Los consumidores cuidan el bolsillo

Redacción

Por Redacción

El gobierno nacional se enorgullece de haber hecho del consumo popular una prioridad absoluta, una a la cual está dispuesto a subordinar casi todo lo demás, pero a pesar de sus esfuerzos en febrero cayeron nuevamente las ventas en los almacenes del país, prolongando así la tendencia negativa que se inició en los meses finales del 2013 y que desde entonces no se ha modificado. Las razones por las que el consumo sigue en baja no constituyen un misterio; debido a la recesión que amenaza con eternizarse y al aislamiento financiero hay menos dinero en los bolsillos de la gente y menos confianza en el futuro. Conscientes de que se avecina una etapa de vacas flacas, los que todavía pueden prefieren tratar de ahorrar a comprar bienes que a su juicio son prescindibles, mientras que la mayoría, cuyos ingresos son magros, no tiene más alternativa que intentar reducir al mínimo el gasto familiar, motivo por el que se han registrado las bajas más pronunciadas en rubros como alimentos secos envasados que suelen incluirse en la canasta básica, lo que se atribuye a los problemas enfrentados por los sectores de escaso poder adquisitivo que, huelga decirlo, son los más castigados por la inflación. Merced a la recesión y “el ancla” cambiaria, últimamente la inflación se ha desacelerado, pero sucede que hasta un pequeño aumento del costo de vida tendrá un impacto muy fuerte en los presupuestos de los más pobres. Por ser el consumo uno de los principales motores del crecimiento económico en el mundo moderno, todos los gobiernos procuran estimularlo aun cuando se afirmen partidarios de la austeridad, pero por lo común saben que sólo se trata de una variable entre muchas. La evolución reciente del “modelo” reivindicado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habrá servido para recordarles que, si bien optar por concentrarse en impulsar el consumo podría asegurarle al gobierno responsable el apoyo de una parte sustancial de la población, de ser cuestión de un boom inflacionario lo perderá al darse cuenta los coyunturalmente beneficiados que los buenos tiempos tienen fecha de vencimiento. Mal que les pese al ministro de Economía Axel Kicillof y a otros funcionarios militantes que creían que siempre y cuando la gente continuara comprando bienes todo se arreglaría, como si la economía fuera una especie de máquina de perpetuo movimiento, no tardaron en frenarla la falta de inversiones, la virtual ausencia de crédito a tasas accesibles y, desde luego, los estragos ocasionados por una tasa de inflación que está entre las más elevadas del mundo entero. Por desgracia, no hay motivos para suponer que mucho cambiará en los meses en el poder que le quedan al gobierno actual. Si bien es de prever que, por enésima vez, Cristina y Kicillof traten de convencer a los consumidores de que les convendría arriesgarse un poco más, sorprendería que muchos lo hicieran. Por una combinación de temor a los costos políticos y la convicción de que el consumo frenético sería más que suficiente para hacer más dinámica la economía nacional, el gobierno se negó a prestar atención a las luces de alarma que le advertían que sería mejor enfriarla. De haber reaccionado a tiempo, cuando el capital político de la presidenta aún estaba intacto, pudo haber frenado la inflación sin mucha dificultad, pero prefirió tratar de ganarle la carrera estimulando el consumo. El kirchnerista no es el primer gobierno nacional en actuar así. A través de los años muchos otros, entre ellos los de una serie de regímenes militares que serían calificados de “neoliberales”, también se las ingeniaron para persuadirse de que, con tal que privilegiaran el consumo de la clase media les sería dado convivir con una tasa de inflación altísima. Todos fracasaron. Puede que el colapso definitivo del “modelo” kirchnerista no ocurra mientras Cristina esté en la Casa Rosada, pero ya no cabe duda alguna de que le aguarda el mismo destino que sufrieron tantos otros de características parecidas. Para administrar bien una economía es necesario que los encargados de dicha tarea nada sencilla mantengan bajo control todas las variables importantes, pero parecería que en nuestro país es tan fuerte la propensión a limitarse a manejar una sola que los “modelos” resultantes siempre terminan desintegrándose.


El gobierno nacional se enorgullece de haber hecho del consumo popular una prioridad absoluta, una a la cual está dispuesto a subordinar casi todo lo demás, pero a pesar de sus esfuerzos en febrero cayeron nuevamente las ventas en los almacenes del país, prolongando así la tendencia negativa que se inició en los meses finales del 2013 y que desde entonces no se ha modificado. Las razones por las que el consumo sigue en baja no constituyen un misterio; debido a la recesión que amenaza con eternizarse y al aislamiento financiero hay menos dinero en los bolsillos de la gente y menos confianza en el futuro. Conscientes de que se avecina una etapa de vacas flacas, los que todavía pueden prefieren tratar de ahorrar a comprar bienes que a su juicio son prescindibles, mientras que la mayoría, cuyos ingresos son magros, no tiene más alternativa que intentar reducir al mínimo el gasto familiar, motivo por el que se han registrado las bajas más pronunciadas en rubros como alimentos secos envasados que suelen incluirse en la canasta básica, lo que se atribuye a los problemas enfrentados por los sectores de escaso poder adquisitivo que, huelga decirlo, son los más castigados por la inflación. Merced a la recesión y “el ancla” cambiaria, últimamente la inflación se ha desacelerado, pero sucede que hasta un pequeño aumento del costo de vida tendrá un impacto muy fuerte en los presupuestos de los más pobres. Por ser el consumo uno de los principales motores del crecimiento económico en el mundo moderno, todos los gobiernos procuran estimularlo aun cuando se afirmen partidarios de la austeridad, pero por lo común saben que sólo se trata de una variable entre muchas. La evolución reciente del “modelo” reivindicado por la presidenta Cristina Fernández de Kirchner habrá servido para recordarles que, si bien optar por concentrarse en impulsar el consumo podría asegurarle al gobierno responsable el apoyo de una parte sustancial de la población, de ser cuestión de un boom inflacionario lo perderá al darse cuenta los coyunturalmente beneficiados que los buenos tiempos tienen fecha de vencimiento. Mal que les pese al ministro de Economía Axel Kicillof y a otros funcionarios militantes que creían que siempre y cuando la gente continuara comprando bienes todo se arreglaría, como si la economía fuera una especie de máquina de perpetuo movimiento, no tardaron en frenarla la falta de inversiones, la virtual ausencia de crédito a tasas accesibles y, desde luego, los estragos ocasionados por una tasa de inflación que está entre las más elevadas del mundo entero. Por desgracia, no hay motivos para suponer que mucho cambiará en los meses en el poder que le quedan al gobierno actual. Si bien es de prever que, por enésima vez, Cristina y Kicillof traten de convencer a los consumidores de que les convendría arriesgarse un poco más, sorprendería que muchos lo hicieran. Por una combinación de temor a los costos políticos y la convicción de que el consumo frenético sería más que suficiente para hacer más dinámica la economía nacional, el gobierno se negó a prestar atención a las luces de alarma que le advertían que sería mejor enfriarla. De haber reaccionado a tiempo, cuando el capital político de la presidenta aún estaba intacto, pudo haber frenado la inflación sin mucha dificultad, pero prefirió tratar de ganarle la carrera estimulando el consumo. El kirchnerista no es el primer gobierno nacional en actuar así. A través de los años muchos otros, entre ellos los de una serie de regímenes militares que serían calificados de “neoliberales”, también se las ingeniaron para persuadirse de que, con tal que privilegiaran el consumo de la clase media les sería dado convivir con una tasa de inflación altísima. Todos fracasaron. Puede que el colapso definitivo del “modelo” kirchnerista no ocurra mientras Cristina esté en la Casa Rosada, pero ya no cabe duda alguna de que le aguarda el mismo destino que sufrieron tantos otros de características parecidas. Para administrar bien una economía es necesario que los encargados de dicha tarea nada sencilla mantengan bajo control todas las variables importantes, pero parecería que en nuestro país es tan fuerte la propensión a limitarse a manejar una sola que los “modelos” resultantes siempre terminan desintegrándose.

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