Vacaciones prometidas

Columna semanal

Redacción

Por Redacción

La Peña

Hubiera dado por hecho que ese lugar, el que nos prometía mi padre, era el sitio soñado para unas buenas vacaciones.

Ocurrió en mi pueblo que algunos de mis vecinos solían salir de vacaciones cada verano. Los veíamos cargando en una reluciente Renault 12 Breck sus bolsos y valijas y partían a Carlos Paz, Mar del Plata, a Chaco en otro caso, a Tucumán, a Mendoza. Tenían destinos envidiables, sólo conocidos por nosotros a partir de las fotos. Es decir, si no lo veíamos en “Gente” o en “Siete Días”, no existían.

Poco sabíamos de esos destinos, pero dábamos por hecho que lo que decían nuestros vecinos era verdad y que ir allí era más o menos como ir al paraíso.

Y en esas convenciones infantiles nos preguntamos con mis hermanos cuándo sería el día que nos tocara viajar a algún lado que no fuera el pueblo de mi abuelo. Se lo dijimos a mi padre y, rápido de reflejos, nos prometió que cuando las cosas mejoraran iríamos de vacaciones con todo incluido a Anco Chato.

Lo recuerdo y veo la cara de mi padre que no se ponía ni colorado. Nos ponía felices que tuviera el tiempo de planificar vacaciones con nosotros, que hasta tuviéramos el destino elegido.

Esas vacaciones sí que serían fantásticas, ahí podríamos jugar todos juntos, comer en restaurantes, y si había montañas mejor, porque era el ámbito que más conocíamos. Estábamos seguros de que Anco Chato era un lugar hermoso, lleno de verde.

Salíamos corriendo cada vez que se renovaba la promesa para decirles a todos que Anco Chato no se cambiaba por nada, que ahí pasaríamos nuestras primeras vacaciones. Y empezaban los debates infantiles para disputarnos la calidad del destino.

A todo esto, mi madre jamás dijo una palabra, mi padre prometía el viaje pero ella sólo sonreía. Siempre creímos que eso la ponía feliz y por eso su cara.

Se nos pasaron los años esperando ese viaje, se nos pasó la vida y las cosas nunca estuvieron mejor para mis padres, el bolsillo siempre fue flaco y por lo tanto nunca pudimos ir.

Hace poco, unos 40 años después, se me ocurrió buscar ese lugar. Google, mapas, internet a full, preguntas, viejas enciclopedias. No tuve suerte y profundicé la búsqueda, empecé a preguntar a los parientes que vivían en mi pueblo y nadie lo conocía.

Resulta que Anco Chato jamás existió, sólo fue el ingenio de un padre que por darnos una respuesta nos prometió el viaje soñado, ese mismo que fue capaz de mantener viva la ilusión por décadas. Ni más ni menos que el ingenio al servicio de los sueños. Pura imaginación, puras carencias.

Jorge Vergara

jvergara@rionegro.com.ar


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