La Segunda Guerra Mundial contada por los soldados
Un libro que relata el horror de la segunda guerra mundial a través del testimonio de soldados.
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En “Cartas de la Wehrmacht. La Segunda Guerra Mundial contada por los soldados”, la historiadora Marie Moutier recupera los documentos de la Deutsche Diensstelle de Berlín -el archivo de las fuerzas armadas alemanas- para narrar la experiencia del conflicto bélico desde la mirada de los soldados que lucharon en el frente, a través de misivas que alternan entre la euforia, la angustia y los elogios a Hitler en los primeros años de combate.
“Una caligrafía fina, de letras apretadas, dispuestas sobre un papel grueso que el tiempo ha ido desgastando. Un mechón de cabellos pegados con un sello en el que se distingue la imagen del Fuhrer. Una cinta azul diluida en una mancha parda de café o de humedad. Una postal amarillenta con un esbozo de lápiz de un castillo del Loira. Unos ojos jóvenes bajo una gorra reluciente. Siluetas militares en blanco y negro que apenas se distinguen de los árboles en un paisaje nevado…”.
Así comienza Moutier su monumental registro historiográfico, un entramado de testimonios que otorga visibilidad a las vivencias de algunos de los hombres que combatieron en los frentes europeos durante los casi seis años que duró la Segunda Guerra Mundial.
La obra, editada por el sello Crítica, abarca misivas que se inician en septiembre de 1939 en Polonia con un tono triunfal y esperanzador, que luego se detienen en el paso exitoso por Francia, Checoslovaquia, Noruega o Grecia para reflejar luego -en el período comprendido entre 1942 y 1943- el horror de los combates en Stalingrado y concluir con con la amargura de la derrota en 1945.
“Cartas de la Wehrmacht…” se inscribe en el aluvión de obras que han irrumpido en escena este año en concidencia con el 70 aniversario del fin de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), la mayor contienda bélica de todos los tiempos, que enfrentó a las Potencias del Eje y a los Aliados en una guerra que dejó entre 40 y 70 millones de muertos entre militares y población civil.
“(…) Cuando la guerra acabe, verás lo grande que se vuelve Alemania. Crecerá más rápido que Estados Unidos. En cualquier caso, Adolf Hitler es alguien único. Para nosotros, es una verdadera suerte que ningún otro país tenga un hombre como él (…)”, relata eufórico el soldado Kurt M. a su madre en julio de 1940.
Un testimonio muy distinto al del suboficial Heinrich E. a su esposa en enero de 1945: “(…) ¡Querida mía, qué difícil es la época que nos ha tocado vivir! Si alguien leyera los informes actuales de la Wehrmacht sería presa del pánico. Nunca nos ha ido tan mal como ahora ¿Cómo acabará todo esto? (…)”, describe con angustia el hombre.
Además de elogios a Hitler, las cartas también permiten asomarse a otros matices menos drásticos de la vida en guerra. Por ejemplo, la que envía en 1940 Erich B. a su esposa. En ella, el militar deja claro que la niña (de la que se desconoce su edad y a la que llama cariñosamente “ratoncita”), le ha pedido en un texto anterior que acuda al burdel para liberar tensiones. El, obediente, responde explicando que ha entrado en uno, pero que sólo ha acudido a disfrutar del espectáculo “por un problema de higiene de las prostitutas”.
“Ya he ido de buena gana para mirar, pero hay un problema, cuando acudimos a un burdel -’y ya te puedes imaginar que es algo que los soldados hacen con frecuencia’- los enfermeros nos ponen antes y después una inyección contra las enfermedades de transmisión sexual. A ellos les da completamente igual si vamos a ver a una mujer o no. Pase lo que pase, nos ponen la inyección. A mi esta tarea me resultaría indiferente si después no tuvieran que andar pinchándome en la cosa dos veces. Así como ves no iré nunca, pese a tus consejos”, confiesa el soldado en la misiva.
Moutier, licenciada en Historia Contemporánea por la Universidad Paris IV-Sorbonne -donde se doctoró con una investigación sobre el III Reich de la cual deriva este libro- ofrece un visceral retrato del infierno de la guerra -de todas las guerras- a través de cartas que dicen no solamente a partir de su contenido sino también del escenario donde fueron escritas: camas de hospitales, ínfimos momentos de tregua o durante la antesala tensa que precede al inicio de los combates.
El abordaje emprendido por la investigadora intenta abarcar la mayor variedad de estados de ánimo de los combatientes, desde el fanatismo ideológico y el espíritu combativo hasta la esperanza, el compromiso y la desolación.
“Si Hannah Arendt hablaba de la banalidad del mal, en estas cartas lo que aparece es el mal de la banalidad. Los soldados alemanes eran plenamente conscientes de los horrores que estaban presenciando o cometiendo, pero, a sus ojos, tales crímenes no eran más que uno de los componentes de su vida cotidiana y no el más importante. Lo que comían, dónde dormían, qué pensaban de sus compañeros o la lejanía familiar le preocupaba mucho más”, sostiene en el prólogo Timothy Snyder.
La impúdica circulación de la intimidad que dejan al descubierto estas misivas tiene como objetivo resaltar el componente humano y vunerable de los soldados: en la línea de lo que Arendt pregonó cuando acuñó el concepto de “banalidad del mal”, la obra demuestra que los soldados de Hitler perpetraron la masacre en nombre de una ferocidad que no escapa a la naturaleza humana.
¿Cómo comprender el horror prescindiendo de la hipótesis de que soldados y verdugos no eran más que peones al servicio de una ideología? “Eran padres de familia, banqueros, estudiantes, obreros, pastores, artistas, profesores, funcionarios de correos… a los que se les ordenó ir a la guerra. Hombres grises que un día se encontraron en el corazón del genocidio”, describe la autora.
“Hay cartas que abordan la cuestión de las masacres de judíos o de prisioneros de guerra soviéticos y otras que dejan entrever un profundo antisemitismo. Devolverles su humanidad no significa necesariamente hacerlos simpáticos. Todo lo contrario: permite subrayar todo aquello de lo que es capaz una persona”, concluye Moutier.
Télam
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