El arte del zen del boxeo
Los genios del deporte también necesitan encontrar su época y su lugar en la historia. O como diría Sergio “Maravilla”, todo este asunto de trenzarse a golpes es, en realidad, una cuestión de posición, tiempo y distancia. El boxeador, que dentro de poco expondrá su corona en la Argentina, ha sabido reconocer sus debilidades para, desde un lugar distinto, subrayar sus aspectos salientes. Como en una réplica pugilística del libro “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel, Martínez asegura que el boxeo no se trata de arrancarle a mazazos la cabeza al contrincante, sino de mantener entre él y su oponente un espacio de giro tal que le permita obrar a su placer, utilizando a su favor la propia velocidad de brazos y piernas y la del oponente, por supuesto. Suena extraño pero puede ser. Herrigel relata el caso de un maestro zen que aseguraba que para acertar con una flecha en el corazón del blanco no es decisivo calibrar un punto en el exterior sino encontrar en el interior del ejecutante la meta verdadera. En un momento del libro, el maestro le demuestra al estudiante que es capaz de acertarle a un blanco en plena oscuridad. Muy loco. “Maravilla” anda por ahí, hablando un lenguaje inesperado para el universo del boxeo. Diciendo que para ganar el boxeador no debe empecinarse con tirar golpes y usar la fuerza. “Si te enseñan a boxear en base a los golpes, estás perdido, macho. El boxeo es posición, tiempo y distancia. Hay una épica de ir para adelante en la que yo no creo”, le dijo hace poco a la “Rolling Stone”. Nadie se atreve a contradecirlo y, mientras gane, todo bien. Más que bien. Martínez es un teórico de un deporte que carga con un triste y extenso historial de hombres que dejaron los sesos desparramados sobre el ring. A sus venerables 38 años su récords de peleas ganadas en buena ley, con lucimiento de estilo, deberían dejarlo a salvo de las críticas. Un día llegará su eclipse como le llegará a todos, pero calma, para eso falta y ojalá que mucho. No es que la ausencia de grandes campeones al estilo de Sugar Ray Leonard, Marvin “Maravilla” (también) Hagler o Thomas Hearns justifique el reinado de “Maravilla” y Floyd Mayweather en el nuevo siglo, pero sí, y en cierto modo, lo explica. Los años dorados de este deporte tan discutido quedaron muy atrás. Por eso mismo no deja de ser injusto que un verdadero portento físico como Martínez, que a su vez se muestra tan locuaz fuera del ring como claro de sus ideas dentro, haya crecido en medio de las carencias estructurales que caracterizan a las últimas décadas del box. Pero no importa. Hay que darle al César lo que es del César. “Maravilla” merece la gloria cosechada a costa de trabajo duro. A sus casi 40 años los reflejos comienzan a flaquear. Una herramienta que él ha suplido con una sobresaliente condición física. Lo que no hacen sus reflejos faciales, lo consiguen sus incansables piernas. A su físico delgado lo cubrió de músculos que le permiten pararse en mejores condiciones ante oponentes notablemente más fuertes. Así es la cosa, “Maravilla” es un hombre que debe reinventarse para seguir reinando. El resto, lo que no es sangre y fibra, sudor y lágrimas, es el más puro boxeo de autor: posición, tiempo y distancia. Y, cuando hace falta, como se vio en el último round contra J. C. Chávez jr., también bravura. Coraje y más coraje.
Claudio Andrade
Los genios del deporte también necesitan encontrar su época y su lugar en la historia. O como diría Sergio “Maravilla”, todo este asunto de trenzarse a golpes es, en realidad, una cuestión de posición, tiempo y distancia. El boxeador, que dentro de poco expondrá su corona en la Argentina, ha sabido reconocer sus debilidades para, desde un lugar distinto, subrayar sus aspectos salientes. Como en una réplica pugilística del libro “Zen en el arte del tiro con arco”, de Eugen Herrigel, Martínez asegura que el boxeo no se trata de arrancarle a mazazos la cabeza al contrincante, sino de mantener entre él y su oponente un espacio de giro tal que le permita obrar a su placer, utilizando a su favor la propia velocidad de brazos y piernas y la del oponente, por supuesto. Suena extraño pero puede ser. Herrigel relata el caso de un maestro zen que aseguraba que para acertar con una flecha en el corazón del blanco no es decisivo calibrar un punto en el exterior sino encontrar en el interior del ejecutante la meta verdadera. En un momento del libro, el maestro le demuestra al estudiante que es capaz de acertarle a un blanco en plena oscuridad. Muy loco. “Maravilla” anda por ahí, hablando un lenguaje inesperado para el universo del boxeo. Diciendo que para ganar el boxeador no debe empecinarse con tirar golpes y usar la fuerza. “Si te enseñan a boxear en base a los golpes, estás perdido, macho. El boxeo es posición, tiempo y distancia. Hay una épica de ir para adelante en la que yo no creo”, le dijo hace poco a la “Rolling Stone”. Nadie se atreve a contradecirlo y, mientras gane, todo bien. Más que bien. Martínez es un teórico de un deporte que carga con un triste y extenso historial de hombres que dejaron los sesos desparramados sobre el ring. A sus venerables 38 años su récords de peleas ganadas en buena ley, con lucimiento de estilo, deberían dejarlo a salvo de las críticas. Un día llegará su eclipse como le llegará a todos, pero calma, para eso falta y ojalá que mucho. No es que la ausencia de grandes campeones al estilo de Sugar Ray Leonard, Marvin “Maravilla” (también) Hagler o Thomas Hearns justifique el reinado de “Maravilla” y Floyd Mayweather en el nuevo siglo, pero sí, y en cierto modo, lo explica. Los años dorados de este deporte tan discutido quedaron muy atrás. Por eso mismo no deja de ser injusto que un verdadero portento físico como Martínez, que a su vez se muestra tan locuaz fuera del ring como claro de sus ideas dentro, haya crecido en medio de las carencias estructurales que caracterizan a las últimas décadas del box. Pero no importa. Hay que darle al César lo que es del César. “Maravilla” merece la gloria cosechada a costa de trabajo duro. A sus casi 40 años los reflejos comienzan a flaquear. Una herramienta que él ha suplido con una sobresaliente condición física. Lo que no hacen sus reflejos faciales, lo consiguen sus incansables piernas. A su físico delgado lo cubrió de músculos que le permiten pararse en mejores condiciones ante oponentes notablemente más fuertes. Así es la cosa, “Maravilla” es un hombre que debe reinventarse para seguir reinando. El resto, lo que no es sangre y fibra, sudor y lágrimas, es el más puro boxeo de autor: posición, tiempo y distancia. Y, cuando hace falta, como se vio en el último round contra J. C. Chávez jr., también bravura. Coraje y más coraje.
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