La otra cara del Fondo Monetario Internacional

Redacción

Por Redacción

Emilio J. Cárdenas (*)

Para los conocidos políticos populistas, golpear y denostar al Fondo Monetario Internacional (FMI) es uno de sus deportes favoritos. Con cualquier excusa. Y en cualquier momento. A los gritos. Por ello la organización internacional de la que todos (incluyendo la Argentina) somos socios es, con frecuencia, un “chivo emisario” de males con los que poco y nada ella tiene efectivamente que ver. Si se le pregunta a la gente, en general, cómo cree que es el FMI, la caracterización popular quizás no esté demasiado lejos de aquella del “lobo feroz”. Duro e insensible. Sin alma. Pícaro. Pero las cosas, quizás, no sean del todo así. Un reciente trabajo de Eduardo Porter, publicado en el “New York Times” (9/4/14), revela un perfil actual de la institución bastante poco conocido: el de preocupada por el impacto de las desigualdades de ingresos. Hasta ahora, el objetivo perseguido por la institución pasaba, nos dice Porter, por crecimiento sostenido, baja inflación y equilibrio presupuestario. La distribución del ingreso no solía ser mencionada. Hoy lo es, de inicio. La actual directora ejecutiva del FMI, la abogada francesa Christine Lagarde, mira las cosas de otra manera. Diferente, por cierto. Para ella, no hay estabilidad financiera sostenible si la distribución del ingreso es, de pronto, tan desigual que genera tensiones sociales capaces de desestabilizar a una economía en particular. Dicho de otra manera, no hay estabilidad económica duradera si existen desigualdades graves en la distribución del ingreso que, de pronto, resultan demasiado grandes. Y agrega que, en las últimas dos décadas, la institución que ella circunstancialmente comanda ha puesto énfasis en que sus programas no afecten adversamente a los más necesitados. Por ello el FMI propone ahora aumentar el gasto social en educación y salud. Reiteradamente. Particularmente desde la crisis financiera del 2008. También por ello hasta ha defendido la utilización de algunas medidas de estímulo fiscal. Y comienza a sugerir que alguna cuota de inflación, moderada, puede –a veces– ser positiva para ayudar a salir de la situación de recesión que afecta a algunas de las principales economías del mundo. Una economía con desigualdades de ingresos profundas no sólo es ciertamente poco ética sino poco estable, imprevisible entonces. Porque se llena de resentimientos insatisfechos y se polariza socialmente. Lo que tiene efectos macroeconómicos adversos, según sostienen algunos de los economistas del FMI, como Jonathan D. Ostry y Andrew Berg. Para ellos, concretamente, la cuestión de las desigualdades de ingresos tiene tanta o más envergadura, cuando de desarrollo sustentable se trata, que las conocidas de la institucionalidad, la deuda externa, la tasa de cambio, o la inversión extranjera. No es poco. A lo que hay que agregar con, por efecto de los medios modernos de comunicación, cuando hay desigualdades notorias las calles se llenan rápidamente de protestas y de disconformidad, como está sucediendo entre nosotros, por ejemplo, en Chile o en Brasil. Por esto, el FMI hoy es muy prudente cuando de aconsejar recortar el gasto público se trata, porque analiza cuidadosamente sus impactos y consecuencias y examina la posibilidad de hacerlo con selectividad, de manera de minimizar así sus costos sociales. Otro enfoque, queda visto. (*) Exembajador de la República Argentina ante las Naciones Unidas


Emilio J. Cárdenas (*)

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