En busca de culpables
JAMES NEILSON
Si a alguien se le ocurriera atribuir a la ira de Dios las lluvias torrenciales que se abatieron sobre La Plata y la capital federal, provocando más de cincuenta muertos y daños materiales incalculables, hasta los más piadosos reaccionarían con indignación. Con todo, aunque hoy en día pocos acusarían al Todopoderoso de ser responsable de las catástrofes naturales que esporádicamente siembran muerte y destrucción, de tal modo señalando que a su juicio se deben a la inmoralidad de los que, como los habitantes desafortunados de Sodoma y Gomorra, se niegan a someterse plenamente a su autoridad, abundan los resueltos a creer que, en el fondo, todos los desastres tienen su origen en el pecado. No bien se dieron cuenta de las dimensiones insólitas de lo que estaba sucediendo, voceros oficialistas y opositores comenzaron a intercambiar denuncias, acusándose recíprocamente de negligencia y de resistirse a hacerse cargo de las consecuencias de su conducta inaceptable. Para alivio de los hartos de tanta mezquindad y, sobre todo, para los partidarios de Mauricio Macri, esta fase duró muy poco, pero de haberse limitado la tormenta a azotar la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, al jefe del gobierno porteño le hubiera sido difícil salvarse de los resueltos a lincharlo por el crimen de tomar algunos días de descanso en Brasil, de tal modo haciendo gala de la frivolidad que supuestamente lo caracteriza. Sin embargo, la persecución del “derechista” se frenó abruptamente al hacerse evidente que la situación en la provincia vecina era aún más grave que en la capital y que, para colmo, el intendente platense, Pablo Bruera, también se había encontrado físicamente –pero no, según parece, anímicamente– fuera del país cuando la ciudad que maneja se veía devastada por las aguas. A partir de aquel momento muchos optaron por ensañarse con la clase política en su conjunto por su falta de previsión. De acuerdo común, debió haber invertido más, mucho más, en obras pluviales que, aseguran, hubieran servido para mitigar la devastación que fue causada por las inundaciones. Tales acusaciones pueden justificarse, ya que es evidente que demasiados miembros de la corporación propendan a subordinar todo a sus propios intereses inmediatos, pero de haberse construido defensas presuntamente adecuadas contra eventuales inundaciones, éstas se hubieran visto desbordadas por el diluvio, sin más precedentes que el de 1906, que se precipitó sobre el noreste de la provincia de Buenos Aires cuando terminaba un fin de semana larguísimo que millones, entre ellos Macri, habían aprovechado para alejarse de sus hogares. De más está decir que dista de ser un monopolio argentino la voluntad de castigar a políticos determinados por los estragos ocasionados por desastres naturales, de intensidad excepcional, que nadie pudo haber previsto. El presidente norteamericano George W. Bush pagó un precio político muy elevado por la destrucción que, en agosto del 2005, provocó en Nueva Orleans el huracán “Katrina” al arreglárselas sus enemigos progresistas para hacer de él el responsable máximo del colapso de parte del sistema de diques y de las penurias resultantes de los pobres mayormente negros de la ciudad devastada. Si bien a esta altura nadie, con la excepción de ciertos predicadores furibundos estadounidenses, pensaría en culpar a Dios por los huracanes, terremotos, tsunamis, sequías e inundaciones que se repiten desde que el mundo es mundo, aún nos es necesario buscar una explicación que de algún modo nos haga responsables de tales calamidades. Por motivos psicológicos, a la mayoría le parece insoportable la alternativa, que consistiría en reconocer que somos impotentes frente a ciertos fenómenos naturales ya que nunca podremos gobernarlos y que, de todas maneras, el universo no se rige según normas éticas comprensibles. En otros tiempos, los culpables de las calamidades eran los herejes, sujetos viles cuya mera existencia amenazaba el plan de Dios; en los actuales, los herederos de los inquisidores suelen acusar a sus adversarios ideológicos de estar detrás de todas las desgracias habidas y por haber. Cuando se suponía que los representantes de los credos religiosos tendrían todas las respuestas a los interrogantes de este tipo, era normal tratar de defenderse contra los caprichos asesinos de la naturaleza con plegarias y ritos destinados a aplacar a las deidades locales. Si bien sacerdotes de las distintas confesiones religiosas siguen repitiendo las ceremonias ancestrales, en los países de cultura occidental por lo menos saben que será nula la incidencia de sus aportes en lo que sucederá. Pero, puesto que para muchos el compromiso con alguna que otra variante de la izquierda ha reemplazado la pasión religiosa que, para sus antecesores, servía para hacer más comprensible la vida, los más fervorosos están convencidos de que “el capitalismo”, o sea la actividad económica, es culpable de alterar el clima, de suerte que, pensándolo bien, en última instancia sus enemigos ideológicos son responsables de casi todo cuanto ocurre en el ámbito así supuesto. El cambio climático es una realidad. Siempre lo ha sido. En distintas partes del planeta se han registrado épocas de frío intenso seguidas por otras de clima tropical antes de la aparición del género humano. Hace un par de décadas, muchos insistían en que año tras año la temperatura global subiría, con consecuencias apocalípticas para los atrapados en zonas cálidas, a menos que los países desarrollados desmantelaran sus industrias y adoptaran métodos productivos mucho más limpios, pero parecería que el proceso de calentamiento que tanto alarmó a los activistas que exhortaron a los gobiernos a cerrar filas para luchar contra el fenómeno, comprometiéndose a tomar medidas que, de concretarse, resultarían ser extraordinariamente costosas, se detuvo a fines del siglo pasado. Además, para desconcierto de los militantes ecológicos, en Europa y América del Norte los inviernos más recientes han sido sumamente fríos. ¿Se han reducido las emisiones de gas carbónico que supuestamente transformaban el planeta en un horno? Claro que no. Antes bien, han aumentado. No es del todo fácil prever cómo evolucionará el clima en la Argentina o en cualquier otro país. Puede que, como muchos aseveran, a la Ciudad de Buenos Aires le aguarde un destino tropical, con lluvias equiparables con los monzones de la India y otras partes del sur asiático, pero también es posible que lo que acabamos de experimentar no se repita en los próximos cien años. De ser así, gastar miles de millones de dólares a fin de prepararse para enfrentar inundaciones como las de hace menos de una semana, dinero que podría ser usado para otros fines, no sería tan sensato como muchos parecen creer.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON
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