El mal existe

Redacción

Por Redacción

PILAR RAHOLA (*)

No tengo una concepción buenista del mal, al estilo de que no hay buenos o malos, que todo es gris y etcétera. Elie Wiesel explicó cómo lo había visto en los campos de exterminio y legó al mundo una afirmación rotunda: “El mal existe”. Y si la naturaleza humana es capaz de arañar los rincones más insospechados de la ciencia, o de adivinar el alma de la belleza, también es capaz de concebir la maldad más pura. Si me permiten, pues, no milito en la idea rousseauniana de la ingenuidad humana, porque creo en el ser evolucionado, aquel que supera el estadio reptiliano y desarrolla valores, compromisos y empatías. Al mismo tiempo, sin embargo, la historia nos ha legado tantas maldades como para saber que hay personas incapaces de concebir el bien, dotadas de un oscuro instinto destructivo. Si el ser humano es el único animal capaz de matar por placer, también es el único capaz de pensar, planificar y ejecutar la muerte masiva. Es, pues, el único ser vivo capaz de loar la vida en una pintura o en el bisturí de un cirujano. Pero también el único capaz de construir ingentes castillos de cadáveres donde glorificar la muerte. Somos, pues, nuestros propios santos y nuestros propios monstruos. Boston, como última estación del mal. No sabemos todavía si los atentados tenían el aliento de dioses locos o el estigma de ideas infernales, o ambos, pero los ha movido el mismo instinto asesino. ¿Qué impele a una persona a levantarse un día, hacer los gestos cotidianos, tal vez rezar a algún dios, escuchar la última consigna, o incluso besar a alguien amado, y después de pensar dónde puede hacer más daño, salir a matar? ¿Qué hay detrás de la locura de un grupo organizado, donde gente diversa se reúne para poder destruir a los otros? Pienso, por ejemplo, en estas bombas de Boston. Alguien o algunos dedicaron tiempo a pensar cuál sería el mejor lugar para que muriera la mayor cantidad de gente. Las primeras informaciones hablan de bombas artesanas de escasa potencia y al imaginar la magnitud de la masacre si hubieran sido potentes aún sentimos un cierto alivio. Pero buscaron el lugar, la hora y el acontecimiento que más personas podía congregar y entonces fueron hasta allí, seguramente observaron a las familias, los corredores preparándose, la fiesta… Y decidieron que valía la pena destruirlo para poder sembrar la muerte. No soy capaz de percibir ningún tipo de humanidad en estos cerebros que contemplan la grandeza de la vida y deciden sustituirla por la oscuridad y la tragedia. Me da igual qué ideas los han embrutecido, qué idioma hablan, a qué dios rezan o si no rezan a ninguno, en qué país han nacido, qué educación han tenido. Nada. No quiero saber nada de sus biografías. Sí, el mal existe, y el lunes hizo parada en Boston. Descansen en paz las víctimas. (*) Escritora española


PILAR RAHOLA (*)

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