflictos sociales, habían sacudido la monotonía y el férreo control militar desde el secuestro y muerte del ex presidente de facto Pedro Eugenio Aramburu, en julio de 1970, estaban en un momento de baja. Los integrantes de las cúpulas de las principales organizaciones armadas (Montoneros, Ejército Revolucionario del Pueblo -ERP-, Fuerzas Armadas Revolucionarias -FAR- y Fuerzas Armadas Peronistas -FAP) estaban detenidos o en una clandestinidad cerrada para eludir una persecución sin tregua. Esta situación, que favorecía al gobierno militar, les estalló en las manos cuando Perón se negó a instalarse en el país y el 15 de agosto una sorpresiva y audaz fuga de los principales líderes guerrilleros los llevó a Chile, y luego a Cuba. El 22 de agosto ocurrió la matanza de 19 militantes de organizaciones armadas que se habían rendido en Trelew, estaban desarmados y no tenían chances de escapar de la base de la Marina, Almirante Zar, donde estaban incomunicados. Los principales dirigentes de los grupos armados habían sido llevados al Penal de Rawson para debilitar su influencia política hacia los militantes y mantenerlos lejos de las mayores ciudades del país, con regímenes de visitas espaciados y difíciles. En la prisión ocupaban los mismos pabellones y pronto surgió la idea de una fuga. Inicialmente imaginaron un túnel, pero lo desecharon cuando no pudieron resolver qué harían cuando estuvieran afuera, en medio de la nada. Entonces idearon un complejo mecanismo que consistían en copar y controlar la cárcel desde adentro, esperar vehículos que los llevaran al Aeropuerto de Trelew y tomar un avión de Austral, previamente secuestrado en vuelo, para que los llevara a Santiago de Chile. El 15 de agosto, el operativo se inició con la rebelión carcelaria, la toma de ocho pabellones y los guardias encerrados en pabellones, mientras una caravana de autos, llevados desde Buenos Aires, se aproximaba a la cárcel. Desde dentro levantaron una frazada para indicar a los grupos de apoyo, con camiones para llevarse 119 presos, que todo se desarrollaba como habían previsto. Sin embargo se produjo una desinteligencia. El chofer del primer camión interpretó que en vez de una frazada había sido levantada una sábana blanca, que era la contraseña de postergación del operativo. La confusión era entendible porque ya era las 19 de un día de invierno. Un auto se desvió del camino y fue a la prisión, pero los camiones siguieron por la ruta y se alejaron. El único Ford Falcon cargó a los seis jefes guerrilleros: Roberto Santucho, Enrique Gorriarán Merlo y Domingo Mena, los tres del ERP; a Roberto Quieto y Marcos Osatinsky (FAR); y al dirigente de Montoneros Fernando Vaca Narvaja. Salieron para el aeropuerto y llegó en el momento en que el avión secuestrado por dos guerrilleros aterrizaba. La ausencia de los camiones ante el penal determinó que 19 guerrilleros llamaran a taxis para que los llevaran a Trelew, a 17 kilómetros de distancia. Consiguieron tres y se lanzaron en busca del aeropuerto. No llegaron a tiempo porque el aparato de Austral levantaba vuelo cuando ellos llegaban al predio. Mientras tanto, los choferes de los camiones que se habían desviado se reunieron para analizar la situación y comprendieron que la señal era la correcta y positiva, por lo que volvieron en dirección de Rawson. Demasiado tarde, la policía había rodeado los edificios y debieron seguir de largo. Al momento de que los líderes de la guerrilla cruzaban a Chile, donde los acogió el presidente socialista Salvador Allende, los 19 que estaban en el aeropuerto se vieron enseguida rodeados por tropas de la Armada, con sede en la vecina base Almirante Zar, y antes de rendirse negociaron que serían devueltos a la cárcel, que no serían asesinados ni torturados, pidieron un médico para certificara el buen estado de salud al momento de la detención, hablaron con la prensa y reclamaron la presencia de un juez federal. Antes de la medianoche del 15 de agosto, los fugitivos fueron llevados, no a la cárcel, como habían negociado, sino a la base de la Marina de Guerra, Almirante Zar y puestos todos en calabozos contiguos con varios miembros por pieza. Recibieron reiterados malos tratos, obligados a permanecer horas de pie, sin dormir, sin hablar entre ellos, con poca comida y en medio de permanente amenaza de ser ejecutados por parte del personal armado de la Marina. En esas condiciones llegaron a las 3 de la madrugada del 22 de agosto, en que una vez más fueron obligados a ponerse en fila frente a las puertas, mientras el capitán de corbeta Luís Emilio Sosa y dos suboficiales, con ametralladoras, pistolas y cuchillos, se paseaban provocativamente entre los detenidos y los desafiaban a reaccionar. De pronto, los gritos e insultos fueron reemplazados por ráfagas de ametralladoras que martillaron insistentemente sobre los cuerpos de los 19 presos. La masacre de los detenidos desarmados duró varios minutos: en instantes, 16 guerrilleros estaban muertos (la esposa de Santucho, Clarisa Lea Place, que estaba embarazada, recibió cuatro balazos en su vientre y uno en la nuca), muchos con tiros de gracias desde pocos centímetros, pero tres sobrevivieron heridos, y no fueron ejecutados porque estaban muy atrás, los creyeron muertos y pronto llegaron oficiales de la Armada a ver qué ocurría. Los heridos consiguieron recuperarse, salieron de la cárcel con la amnistía general del 25 de mayo de 1973, volvieron a militar en las organizaciones armadas y fueron desaparecidos durante la dictadura que empezó en 1976, el último de ellos fue Ricardo René Haidar (Montoneros), en 1982. El gobierno y la Armada explicaron la tragedia como un intento de fuga, ordenó una investigación que nunca avanzó y el caso fue cerrado durante la dictadura que se inició en 1976. El resto de la sociedad dio por entendido que se trató se una masacre premeditada, fundada en la bronca que les generó la fuga exitosa de los jefes, así como la militancia armada de todos los detenidos. Agencia DyN Por Diego Dulce


TRELEW, 40 AÑOS

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