El humor perdió su gracia

DANIEL RABINOVICH

Es extraño que la misma persona que provocó tantas risas y carcajadas sonoras, despierte una tristeza tan enorme. Extraño o directamente proporcional. Pero es así: la noticia de la muerte de Daniel Rabinovich, a sus 71 años y por un problema cardíaco, borró todas las sonrisas ayera la mañana

El alma mater de Les Luthiers, junto con Marcos Mundstock, se ganó el cariño de todos aquellos anónimos que, entre el público, lo acompañaron en estas más de cuatro décadas. Cuarenta años en los que esos hombres de aspecto serio, culto y elegante, de smoking y moñito, lograron esa extraña combinación de popularidad y prestigio en dosis iguales.

Rabinovich era, sin dudas, el de mayor genio teatral del grupo; el más carismático.

Según sus amigos, que lo llamaban “Neneco”, era además el más claro ejemplo de la amistad pura, de esos que dan sin recibir y que encima, siempre tenía una alegría para hacerle frente a la tristeza. Pero no esta vez.

A ese hombre lo lloraban ayer no sólo esos amigos que lo vieron disfrutar de la vida (él mismo se definía como un “bon vivant”) y sus pares de Les Luthiers, sino también todos los que lo disfrutaron con ese humor que en cualquier otro hubiera parecido simple y hasta vulgar, pero que en él -en todos ellos- era de alta escuela.

“Es la pérdida de, tal vez, el más gracioso. Hizo fragmentos maravillosos. Él nos enseñó a reír, fue un descendiente directo de Cantinflas”, lo definió ayer Carlos Núñez Cortes, otro de sus compañeros de Les Luthiers, cuando fue a darle el último adiós, al velorio.

Ya en 2012, Rabinovich había sufrido un preinfarto durante una gira por Uruguay, por lo que tuvo que alejarse un tiempo de los escenarios. Y en marzo de este año, su salud volvió a desmejorar, y no pudo formar parte los shows programados de Les Luthiers.

Daniel Abraham Rabinovich Aratuz, así se llamaba, había nacido en Buenos Aires, el 18 de noviembre de 1943. Se crió en el Palacio de los Patos, un coqueto complejo de viviendas ubicado en Ugarteche y Las Heras, en Palermo, en el que pudo compartir reuniones con algunos folcloristas que también vivían allí. A ese temprano descubrimiento de la música hay que sumarle que su madre había estudiado piano, y que su padre -un abogado penalista- también tenía la costumbre de cantar y silbar tangos.

Con esa herencia cultural, estudió violín de los 7 a los 13 años, y a los 14 cambió por la guitarra soñando con ser folclorista. Pero en el medio estudio derecho y hasta fue notario. No por mucho tiempo, por suerte para el espectáculo argentino.

La llegada de Rabinovich a Les Luthiers ocurrió en San Miguel de Tucumán, antes de que ese grupo se llamara así, y cuando un puñado de universitarios -él era licenciado en Derecho y escribano público- presentó un espectáculo de humor dentro de un festival de coros.

En 1965 -y aún ahora- fueron toda una novedad con la inclusión de los llamados “instrumentos informales”, con los que habían creado una parodia de concierto ideada por el estudiante de arquitectura Gerardo Masana -muerto prematuramente en 1973- que causó sensación.

Ya con el nombre de I Musicisti -versión jocosa del conjunto italiano I Musici- el grupo se presentaron con un éxito notable en el Instituto Di Tella, que era el centro de la vanguardia porteña de aquella época. Desmantelado I Musicisti, en 1967 nació Les Luthiers con el concurso de Ernesto Acher, que realizó presentaciones cada vez más festejadas en los café concert y en pequeñas salas teatrales.

Rabinovich era un hombre orquesta. No sólo fue cantante, actor y percusionista.

Rabinovich también fue escritor: publicó “Cuentos en serio” y “El silencio del final”.

Además, su capacidad actoral excedió los shows del grupo y apareció en el cine desde la lejana “Espérame mucho” (1983), de Juan José Jusid, hasta “¿Quién dice que es fácil?” (2007), de Juan Taratuto, o “Mi primera boda” (2011), de Ariel Winograd, donde componía a un rabino que debía casar a una pareja junto a un cura católico (que no era otro que Mundstock); o “Extraños en la noche” (2012), de Alejandro Montiel, y “Papeles en el viento” (2015), también de Taratuto.

Pero Rabinovich, que disfrutaba tanto de lasluces de los shows como de estar con su mujer, Susi, sus hijos y sus dos nietas también fue hincha fervoroso de Independiente, y del Real Madrid. Además, fue un gran coleccionista: en su casa había libros de humor, discos de pasta, y muchos vinos y sacacorchos. A él le encantaba cocinar, oír música clásica o folcklore, y leer autores norteamericanos o latinoamericanos. Y reír. Y hacer reír.

Jorge Maronna, Marcos Mundstock, Carlos López Puccio y Carlos Núñez Cortés perdieron algo más que un compañero de elenco ayer.

Ese hombre de bigotes gruesos, el de la sonrisa pícara, el que con sus miles de gestos era capaz de traducir y transformar un comentario culto de los otros Luthiers en un chiste para toda la platea, será irremplazable.

La sintonía y el contrapunto que lograba con Mundstock, será difícil de volver a amalgamar con otro integrante.

“La vida es hermosa y merece ser vivida y en cambio la muerte merece ser morida’’, decía él, en “Bromato de armonio”.

Por esta única vez, ese chiste que tanto le festejamos, no tiene ninguna gracia.


DANIEL RABINOVICH

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