¡Abajo los especuladores!
Desde hace miles de años, un ejército abigarrado de bienpensantes está luchando contra los especuladores, estos individuos, como el inolvidable Trimalción de Petronio, que por medios que acaso son legales pero que así y todos merecen el desprecio de los moralistas, se hacen multimillonarios sin producir nada valioso al aprovechar las oportunidades brindadas por el mercado. Con cierta frecuencia, los horrorizados por la mera existencia de tales sujetos han tratado de exterminarlos, condenándolos a una muerte exquisitamente dolorosa para edificación de los demás y para que por fin la economía se pusiera al servicio del hombre. Lo mismo que los usureros y acaparadores, los especuladores siempre han ocupado un lugar destacado en la demonología popular y en las listas negras de enemigos del género humano confeccionados por religiosos, filósofos, literatos y gobernantes. Dante los puso en el séptimo círculo del infierno. Fuera de las filas de los indignados más furibundos, hoy en día pocos quisieran atacar la especulación con métodos tan rigurosos como los empleados en épocas menos sensibleras que la nuestra, pero son muchos los políticos cuya retórica hace recordar la de emperadores romanos como Diocleciano que estaban decididos a eliminar de una vez la especulación y a la de moralistas posteriores de derecha e izquierda, de convicciones religiosas firmes o de fe ilimitada en alguna que otra doctrina revolucionaria. Los blancos actuales de la ira moralizante de prohombres como el francés Nicolas Sarkozy son los banqueros, a su juicio responsables de los problemas económicos de Estados Unidos y Europa, además de los financistas que tienen sus guaridas en Londres y Nueva York, y las agencias calificadoras que tienen la costumbre malsana de echar dudas sobre las por lo común optimistas previsiones gubernamentales. Así las cosas, no desentona del todo Cristina cuando fulmina en contra de lo que llama el “anarcocapitalismo financiero total, donde nadie controla a nadie”, que en su opinión se ha apoderado del mundo, como hizo ayer nomás en Cannes ante un conjunto de empresarios, aunque es poco probable que muchos coincidan en que el modelo kirchnerista que ella quisiera venderles sea un dechado de “capitalismo en serio”. Dicho “modelo” tendrá sus méritos, ya que ha permitido a trabajadores humildes convertirse en magnates con rapidez insólita y podría atraer a políticos deseosos de acelerar la evolución de sus propios patrimonios, pero cualquier intento de instalarlo en sociedades viciadas por el puritanismo se toparía con la resistencia de los comprometidos con tradiciones que son distintas de las latinoamericanas. Si, como es legítimo temer, en los años próximos los obreros y el grueso de la clase media europea y norteamericana sufrieran una experiencia parecida a la que a partir de mediados del siglo pasado depauperó a sus equivalentes argentinos, podrían terminar conformándose con un modelo clientelista del tipo que disfruta de la aprobación de Cristina y sus admiradores, pero aún no están preparados para resignarse al destino así supuesto. De todos modos, en buena parte del mundo occidental, se ha difundido entre la elites políticas e intelectuales la convicción de que el desaguisado económico que enfrentan se debe a la falta de controles, de suerte que la solución consistiría en regular los mercados financieros para que dejen de propinarnos sorpresas desagradables. En otras palabras, hay que subordinar lo económico a lo político, es decir, reemplazar a los especuladores malignos por personas buenas, representantes del pueblo auténtico, como Cristina, Guillermo Moreno, Angela Merkel, Sarkozy y Barack Obama. Puede argüirse que todo comenzó a pudrirse cuando, en Estados Unidos, políticos presuntamente tan bienintencionados como los nombrados decidieron obligar a los bancos a repartir créditos blandísimos entre quienes nunca lograrían devolver el dinero para permitirles comprar viviendas dignas, una iniciativa que andando el tiempo inflaría una burbuja inmobiliaria tan colosal que su eventual estallido abriría el agujero enorme en el sistema financiero internacional que nadie ha conseguido llenar, pero sólo a los perversos se les ocurriría prestar atención a tales detalles. Es tan fuerte el deseo de creer que, si no fuera por la codicia de banqueros y otros especuladores, gente mala si la hay, el mundo entero disfrutaría de una eternidad de crecimiento estable, que pocos pensarían en cuestionar la ortodoxia imperante. Pues bien: una cosa es indignarse porque financistas se las han ingeniado para adquirir riquezas envidiables que en un mundo mejor irían a gente como uno, pero es otra muy diferente suponer que eliminarlos o, por lo menos, regular su negocio hasta tal punto que ganaran mucho menos que futbolistas o cantantes populares, serviría para que las economías más avanzadas se recuperaran de sus males. Los problemas más penosos, como el planteado por el desempleo masivo, no se deben a la especulación financiera frenética sino al progreso tecnológico que, además de producir una plétora de adminículos electrónicos fascinantes, priva de oportunidades laborales a millones de personas habituadas a cumplir tareas que ya son innecesarias o que pueden exportarse a China o la India, donde abundan hombres y mujeres bien instruidos que las harán por una fracción del salario exigido por los occidentales. Asimismo, el endeudamiento excesivo que tantos dolores de cabeza ha provocado en Estados Unidos y Europa tiene muy poco que ver con la codicia de financistas. Es la consecuencia inevitable de la suba del gasto público y del éxito de los sindicatos que representan a quienes dependen de él; además de aumentos salariales y un grado de seguridad laboral realmente extraordinario, lograron para sus afiliados jubilaciones tan generosas que será imposible costearlas, como acaban de darse cuenta millones de empleados públicos norteamericanos y europeos que se han visto constreñidos a enfrentar un futuro comparable con el presente de tantos jubilados argentinos. Mal que bien, la crisis es una obra colectiva a la que, cada uno a su manera, han aportado muchos que están protestando en las calles de las grandes ciudades o pronunciando discursos fogosos en reuniones internacionales. ¿Y los especuladores? Como siempre sucede en tiempos tormentosos, están haciendo su agosto. Si bien verlos castigados sería motivo de viva satisfacción para muchos, sólo se trataría de una forma de dar rienda suelta a la frustración que sienten frente a una realidad que no quieren intentar entender.
SEGÚN LO VEO
JAMES NEILSON