La fiesta del año

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

LA PEÑA

Casi el calco del año pasado serán los festivales de este verano. Es que en tiempos de inflación gorda y bolsillos flacos, la ecuación es simple. Poco pero bueno dicen algunos, otros se conforman con que sea poco, aunque no sean demasiado exigentes con la calidad y otros estarán satisfechos si logran concretar el festival del pueblo, ese que no puede faltar cada temporada.

Es que los famosos festivales de pueblo, algunos más grandes que otros, se piensan como el único regalo que se le hace a la gente cada año. Están instalados así, la gente los espera todo el año y no es descabellado escuchar con frecuencia cuando termina un festival, que la gente comienza a especular con el que vendrá el verano siguiente.

Tal vez por eso están tan instalados y tan arraigados, porque todos opinan sobre la cartelera, sobre la fecha, sobre los precios de las entradas, que generalmente son muy accesibles.

Pero en cada temporada surge el mismo debate. Priorizar el festival o establecer una lista de necesidades del pueblo. Y siempre se opta por el festival, porque según cómo se mire, forma parte de la salud del pueblo. Un pueblo de fiesta tiene ganas y empuje para el resto del año, sostienen algunos, aunque esto sea sólo una fantasía. Dicen los gobernantes que los veranos que no hay festival en los pueblos las crisis se notan más, la gente está más susceptible y el año se hace interminable.

Vaya uno a saber con qué se mide, pero me llama la atención que varios intendentes de pueblo, sobre todo en el norte, piensan que sin festival los años son más complicados.

Y por eso se hacen. Unos apelan a Nación para que aporte algunos artistas de renombre, otros acuden a los anunciantes, aunque no es frecuente que en los pueblos los haya con recursos suficientes como para bancar un artista.

Y así se llega al día del estreno, cargado de emoción, con carteles de colores que invitan al festival del pueblo que suele convertirse en festival de la zona. La gente hace lo mismo, en diferente magnitud. Hacen el esfuerzo enorme para no perderse ni una noche de la fiesta porque sienten que eso les alcanzará para el resto del año. Cómo perderse a tal o cual exponente del folclore. Porque las carteleras están armadas como para que cada noche tengan un número fuerte y otros no tanto. Es decir, lo más probable es que tengan a Los Nocheros una noche, aunque seguramente esa misma noche no estará El Chaqueño Palavecino. Y el tercer día tal vez el número central sea León Gieco. Es decir, si está uno no está el otro y si uno los quiere ver y escuchar, tendrá que ir cada noche a la fiesta.

Nadie se lo pierde porque si es necesario la gente guarda o va pagando las entradas en cuotas durante todo el año, cuya coronación es el cierre cuando históricamente se sortea un auto cero kilómetro.

En mi pueblo existe el sorteo, también final, cargado de productos locales, para el turista que haya llegado desde más lejos a visitarlos.

Los festivales son eso, son la fiesta del pueblo y se viven como tal, de modo que es verdad eso de que nadie quiere perdérselo.

Así se sienten en el norte del país, con ciudades de cientos de años que resumen en ese festejo la ansiedad de un pueblo.

Ese fenómeno está bien instalado en la Fiesta de la Chaya en La Rioja, donde la gente sabe que el festival no se suspende, que se hace sí o sí, porque el pueblo tiene bien ganado el festejo.

Y se lo toman tan en serio que algunos hasta se dejan las vacaciones para esa fecha porque saben que primero está la fiesta.

Las ausencias también abundan en los trabajos y todos saben que la fiesta es más fuerte, suficiente justificativo para una semana distinta. Ojalá ese espíritu se mantenga, más allá de las crisis de un país que alberga estas cuestiones tan arraigadas.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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