Aarón de Anchorena, antes del turismo de aventura
Mientras en Mendoza se concluía el Cristo Redentor, Onelli asumía en el zoo, al perito Moreno lo postulaban como diputado y Anchorena navegaba en su cúter por el Nahuel Huapi, escalaba en el Tronador y bajaba el Limay en bote.
El inusitado movimiento y progreso que vivió la región de Nahuel Huapi entre la primavera de 1903 y el otoño de 1904 se debió a varias razones convergentes. No sólo por ser la época en que ceden los rigores del clima para beneficio del tránsito por los boquetes cordilleranos y el consecuente paso de arreos sino porque aumentaba la circulación de tropas de carros y jinetes y porque el laudo arbitral de la corona británica del 20 de noviembre de 1902 en el conflicto con Chile trajo sosiego en la frontera.
Aquella alentadora actividad, que comenzó a narrarse precedentes ediciones de esta misma página, merecen el agregado de varios detalles en el marco de lo que sucedía en el país y en el mundo, sin abandonar el rescate de las precisiones biográficas y genealógicas de las familias pioneras del gran lago.
Y así como el «bon vivant» (hoy se diría «play boy») y audaz deportista millonario Aarón Anchorena que en 1901 a los 24 años ganó la primera carrera de automóvil corrida en el desaparecido hipódromo del bajo Belgrano (hoy barrio Rever) ganándole a su amigo Marcelo Torcuato de Alvear y en 1902 cruzó la Patagonia a caballo hasta el Nahuel Huapi y logró que adjudicaran el uso de la Isla Victoria, la novedad fronteriza aseguró toda inversión en la región. Anchorena aumentó las visitas a la isla, y la del verano de 1904 quedó estampada en un diario porteño. Sucedió durante el estío en que el embajador norteamericano John Barret se reunió con el perito Francisco P. Moreno y consiguió su aval para la gestión que los padres pasionistas mayoría de irlandeses y norteamericanos hacían ante el gobierno nacional para gestionar tierras. La consecuencia fue que «el father Edwards partió anoche para el Nahuel Huapi con un grupo de jóvenes anglo-argentinos» para ver las tierras donde querían establecer una colonización («El Diario» del 13/1/1904).
De la isla al palacio
El 3 de febrero, en la vieja casona familiar del barrio porteño San Cristóbal, el Francisco P. Moreno recibió a los vecinos que formalizaron su ruego para que aceptara postularse como diputado nacional. Sucedió tres días antes de que el intendente porteño Carlos Casares (h) echara al director del Zoológico Dr. Eduardo Holmberg por el abandono del predio palermitano y en medio de un escandaloso asunto, nombrando en su reemplazo a Clemente Onelli, decisión que un diario, aludiendo al elegido, vaticinó que «será en el nuevo puesto the rigth man in the rigth place», abuso idiomático propio de la época cuando se pretendía jerarquizar una afirmación. El vaticinio se cumplió en seguida: todo el mundo colaboró con Onelli e inmediatamente desde Puerto Madryn le mandaron el primer pingüino que habitó en la ciudad.
Las noticias auspiciosas provenientes de los Andes patagónicos, en realidad se venían verificando desde el invierno anterior, o por lo menos así lo dijo «La Nación» del 9 julio de 1903 a aludir a «la botadura al lago Nahuel Huapi del vapor Helvecia II, perteneciente a la compañía de maderas del Neuquén» y a los casamientos simultáneos de los pioneros Jarred A. Jones y Enrique Neil, primer chimento social del lago aparecido en el matutino.
En Buenos Aires, la construcción del Teatro Colón entraba en la última etapa, y el 1 de febrero el gobierno aceptó por nota al perito Moreno la donación de tierras que hiciera el año anterior. Pero en ese pleno verano del año cuatro, el escultor Mateo Alonso tiritaba en medio de una nevada de excepción mientras controlaba el montaje de su monumental Cristo Redentor y ya se preparaba el protocolo para la inauguración que se llevó el 13 de marzo siguiente. En el listado figuraba el elegido para bendecirlo: el arzobispo Antonio Espinosa, aquel capellán de la campaña de Roca de 1879.
Sin radio ni tv, la popularidad de los diarios, con varios matutinos y más de un vespertino, la información que no necesitaba de escándalos ni recurría a títulos catástrofe, conseguía, sin embargo, aumentar la venta de ejemplares por la repercusión de algunas noticias. Las del mes de febrero de ese año cuatro fueron, el ataque a Port Arthur en la guerra ruso-japonesa y el llamado «el crimen de Bragado» seguido por cronistas novelescos de buena pluma.
«El Diario», vespertino de Manuel Láinez, publicó el viernes 4 de marzo de 1904 una nota también de novela, pero en un solo capítulo, que podría hasta ridiculizar al hoy llamado turismo de aventura. Quizá porque entonces, en ciertas regiones del planeta, el turismo, que no conocía de esplendores hoteleros y el beneficio de la tecnología que le deparó el último medio siglo, era una aventura, y en algunos casos, con riesgo de vida.
La vida es bella
Para el joven y opulento adjudicatario de la isla Victoria que pronto sería el pionero de la «volación», para decirlo con el neologismo al que acudió la prensa de entonces para titular la actividad en globos aerostáticos.
Anchorena, cuya opulencia familiar se ostentaba en dos palacios frente a Plaza San Martín (su casamiento con Zelmira Paz viuda de Gainza de consiguió el tercer palacio frente a la misma plaza) había erigido vertiginosamente en la isla del Nahuel Huapi todo tipo de obras y un astillero que dirigió el germano Otto Mülempfordt del que en poco tiempo pudo botar el más bello velero que navegó el Nahuel: el cúter Venus.
Esta vez Anchorena hizo el viaje a Nahuel Huapi con su muy amigo Alberto Blaquier y, lo más curioso, con dos osos que murieron durante el viaje «de calor».
Este par de veinteañeros tomaron el tren a Mendoza y cruzaron en mula la cordillera, según la evocación del viaje que hizo «El Diario» del viernes 4 de marzo de 1904, al regreso de Anchorena y durante una entrevista en palacio. En Valparaíso embarcaron en el barco Limay de la Compañía Sudamericana de Vapores. Navegaron seis días con escalas en Talcahuano, Valdivia, Ancud (isla de Chiloé) y desembarcaron en Puerto Mont. Allí arreglaron la continuación del viaje con «la empresa andina de Hube y Achelis que tiene sucursal en la orilla Sud del lago Nahuel Huapi, en San Carlos, en donde se forma rápidamente una población confortable», le contó Aarón Anchorena a «El Diario». Desde Puerto Montt, el viajero pudo hablar por el teléfono que instaló la compañía desde su sede central hasta Puerto Blest. Así su cúter Venus y el propio constructor naviero Mhülempfordt diplomado en Hamburgo, pudo esperarlo en Blest. Cazarían, treparían glaciares del Tronador y bajarían el Limay en bote.
FRANCISCO N. JUAREZ
fnjuarez@sion.com
(Continuará)
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