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Columna semanal

Redacción

Por Redacción

El disparador

El agua despierta a Latana Buendía. No es una lluvia más, se está cayendo el cielo. Es un de esas tormentas que ella siente como el preámbulo del apocalipsis. Los relámpagos son potentes flashes que iluminan de modo repentino e intermitente. Pero predomina la oscuridad de la noche. Mira el reloj. Son las dos de la mañana. Intenta volver a dormir pero no puede. Se pregunta si será por la panzada de pescado que se zampó unas horas antes, en un solemne restaurante peruano. Y eso solo arrea su conflicto, que ya se había disparado.

Cobijada en la calidez de su habitación, Latana ya no puede detenerse. La cabeza cabalga desenfrenada. Mirando el firme techo piensa en el acolchado tibio, el colchón seco, en su pareja que duerme indiferente a su lado. En el confort de su hogar. Pero algo la inquieta.

Repasa el día. Sonríe a medias al recordar que en la tarde había trasplantado un romero. Lo mudó del fondo al frente de la casa. Improvisó una maceta casera con maderas y piedras. Ella adora el romero por su aroma y también por su propiedades medicinales. Pero ahora, en medio de la noche, de pronto, le da terror que se derrumbe la nueva casita y el romero quede con las raíces expuestas.

Los truenos son amenazantes, la lluvia parece enojada. Latana, cada vez más tensa, se pregunta qué puede hacer para proteger al romero. Abandona de a una las ideas, por absurdas. Y viaja a los años que vivió en Quito, donde cada tormenta la afectaba por cosas que a ella no le sucedían de forma directa: cuando llovía fuerte, los barrios humildes de la capital ecuatoriana quedaban sacudidos por la tragedia. El agua despegaba las casas que colgaban de las laderas del volcán Pichincha. Y la culpa hacía estragos en ella. Un ruidoso temporal pasaba a ser una anécdota, le dolía su privilegiada posición respecto a la mayoría de la humanidad.

Latana enciende el velador y abre un libro que tiene sobre la mesita de luz. “Viajar sin ver”, de Andrés Neuman. Busca entre las citas marcadas una que dice: “Llueve. Llueve con saña verde, pegajosa, indiferente. Nuestros zapatos parecen frutos de la tierra. Nos refugiamos en el coche, que es el verdadero hogar del ciudadano guatemalteco. A la mañana siguiente, las noticias informan de que el aguacero ha derribado un cerro en un pueblo cercano, pulverizando 100 viviendas. Mis zapatos se secan cómodamente al sol en el balcón de mi cuarto”.

Como le sucede a la Pantera Rosa, Latana se siente perseguida por una nube negra en esta noche perturbadora. Imagina que al día siguiente todo el mundo andará comentando: “Viste lo que fueron los truenos de anoche”. Cierra el libro y, como un efecto resorte, la memoria evoca una comedia de Eduardo de Filippo, en la que el gran artista del teatro napolitano dice: “Ha da passà ‘a nuttata”, tiene que pasar la noche. Esa frase, que a Latana siempre le pareció tan dramática como negativa, ahora le resulta esperanzadora: si el romero logra superar el temporal de esta noche, mañana estará más asentado, más fuerte, con sus raíces firmes en su nuevo lugar en el mundo, listo para nuevos desafíos. También, para brotar y disfrutar del sol.

Juan Ignacio Pereyra

pereyrajuanignacio@gmail.com


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