El rompecabezas español
Los grandes partidos siempre temen a las elecciones municipales porque los votantes suelen aprovecharlas para castigar a quienes están en el poder. Es lo que acaba de suceder en España, donde el Partido Popular del presidente Mariano Rajoy recibió una paliza en las urnas. Aunque sigue siendo la agrupación más votada, tuvo que conformarse con un exiguo 27% de los sufragios, superando a su rival tradicional, el Partido Socialista, por apenas dos puntos. Mientras tanto, avanzó un enjambre de alianzas de izquierda en las que Podemos desempeña un papel clave. También hizo sentir su presencia Ciudadanos, un movimiento liberal cuyos líderes se concentran en la lucha contra la corrupción, que quitó muchos votos a los populares que deben su retroceso en buena medida a las andanzas de personajes como el extesorero Luis Bárcenas y el exjefe del FMI Rodrigo Rato. De repetirse los resultados de las elecciones municipales y autonómicas en las generales que se prevén para noviembre o diciembre, el congreso español se encontraría tan fragmentado que sería muy difícil formar un gobierno viable. Los dos partidos, el Popular y el Socialista, que durante décadas dominaron el escenario político español son víctimas de sus propios vicios. Como a menudo sucede en países en que la democracia todavía no ha echado raíces profundas, sus dirigentes han privilegiado las internas, aislándose del resto de la sociedad que, al agravarse la crisis económica, procuró crear alternativas, de ahí el surgimiento de Podemos y Ciudadanos. El Partido Socialista pagó un precio muy alto por dejarse liderar por José Luis Zapatero, un político inepto que no supo reaccionar frente al devastador tsunami financiero que pronto puso fin a un período de expansión económica posibilitada por el endeudamiento y una burbuja inmobiliaria fenomenal. Y si bien los escándalos de corrupción protagonizados por los socialistas han sido menos espectaculares que los que dañaron irremediablemente la imagen del PP, han sido más que suficientes como para desacreditarlos a ojos de una nueva generación que no está dispuesta a tolerar el robo sistemático de dinero público. Puede que no haya un vínculo directo e inmediato entre la corrupción y el desastre socioeconómico que ha sufrido España desde los meses finales del 2008, pero para muchos se trata de dos caras de la misma moneda. La convicción de que la clase política –“la casta”, según los indignados de la izquierda– sencillamente no ha estado a la altura de sus propias pretensiones está detrás del repudio del bipartidismo, aunque la alternativa podría resultar ser una versión ibérica del caos que por lo común caracteriza el sistema político italiano. Como hemos aprendido, una cosa es protestar contra el comportamiento de una elite política que se ha acostumbrado a subordinar casi todo a sus intereses corporativos, y otra muy distinta reemplazarla por una mejor. Desgraciadamente para los españoles, no hay ninguna garantía de que la irrupción de Podemos y Ciudadanos modifique positivamente la cultura política de su país. Asimismo, además de obrar con más honestidad y entender que la austeridad debería empezar en casa, para merecer la confianza de sus compatriotas los dirigentes españoles tendrían que encontrar la forma de manejar una economía que, a pesar del progreso que se ha registrado en décadas recientes, sigue atrasada en comparación con la alemana y la francesa. Si no fuera por la adhesión mayoritaria al euro, sería posible atenuar el impacto de la crisis devaluando la moneda, pero los españoles, lo mismo que los griegos, italianos y portugueses, se oponen a lo que tomarían por una humillación insoportable. Por lo tanto, hasta nuevo aviso cualquier gobierno tendría que limitarse a administrar la austeridad ya que, a menos que haya mucho dinero disponible, votar en contra de ella no sirve para nada. Parecería que, de las agrupaciones novedosas, Ciudadanos está dispuesta a tomar en cuenta dicha realidad, pero los militantes de Podemos, que formarán parte de muchas coaliciones locales y, de mantener el nivel actual de apoyo, estarían en condiciones de participar de un eventual gobierno nacional, parecen tan reacios como sus equivalentes griegos de Syriza a prestar atención a tales detalles molestos, lo que no augura nada bueno.
Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA Miércoles 27 de mayo de 2015
Los grandes partidos siempre temen a las elecciones municipales porque los votantes suelen aprovecharlas para castigar a quienes están en el poder. Es lo que acaba de suceder en España, donde el Partido Popular del presidente Mariano Rajoy recibió una paliza en las urnas. Aunque sigue siendo la agrupación más votada, tuvo que conformarse con un exiguo 27% de los sufragios, superando a su rival tradicional, el Partido Socialista, por apenas dos puntos. Mientras tanto, avanzó un enjambre de alianzas de izquierda en las que Podemos desempeña un papel clave. También hizo sentir su presencia Ciudadanos, un movimiento liberal cuyos líderes se concentran en la lucha contra la corrupción, que quitó muchos votos a los populares que deben su retroceso en buena medida a las andanzas de personajes como el extesorero Luis Bárcenas y el exjefe del FMI Rodrigo Rato. De repetirse los resultados de las elecciones municipales y autonómicas en las generales que se prevén para noviembre o diciembre, el congreso español se encontraría tan fragmentado que sería muy difícil formar un gobierno viable. Los dos partidos, el Popular y el Socialista, que durante décadas dominaron el escenario político español son víctimas de sus propios vicios. Como a menudo sucede en países en que la democracia todavía no ha echado raíces profundas, sus dirigentes han privilegiado las internas, aislándose del resto de la sociedad que, al agravarse la crisis económica, procuró crear alternativas, de ahí el surgimiento de Podemos y Ciudadanos. El Partido Socialista pagó un precio muy alto por dejarse liderar por José Luis Zapatero, un político inepto que no supo reaccionar frente al devastador tsunami financiero que pronto puso fin a un período de expansión económica posibilitada por el endeudamiento y una burbuja inmobiliaria fenomenal. Y si bien los escándalos de corrupción protagonizados por los socialistas han sido menos espectaculares que los que dañaron irremediablemente la imagen del PP, han sido más que suficientes como para desacreditarlos a ojos de una nueva generación que no está dispuesta a tolerar el robo sistemático de dinero público. Puede que no haya un vínculo directo e inmediato entre la corrupción y el desastre socioeconómico que ha sufrido España desde los meses finales del 2008, pero para muchos se trata de dos caras de la misma moneda. La convicción de que la clase política –“la casta”, según los indignados de la izquierda– sencillamente no ha estado a la altura de sus propias pretensiones está detrás del repudio del bipartidismo, aunque la alternativa podría resultar ser una versión ibérica del caos que por lo común caracteriza el sistema político italiano. Como hemos aprendido, una cosa es protestar contra el comportamiento de una elite política que se ha acostumbrado a subordinar casi todo a sus intereses corporativos, y otra muy distinta reemplazarla por una mejor. Desgraciadamente para los españoles, no hay ninguna garantía de que la irrupción de Podemos y Ciudadanos modifique positivamente la cultura política de su país. Asimismo, además de obrar con más honestidad y entender que la austeridad debería empezar en casa, para merecer la confianza de sus compatriotas los dirigentes españoles tendrían que encontrar la forma de manejar una economía que, a pesar del progreso que se ha registrado en décadas recientes, sigue atrasada en comparación con la alemana y la francesa. Si no fuera por la adhesión mayoritaria al euro, sería posible atenuar el impacto de la crisis devaluando la moneda, pero los españoles, lo mismo que los griegos, italianos y portugueses, se oponen a lo que tomarían por una humillación insoportable. Por lo tanto, hasta nuevo aviso cualquier gobierno tendría que limitarse a administrar la austeridad ya que, a menos que haya mucho dinero disponible, votar en contra de ella no sirve para nada. Parecería que, de las agrupaciones novedosas, Ciudadanos está dispuesta a tomar en cuenta dicha realidad, pero los militantes de Podemos, que formarán parte de muchas coaliciones locales y, de mantener el nivel actual de apoyo, estarían en condiciones de participar de un eventual gobierno nacional, parecen tan reacios como sus equivalentes griegos de Syriza a prestar atención a tales detalles molestos, lo que no augura nada bueno.
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