El disparador: Silencio y señas
Columna semanal
Datos
- Desayuna sola en el hostal. Un huésped la saluda y ella sigue masticando su tostada sin decir nada. Cuando termina el café, se encierra en su habitación, que comparte con cinco. Al rato, aparece en el patio del hostal con su laptop. Pasa la tarde allí. Solo se levanta una vez para ir al baño. Una pareja de alemanes recién llegada pasa a su lado y le dice “buenas tardes”. Silencio. “Qué mala onda esta japonesa”, murmuran los teutones. Ella no se mosquea, mira fijo el monitor, como si quisiera meterse adentro.
- A la noche hay fiesta en el hostal. Con la música alta, los huéspedes beben y bailan. Ella no sale de su habitación. Lee hasta que se duerme. En el patio unas treinta personas charlan. El tono de voz aumenta a medida que se suman los tragos. Parecen amigos desde hace años, pero a lo sumo llevan una semana de convivencia.
- Un holandés balbucea algo en español antes de besar a peruana. Una brasileña encantadora baila pegada con una italiana y, al final, se irán juntas a compartir la habitación por primera vez. Lo mismo harán un argentino y un español.
- Pero todo eso será después. Ahora la fiesta está en su momento más álgido. Flota la sensación colectiva de que el universo late aquí y ahora como en ningún otro lado. Todo lo que hay a mano vale en procura de que la diversión nunca termine.
- En un rincón del patio, un sueco lleva dos horas coqueteando con una colombiana. Hablan del calor en Santa Marta y sobre los destinos en los próximos días en el Caribe colombiano. Él le dice que justo –justo– irá a los mismos lugares. En un movimiento automático que le sigue a cada sonrisa, la colombiana se acomoda el pelo detrás de la oreja. Por el ruido, el sueco sugiere seguir la charla en otro lugar. Cuando entran a la habitación, la japonesa no se despierta.
- Por la mañana, un neozelandés sale de la misma habitación y se sienta en la mesa donde desayuna la japonesa. “Ese cuarto es un show porno”, dice. Ella no responde pero lo mira con los ojos bien abiertos. Él le pregunta si quiere más café y, tratando de zanjar la diferencia idiomática, señala la taza. Por primera vez en días ella sonríe, responde que no con la cabeza y gesticula con sus manos para intentar comunicarse.
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