Cambio de viento
No bien dio a entender el titular de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, que pronto pondría fin a la política de estimular la economía de “la locomotora” estadounidense inyectándole cantidades astronómicas de dólares frescos, se derrumbaron todos los mercados bursátiles del mundo, además del precio de ciertas commodities, entre ellas la soja. Según Bernanke, Estados Unidos está saliendo por fin de la crisis profunda en que cayó en el 2008 al estallar una burbuja inmobiliaria enorme, pero un anuncio que en buena lógica debería haber motivado optimismo provocó la reacción negativa de quienes habían esperado que se prolongara por mucho tiempo más un período signado por liquidez abundante y tasas de interés extraordinariamente bajas. También alarmó a muchos el que en China siga contrayéndose la actividad manufacturera, lo que, combinado con el temor a que la situación financiera de la segunda economía mundial sea mucho más precaria de lo que la mayoría quisiera creer, podría presagiar el fin de la época de crecimiento sumamente veloz. En opinión de algunos especialistas chinos, al gigante asiático le aguarda lo que llaman “un aterrizaje duro”. Los más golpeados por la crisis financiera que se desató hace cinco años resultaron ser los países periféricos de la Eurozona que habían aprovechado, con entusiasmo excesivo, las oportunidades para endeudarse a tasas de interés apropiadas para Alemania y Holanda. Mientras duraron los buenos tiempos, los españoles lograron persuadirse de que su “modelo” particular era tan fuerte que no tardaría en ser tan productivo como aquellos de sus socios más ricos. Del mismo modo, la voluntad de los inversores de probar suerte en los países emergentes y el aumento de los precios de las commodities que necesitaba comprar China sirvieron para que muchos gobiernos pudieran darse el lujo de felicitarse por el desempeño impresionante de sus economías respectivas que, como es natural, atribuyeron a su propia habilidad. No sólo en nuestro país sino también en Brasil, Turquía, Indonesia y otros, los gobernantes se habituaron a felicitarse a sí mismos, como si a su juicio la coyuntura internacional no tuviera nada que ver con la tasa de crecimiento que, para su satisfacción, registraba la economía local. Tales ilusiones fueron alentadas por comentaristas de los países ricos que comparaban el dinamismo de los emergentes con el crecimiento lento o, en algunos casos, el estancamiento, de los ya desarrollados, llegando al extremo de suponer que la economía de un país muy pobre que se expandía con rapidez funcionaba mucho mejor que la de uno tres o cuatro veces más productiva que apenas crecía. ¿Continuarán pensando así si se mantiene la recuperación de la economía estadounidense y China –como el Japón más de una generación antes– deja de crecer a un ritmo vertiginoso, con la diferencia de que los japoneses ya habían alcanzado un nivel de vida promedio equiparable con aquel del norte de Europa mientras que la mayoría abrumadora de los chinos aún es muy pobre? Es poco probable. Por razones que podrían calificarse de psicológicas, los economistas, acompañados por los inversores, son tan proclives como el que más a entregarse al triunfalismo, apostando a “paradigmas” supuestamente novedosos que, con frecuencia, terminan agotándose, de ahí las burbujas de todo tipo que siguen inflándose para luego estallar, como sucedió con las posibilitadas por la convicción de que el Japón había descubierto el secreto del crecimiento perpetuo, por la manía de los dot.com, la que se vio seguida por la de las hipotecas norteamericanas y europeas. Si bien la irrupción de China como una gran potencia económica se basa en mucho más que el voluntarismo de sus propios habitantes y de los inversores extranjeros, el que su producto bruto esté encaminado a superar el norteamericano se debe exclusivamente a sus grandes dimensiones demográficas. En cuanto a los demás países emergentes, de recuperarse plenamente Estados Unidos, se verían privados de golpe del dinero fácil al que se han habituado. Por lo tanto, se encontrarían en una situación muy similar a la de Grecia, España y Portugal cuando, para desconcierto de sus dirigentes y desconsuelo de millones de personas, descubrieron que el desarrollo sustentable distaría de ser tan fácil como habían imaginado.
No bien dio a entender el titular de la Reserva Federal norteamericana, Ben Bernanke, que pronto pondría fin a la política de estimular la economía de “la locomotora” estadounidense inyectándole cantidades astronómicas de dólares frescos, se derrumbaron todos los mercados bursátiles del mundo, además del precio de ciertas commodities, entre ellas la soja. Según Bernanke, Estados Unidos está saliendo por fin de la crisis profunda en que cayó en el 2008 al estallar una burbuja inmobiliaria enorme, pero un anuncio que en buena lógica debería haber motivado optimismo provocó la reacción negativa de quienes habían esperado que se prolongara por mucho tiempo más un período signado por liquidez abundante y tasas de interés extraordinariamente bajas. También alarmó a muchos el que en China siga contrayéndose la actividad manufacturera, lo que, combinado con el temor a que la situación financiera de la segunda economía mundial sea mucho más precaria de lo que la mayoría quisiera creer, podría presagiar el fin de la época de crecimiento sumamente veloz. En opinión de algunos especialistas chinos, al gigante asiático le aguarda lo que llaman “un aterrizaje duro”. Los más golpeados por la crisis financiera que se desató hace cinco años resultaron ser los países periféricos de la Eurozona que habían aprovechado, con entusiasmo excesivo, las oportunidades para endeudarse a tasas de interés apropiadas para Alemania y Holanda. Mientras duraron los buenos tiempos, los españoles lograron persuadirse de que su “modelo” particular era tan fuerte que no tardaría en ser tan productivo como aquellos de sus socios más ricos. Del mismo modo, la voluntad de los inversores de probar suerte en los países emergentes y el aumento de los precios de las commodities que necesitaba comprar China sirvieron para que muchos gobiernos pudieran darse el lujo de felicitarse por el desempeño impresionante de sus economías respectivas que, como es natural, atribuyeron a su propia habilidad. No sólo en nuestro país sino también en Brasil, Turquía, Indonesia y otros, los gobernantes se habituaron a felicitarse a sí mismos, como si a su juicio la coyuntura internacional no tuviera nada que ver con la tasa de crecimiento que, para su satisfacción, registraba la economía local. Tales ilusiones fueron alentadas por comentaristas de los países ricos que comparaban el dinamismo de los emergentes con el crecimiento lento o, en algunos casos, el estancamiento, de los ya desarrollados, llegando al extremo de suponer que la economía de un país muy pobre que se expandía con rapidez funcionaba mucho mejor que la de uno tres o cuatro veces más productiva que apenas crecía. ¿Continuarán pensando así si se mantiene la recuperación de la economía estadounidense y China –como el Japón más de una generación antes– deja de crecer a un ritmo vertiginoso, con la diferencia de que los japoneses ya habían alcanzado un nivel de vida promedio equiparable con aquel del norte de Europa mientras que la mayoría abrumadora de los chinos aún es muy pobre? Es poco probable. Por razones que podrían calificarse de psicológicas, los economistas, acompañados por los inversores, son tan proclives como el que más a entregarse al triunfalismo, apostando a “paradigmas” supuestamente novedosos que, con frecuencia, terminan agotándose, de ahí las burbujas de todo tipo que siguen inflándose para luego estallar, como sucedió con las posibilitadas por la convicción de que el Japón había descubierto el secreto del crecimiento perpetuo, por la manía de los dot.com, la que se vio seguida por la de las hipotecas norteamericanas y europeas. Si bien la irrupción de China como una gran potencia económica se basa en mucho más que el voluntarismo de sus propios habitantes y de los inversores extranjeros, el que su producto bruto esté encaminado a superar el norteamericano se debe exclusivamente a sus grandes dimensiones demográficas. En cuanto a los demás países emergentes, de recuperarse plenamente Estados Unidos, se verían privados de golpe del dinero fácil al que se han habituado. Por lo tanto, se encontrarían en una situación muy similar a la de Grecia, España y Portugal cuando, para desconcierto de sus dirigentes y desconsuelo de millones de personas, descubrieron que el desarrollo sustentable distaría de ser tan fácil como habían imaginado.
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