El ancho de basto
Mónaco jugó un gran partido y le dio el empate a Argentina, en la serie con Francia.
BUENOS AIRES (Sebastián Busader, enviado especial).- Casi todos los pronósticos se derrumbaron y Argentina sigue más viva que nunca en los cuartos de final de la Copa Davis. No hubo paliza de Jo-Willfried Tsonga a Carlos Berlocq (4-6, 6-2, 6-3, 5-7 y 6-2), aunque sí una ajustada victoria en cinco sets del clon de Alí. Mientras que más tarde, Juan Mónaco ofreció una enorme alegría al pasear a Gilles Simon (7-2 (2), 6-2 y 6-4) y dejar las cosas con el poderoso equipo francés 1-1. Es decir, un inicio con señales alentadoras. Esta novela de suspenso no podía empezar mejor. Su primer capítulo entregaba a un héroe local ganador, lejos de las desgracias griegas. Un puñado de minutos le llevó a Carlos Berlocq quebrar el saque de Jo-Willfried Tsonga. El pestañeo de un partido que se extendería durante 3 horas y 54 minutos y que terminaría con una victoria para el francés. Parecía de fábula. Palo de Charly, drop corto de Tsonga y definición para que estalle la ‘popu’ en el Mary Terán de Weiss. Berlocq vivía su momento. Acostumbrado a caer ante los top ten (0-14 está ahora en este ítem), dominaba al doble tenístico de Alí con entereza y determinación. Lo había dicho en la previa: para hacerle partido necesitaba intensidad, jugar profundo y ser aguerrido. Todo eso lo hizo en el primer parcial, que cerró en 41 minutos con un error no forzado del visitante. Algunos se frotaban los ojos. Berlocq domaba a Tsonga, se paraba adentro de la cancha y le impedía hacer sus habituales incursiones a la red. Su derecha era un martillo que caía pesado en el revés aún atado del francés. Charly era el “gladiador” de la gente y Tsonga se sentía incómodo, con la cancha lenta, con la altura de la bola, con los murmullos, con el calor, con todo. Pero por algo es un top ten. Y desde ahí, aún en cuenta gotas y moviéndose mucho menos que su rival, tomó las riendas del partido. Mejoró su revés el galo y eso le permitió pararse más en ofensiva y, sobre todo, su derecha se tornó indomable. Quebró en el cuarto game y apretó el puño, aseguró su servicio, volvió a arrebatarle el saque y puso el 6-2 definitivo sin que Charly sumara en ese game. Volvió la preocupación porque a esa altura Tsonga ya no era una pantera sedada. Se movía más, concretaba buenos ángulos y ganaba en confianza. A Berlocq se le iba el alma en cada bola mientras que su rival jugaba en su eje, como quien es dueño del centro del mundo. 37 minutos le bastaron al número 8 del mundo para ponerse 2-1 en el partido. Su fórmula no variaba, pero su calidad aumentaba. Constantes saques de más de 200 kilómetros por hora, escaladas triunfales a la red y justeza en una derecha que puede ser tan letal como deliciosa. Berlocq está muchos escalones abajo en el ranking, jamás había vencido a un top ten y es un treintañero que aún ‘gatea’ en el corazón de la Davis. Pero mostró dos armas: corazón e hidalguía. No bajó los brazos. En el cuarto set estuvo un quiebre abajo, pero jamás dejó de correr. Se defendía, levantó bolas increíbles, recuperó sus ojos de tigre y provocó el estallido del público cuando obligó a Tsonga a lanzar un derechazo afuera para el 7-5. Agotados fueron ambos en busca del premio. Los dos lo merecían. Berlocq por garra y decisión. Tsonga por categoría y delicadeza tenística. Lo ganó el francés por experiencia. También por la potencia de su saque y por leer mejor las coordenadas del partido. El público se irguió y ovacionó a Berlocq, que había levantado cuatro puntos de partido y se sentía derrotado, quebrado pero en paz por la tarea cumplida. De alguna forma, se había dado la lógica. ¿Qué se esperaba del choque Mónaco-Simon? Un partido prolongado, cerrado y con final incierto. El francés es 13 del mundo, venía de hacer cuartos de final en Miami y, aunque no es Gasquet (a quien suplantó), no reniega de la arcilla. Pero el tandilense se olvidó de todas sus derrotas en el circuito en la actualidad, tuvo paciencia de monje y puso las cosas 1-1. El secreto de Mónaco fue no desesperarse. Es más, estuvo 3-0 y 5-1 arriba en el primer set, pasó a perder 5-4 y los fantasmas acecharon. Pero hizo lo adecuado: meter la pelota. Simon, en cambio, comenzó a tirar todo afuera (terminó con 6-8 errores no forzados contra 39 de Pico). Ganó el primer set en tie break y desde ese momento las cosas se le aligeraron. Mostró justeza y solidez Mónaco, y eso es una buena noticia, sobre todo pensando en los puntos de mañana. A Simon le costó sacar por una dolencia en la espalda y todo se le hizo cuesta arriba. Pico, dueño absoluto del ruedo, movió al francés como su títere, de un lado al otro. Espantó las dudas, pegó bien desde los dos perfiles y minimizó a un jugador peligroso, al que él mismo había llamado “el 7 de oro”. Dos horas y media después, metió un drop de aquellos, se arrodilló y dejó escapar la emoción contenida. Así terminó un viernes de emociones y augurios positivos. Sin Del Potro (el ancho de espada) en el mazo y David Nalbandian lejos de su plenitud, Mónaco es el ancho de basto de este equipo y ayer lo demostró.
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