El Congreso, a escena
El recinto atraviesa un punto de inflexión clave.
Editorial
“Se dice que estoy solo. Eso puede ser cierto. Estoy solo frente a una coalición formidable de intereses. Estoy solo frente a empresas capitalistas que se cuentan entre las más poderosas de la tierra. Estoy solo frente a un gobierno cuya mediocridad asombra y entristece, y así, solo, me batiré en defensa de una industria argentina esquilmada e inerme”. Corría el año 1935 y el senador Lisandro de la Torre le hacía saber al país que no permitiría que la luego llamada Década Infame fuera tan infame. Que todavía existía un lugar institucional, el Congreso de la Nación, donde su voz, la del socialista Alfredo Palacios y la de tantos otros se ocuparían de enaltecer la política. Ocurrió, puntualmente, frente al Pacto Roca-Runciman, con el que el régimen conservador buscaba beneficiar a los frigoríficos británicos de manera ostensible, en detrimento de los pequeños y medianos productores argentinos. Haciendo sentir el peso de su cargo como senador nacional en toda su dimensión, De la Torre hasta hizo detener al británico Richard Tootell, director del frigorífico Anglo, y lo obligó a entregar documentación que le negaban ala Comisión Investigadora del Parlamento. El régimen de Agustín P. Justo veía la escena enmudecido. Dos días después de este discurso de De la Torre, el senador Enzo Bordabehere fue asesinado en pleno recinto por un matón del ministro de Agricultura, Luis Duhau. Las balas no llegaron a destino: iban dirigidas a De la Torre.
Pasaron más de setenta años y ese mismo Congreso, que supo ser clausurado con saña por las dictaduras, desprestigiado por propios y ajenos y por el que pasaron grandes debates nacionales y también muchas miserias, se encuentra en el centro de la escena política. En los últimos treinta años fue albergue de los expresidentes: Raúl Alfonsín, Carlos Menem, Fernando de la Rúa, Eduardo Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner ocuparon –antes o después de sus presidencias– alguna banca. Fue también una caja de resonancia que desprestigió a la política y hasta creó neologismos insólitos: diputruchos, panqueques, todas palabras nacidas en el corazón del recinto. Y fue, además, centro de causas de corrupción escandalosas como la conocida “Banelco”, la votación de una reforma laboral salpicada por sospechas de coimas, en el gobierno de De la Rúa.
Pero se trata del mismo Congreso que tuvo que ponerle el pecho a la crisis institucional del 2001 y designar presidente en un momento que quedará marcado en la historia de este siglo XXI.
Calificado sarcásticamente de ser una mera escribanía durante la larga década kirchnerista, este Congreso supo darle también disgustos a los distintos presidentes de turno, como le ocurrió a Alfonsín y Menem o a los propios Kirchner, en su peor derrota política con la votación de la resolución 125. De todas maneras, en medio de esos vaivenes, el Congreso Nacional siempre terminó rendido ante el Poder Ejecutivo cuando el voto popular le hacía un guiño a los presidentes electos: pasó con Alfonsín, Menem y los Kirchner.
Hoy, la situación es diametralmente opuesta: la Argentina tiene un presidente votado por más del 50% de los ciudadanos y una conformación parlamentaria que no le responde. Después de años de intentos, el balotaje –surgido en Francia en 1852, en tiempos del Napoleón III e implementado por primera vez en el país en 1973– hizo su debut en noviembre y empezó a mostrar sus efectos: darle legitimidad política al presidente, sin afectar la proporcionalidad que los ciudadanos eligieron en primera vuelta.
Esta semana, este nuevo parlamento tuvo su primera gran prueba de fuego, cuando se discutió el proyecto sobre las jubilaciones, propuesto por el gobierno de Macri.
Oficialistas y opositores no tuvieron más opción que sentarse a una mesa de negociación, esa práctica casi inexistente en la política argentina, en la que el presidencialismo, como una especie de monstruo deforme e implacable, dominó a látigo y chequera el escenario. En momentos en que los tres poderes del Estado se encuentran en la mira de una ciudadanía harta de la corrupción, la falta de transparencia y las negociaciones oscuras, el Congreso atraviesa un punto de inflexión clave. El punto no es menor. Pone en juego, nada menos, que el futuro.
Editorial
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