Si Petite
La columna semanal de Juan Ignacio Pereyra
El disparador
Me despertó la lluvia. La madera crujió camino al baño. Ignatius Loier me había prestado su casa isleña con una sola condición: llevar agua potable. Le resulta tedioso cargar bidones ahora que va con su hijita.
¿Ves, Isidoro? Un amigo hace cosas así, pensé, y me reí por su último mensaje: “Sos el peor inquilino”. Todo, porque no pude complacerlo. Es que ocupé las manos con provisiones para cinco días en el Delta.
“El río es espléndido y el hombre se siente misteriosamente atraído por él. Esto es todo lo que se puede decir”, escribió Haroldo Conti en “Sudeste”, su hermosa primer novela. En el camino vi botellas, una heladera y un horno sobre el agua, a la altura de una vivienda precaria.
No tuve tiempo de pensar mucho. Avasalladora y desbordante, la naturaleza me subyugó. Al llegar me recibió una nube de mosquitos. Ni bien bajé de la lancha, patiné en el barro. A 15 minutos del centro de Tigre me sentí muy lejano de la vida urbana. Contra lo imaginado, el Delta no da tregua. El río puede desaparecer o arrasar por capricho del viento y la luna.
Todo está en movimiento, siempre. Cantan los pájaros. Chillan los grillos. Un perro flaco hociquea anhelando un hueso. Las abejas zumban. El viento sacude los árboles y una rama cae sobre el techo de la casa, donde a la noche revolotean los murciélagos. El ilusorio silencio es intervenido por una monótona gotera. El motor de una lancha colectiva gruñe, distante. Una avioneta vuela en dirección a San Fernando.
Salió el sol en la mañana siguiente a la noche de lluvia. En el techo había restos de árboles que retenían el agua, que se fue escurriendo durante el día. Las gotas, en una frecuencia decreciente, cayeron directo en unas gigantes hojas verdes: ¡plac! ¡plac! “¡Qué linda la lluvia en el techo de chapa! Y es impresionante en primavera porque con la lluvia caen también hojas de las glicinas”, me dijo Loier.
Las cosas se modifican de un modo casi imperceptible. Una rama ya no está y la luz entra diferente al living, descubrí mientras tomaba mate. Un rato antes había deambulado entre casas vecinas. “Si Petite”, la de Loier, queda casi al fondo de un arroyo algo deshabitado. Está entre dos lotes cubiertos por cañas, pastizales y una vegetación que se había hinchado con la lluvia. Creo que si hubiera podado para abrir paso, al terminar hubiera visto que la parte del principio ya había crecido otra vez. Y es un poco así.
La aparente quietud del Delta es la del observador. La naturaleza no se detiene. Nace, se expande y muere. Todo está sucediendo, sin pausa. Héctor Prado lo explica en “El Delta y su imagen”, un librito para que los habitantes isleños -junquero, hachero, pescador, quintero…- se sientan menos invisibles. “La naturaleza de las islas -dice el autor- no ha creado al hombre ni taciturno ni filósofo pensante como lo es el hombre norteño, y no lo ha creado así porque lo absorbió, porque lo dominó”.
Juan Ignacio Pereyra
El disparador
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