Las pequeñas y deliciosas mentiras de Capote

Se cumplen 70 años desde que el gran escritor americano comenzó a escribir algunos de sus más recordados cuentos. Muchos de ellos basados en su propia y difícil infancia. Un retrato del genio detrás de “A sangre fría” y “Otras voces, otros ámbitos” que a veces fue más fiel a su musa literaria que a la verdad cuando escribió la llamada no ficción.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Largo tiempo después de su muerte, la vida y la obra de Truman Capote continúan emitiendo señales intermitentes y confusas. ¿Quién fue realmente Capote? ¿Y qué fue lo que hizo en verdad con su obra? Aunque a esta altura parecen preguntas fáciles de responder, no hay que apurarse, quizás no lo sean tanto. Su niñez marcó su obra juvenil y su aventura por los más lujosos salones de Nueva York definieron sus trabajos posteriores convertido en adulto. La biografía oficial indica que “A sangre fría” fue su momento culminante. Una creación. Un invento compuesto con los caudales de dos poderosos ríos del intelecto la novela y el periodismo. ¿Es cierto esto? ¿No provocó un eclipse años antes con “Otras voces, otros ámbitos”, novela facturada por la mano genial de un chiquillo apenas, de cabellos de oro y mirada lasciva? En más de un sentido, Capote nunca dejó de ser ese niño frágil y engreído que debió aceptar que sus padres no lo querían y por ello lo abandonaron en manos de unos familiares en una granja del interior de los Estados Unidos. En su madurez Capote amó pero lo hizo de un modo caótico. El personaje calculador, hijo adoptivo de la alta sociedad de Manhattan, adolecía de amor desesperado por hombres disímiles y contrastantes: escritores indiferentes a su pasión, conductores de camiones, jóvenes sin escrúpulos. Corría de un lado al otro buscando afecto y sus escaramuzas lo dejaban constantemente solo o en ridículo. El escritor no terminó de saldar la deuda cruel con su pasado. Una y otra vez en sus novelas y sus cuentos –escritos a partir de 1943, año en el que entró como un humilde ayudante al departamento de arte de la revista “The New Yorker”– vuelve a su infancia. Y en cada ocasión nos conmueve. El niño, la casa, la soledad, la amiga vieja con quien pasaba sus días y sus noches en la cocina, el tiempo subido a una carreta sin magia y la partida. El adiós necesario. Para felicidad de sus lectores, Truman se copia a sí mismo. Su primer libro “Otras voces, otros ámbitos”, esa pequeña obra maestra bosquejada durante su adolescencia, lo instaló en la escena literaria americana de un modo espontáneo, tan brillantemente como un cometa cruzando el horizonte de una gran ciudad apagada. Pero Capote no hacía otra cosa que recordar. Alguna vez Norman Mailer, un testarudo e innecesario oponente de Capote, aseguró que ya nada podía salir de aquel cerebro que había parido “A sangre fría”. Que había perdido la imaginación y que por esto recurría al periodismo. Es curioso sopesar la acusación de Mailer en este momento de la historia. Resulta tan obvio que Capote abusó mucho más de su experiencia que de sus imaginación desde antes de meterse en la investigación del libro que lo haría rico y famoso. ¿Podía el lector de los 50, los 60, los 70 y los 80 entender que Capote era una especie de realista con irrefrenables impulsos literarios? ¿Es posible verlo hoy? Porque “Otras voces, otros ámbitos”, así como “El arpa de hierba” y muchos de sus cuentos constituyen un retrato luminoso y profundo de sus primeros años de vida en Alabama. Aquellos personajes existieron y aquella tensión en el ambiente y aquellos colores y miradas y los reflejos del alma de sus seres amados contra los espejos que eran y que son sus palabras. “A sangre fría” es una hipérbole, una exaltación de la realidad y por eso mismo, décadas después de publicada y elogiada y definida como el nacimiento de un nuevo género, comenzamos a sospechar que el bueno de Truman no dijo la verdad y nada más que la verdad acerca de los asesinatos ocurridos en 1959 en Holcomb, Kansas. Personas que sobrevivieron al escritor que las entrevistó han deslizado que a Capote le gustaba enriquecer los colores del pasado. Visto desde esa perspectiva el escritor jugó siempre con dos posibilidades narrativas. Usó la realidad como pretexto para fundir en ella su propia visión literaria. Se juró o se mostró fidedigno cuando, quizás, mentía. Creaba ficción desde la no ficción, haciéndonos creer que dibujaba con el trazo de un artista impoluto. Mientras revolucionada el ambiente literario con una obra que navegaba sobre aguas nunca surcadas, no hacía otra cosa que volcar los elementos para dejarlos al revés. Cuanto más decía Capote ceñirse a la verdad, más audaz se volvía su pluma. ¿O no es un relato enteramente ficcional su novela corta o cuento largo de no ficción “Féretros tallados a mano”? Porque no hay ningún caso de asesinos seriales en la historia contemporánea americana tal como él lo describe, ni ningún detective estuvo a cargo de nada parecido, ni él jamás mantuvo una charla con el supuesto asesino. Y, sin embargo, Capote incluyó el texto en el libro de relatos periodísticos verídicos “Música para camaleones”. Un poco de estas especies exóticas pudo haber incluido Capote en su libro “Plegarias atendidas”. Otra obra que, según su propósito, sería como una fotografía instantánea tomada desde el aire de una loca y exclusiva velada social a las que él solía asistir convertido en celebridad. Sus herederos jamás encontraron la totalidad del libro que él juraba haber terminado. Truman les mintió a ellos también, y a nosotros. Aunque, quién se atrevería a apostar a que su libro no descansa escondido en el altillo de un lujoso hotel en Nueva York.

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