Los semáforos
Editorial
Son semáforos en rojo que seguimos cruzando como si nada pasara. Regularmente, desde el 2000, las pruebas PISA –una evaluación internacional sobre educación secundaria que realiza la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE)– nos advierten sobre una caída sistemática de la calidad educativa en la Argentina. Y entonces, los números de las PISA –sigla que, incluso, ya se volvió una “marca” reconocida en el país– alteran por unos días la agenda política nacional.
En el último informe PISA –febrero de este año– se supo que, de los 64 países que aparecen en el estudio, Argentina se encuentra entre los diez cuyos alumnos tienen el más bajo rendimiento en matemáticas, ciencia y lectura.
Y claro, el tema pasó a ser tapa de los diarios y las pantallas de televisión se llenaron de caras de educadores, funcionarios, dirigentes políticos, gremialistas del sector o especialistas que se sumaron al escándalo de las cifras, lanzando denuncias, planteando carencias y reclamando cambios.
Lo mismo que ocurre cada año y de manera indefectible, hasta que, lentamente, empieza a desaparecer la ola, todos recogen su tabla de surf y empiezan a caminar cabizbajos por la playa, esperando que el mar vuelva a agitarse con nuevas cifras. Después, arranca el ciclo lectivo, todo el mundo pisa el acelerador y cruza el semáforo rojo disponiéndose a desafiar al semáforo de la próxima esquina.
Desde hace décadas, la organización no gubernamental Transparency International –que mide los índices de percepción de corrupción país por país en todo el mundo– venía advirtiendo que la Argentina se estaba convirtiendo en uno de sus peores alumnos.
En enero pasado se conocieron los números del 2015. La ONG Poder Ciudadano –integrante de Transparency– dijo en su informe que “al igual que en todas las mediciones mundiales publicadas en los últimos años, la Argentina se encuentra dentro del pelotón de países con peor evaluación. Con 32 puntos sobre 100 posibles, en el ranking su posición actual es la 107, sobre 168 países evaluados”. Y claro, mientras Transparency elaboraba sus índices anuales, los socios de la corrupción en la Argentina seguían lavando dinero, abriendo cuentas offshore en paraísos fiscales, comprando estancias, autos lujosos. Tuvo que aparecer una imagen obscena como la del “conteo” de millones de dólares en la cueva conocida como La Rosadita –nada menos– para que la sociedad pisara el freno por una vez en la esquina, después de violar cientos y cientos de semáforos rojos en años. Y aún no conocemos el final de esta historia.
Por estos días, una nueva medición internacional aportó su bofetada. Se trata del Índice de Calidad Institucional (ICI) realizado por la Fundación Libertad y Progreso que toma datos del Banco Mundial, el World Economic Forum, Heritage, Frase Institute, Transparency y Freedom House.
Según este ranking, desde 1996 hasta hoy, el país perdió 98 posiciones dentro de los índices que miden la calidad institucional de 180 naciones de todo el mundo. En 1996, la Argentina ocupaba el lugar 44. En 2016 se encuentra en el 142. Empezó a caer por el mismo tobogán y a similar velocidad que Bolivia, Venezuela y Ecuador.
Nada de qué sorprenderse: fue por 1996, mientras promediaba el gobierno de Carlos Menem, cuando los grandes centros urbanos del país empezaron a detectar que una nueva figura se integraba al paisaje de la ciudad: batallones de cartoneros que poblaron las calles con sus miserias a cuestas, en medio de la indiferencia –a veces, también, hay que decirlo, de la solidaridad– de sus conciudadanos, que hoy eluden cuidadosamente con sus autos los miserables carros ya no tirados por caballos, sino por seres humanos. Ciudadanos argentinos, para ser más precisos. Pasaron 20 años desde entonces, y también pasaron gobiernos, elecciones, promesas de campaña, crisis, tasas chinas, nuevos gobiernos, pero nadie borró ni apunta a borrar esa realidad denigrante del paisaje urbano.
Eso sí: la sociedad argentina sigue cruzando esos semáforos rojos por las esquinas sin advertir que en cada una de ellas aparece el riesgo de una tragedia. Una más, de las muchas que ya sufrimos.
Editorial
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