La maldición de Tiresias

Por Héctor Ciapuscio

Recogiendo una información del «Sunday Times» de Londres, «La Nación» nos informa que Craig Venter, el científico que le ganó en julio del 2000 al mismísimo proyecto oficial y multinacional la carrera por el completamiento del genoma humano, ha comenzado a mostrar sus uñas : ofrece proveer a cualquier interesado una copia de su código genético al precio de 620.000 dólares. (1) Un pequeño disco compacto informará al cliente qué vulnerabilidades genéticas carga su organismo y cómo y cuándo podría, en consecuencia, morir. Nada menos.

El anuncio nos evoca dos experiencias, una real y la otra fantástica, que tienen que ver con el conocimiento de lo futuro. Por un lado, un caso que es actual. Por el otro, algo que pertenece a la mitología griega. Veamos el primero.

A Nancy Wexler, cuya madre moría del mal de Huntington (de origen genético, que tiene un doloroso curso irremediable de 15 a 25 años y se declara a mediana edad), le informaron a principios de los «80 que tenía, por fatalidad biológica, un 50 por ciento de posibilidades de sufrir la mutación. Por el momento ni siquiera había chance de localizar en el organismo humano el gen defectuoso. Científicamente preparada, ella se empeñó sin embargo, como arranque para alguna lejana solución, en identificarlo. Inició entonces una larga investigación centrada en una extensa familia rural venezolana -varios miles de descendientes de una antepasada fecunda que contrajo el mal en el siglo XVIII- que registraba una alta incidencia a lo largo de generaciones. Analizó infatigablemente muestras de sangre de cientos de esos descendientes hasta que triunfó: en 1993 pudo encontrar el gen y se identificó luego la mutación. Desgraciadamente no hay cura para la corea de Huntington. Nancy sabe que tiene una posibilidad del 50 por ciento pero ni ella ni su hermana, aconsejadas por su padre médico, se han decidido a un análisis. Tiene ahora la misma edad que tenía la madre cuando fue diagnosticada y dice, filosóficamente, que «no hay nada bueno en saber cuándo vas a morir si no tienes poder para alterar el resultado». Como ella, muchos que están en riesgo y pueden hacerse un análisis para detectar la mutación, eligen la ignorancia.

La reflexión de esta mujer en cuanto al conocimiento del futuro nos conduce al segundo ejemplo que nos evoca el anuncio; pertenece al arte y la mitología. En el teatro griego, Sófocles lo mostró en el diálogo entre Edipo y Tiresias cuando el adivino ciego le revela al rey que el ignoto asesino de su padre y sacrílego mancillador de Tebas por un connubio con su madre no es nadie más que él, Edipo. (El desenlace es fatal: execrado por todos, se sacará los ojos y buscará la muerte). «Es una lástima -reflexiona el buen Tiresias del mismo modo que Nancy- ser sabio cuando la sabiduría no sirve para nada». Las versiones mitológicas sobre el vidente coinciden en lo básico pero son diversas en explicar el origen de su don adivinatorio. Hay una tradición que cuenta que ese famoso descifrador de los destinos de Narciso, Edipo y Hércules debía su capacidad de anticipar lo futuro a que, habiendo visto desnuda a la diosa Hera ésta, en castigo, primero le había quitado la visión y luego, arrependida, lo compensó con la profecía. La otra versión (que recoge con «esprit» francés el biólogo F. Jacob en «La Souris, la mouche et l»homme») es más sofisticada. Dice que Tiresias recibió ese don del propio Zeus porque supo resolver una de esas preguntas que obsesionan a los humanos: ¿quién obtiene más placer, el hombre o la mujer, cuando hacen el amor? Llevado el problema al lecho de los dioses, resulta que, en disputa conyugal, Hera le echó en cara a Zeus sus continuas infidelidades. Airado, el dios supremo le respondió que dejara de rezongar, que de todos modos la mujer siempre recibe más placer que el hombre. Hera, furiosa, le retrucó algo así como que eso era una mentira machista. Entonces ambos decidieron convocar a Tiresias para que dirimiera la cuestión. Sin dudar, el vidente sentenció que «si se calcula el placer sexual en una escala de diez, entonces la mujer obtiene tres veces tres y el hombre sólo una». Exasperada por la expresión sobradora de su marido ante el dictamen del sabio, Hera le quitó a éste la visión. Por su lado y en compensación, el agradecido Zeus le aseguró después el don de la profecía.

La oferta del doctor Venter para que algunos millonarios conozcan el futuro de su organismo y sepan cuánto durarán con vida (algo que, aunque distinto, recuerda aquello de Walt Disney en un freezer) parece no tener en cuenta las reflexiones de Nancy Wexler y de Tiresias respecto de la insalubridad de conocer el futuro cuando no se puede cambiarlo. Pero, dado que no dudamos del olfato comercial del dueño de Celera Genomics, sospechamos que esconde mucho en la manga y sabemos, en cuanto a cantidad de interesados, que hay muchísimos humanos que se quieren sobrehumanos, no nos atreveríamos a apostar por su fracaso. Y una perplejidad final. ¿Qué no podemos esperar, o temer, del acoplamiento, al parecer inexorable, de un capitalismo de este tipo con la ingeniería genética?

(1) En abril pasado este controvertido personaje reveló, para indignación de muchos colegas, que el genoma que él desplegó hace dos años no era anónimo como postulan los científicos que debía ser, sino el suyo propio. Dijo también algo que calza de maravilla en esta oferta a millonarios: su escaneado fue crucial para que él pudiera alargar su vida. Se descubrió una anormalidad genética que predice un mal metabolismo de las grasas y un riesgo elevado de Alzheimer. Ahora contrarresta con drogas apropiadas.


Recogiendo una información del "Sunday Times" de Londres, "La Nación" nos informa que Craig Venter, el científico que le ganó en julio del 2000 al mismísimo proyecto oficial y multinacional la carrera por el completamiento del genoma humano, ha comenzado a mostrar sus uñas : ofrece proveer a cualquier interesado una copia de su código genético al precio de 620.000 dólares. (1) Un pequeño disco compacto informará al cliente qué vulnerabilidades genéticas carga su organismo y cómo y cuándo podría, en consecuencia, morir. Nada menos.

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