Abriendo la lata….
Debates” ofrece hoy reflexiones sobre dos libros que tratan el tema de romper inercias en la investigación del presente y de la historia. Mucho de esa propuesta tiene hoy en la Argentina un campo propicio.
Aldo Rubén Ameigeiras es doctor en Sociología, docente en la UNGS e investigador del Conicet. Con sólidos trabajos sobre la diversidad cultural, tiene además una dilatada experiencia en la reflexión sobre la religión. Uno de sus trabajos se torna guía para quien procure incursionar en los laberintos de las creencias que emanan en nuestro país a partir del catolicismo: “Religiosidad popular”.
Un primer mérito al avanzar en poco la lectura del ensayo publicado por la UNGB: la notable calidad del estilo con que Ameigeiras reúne sus reflexiones, conclusiones y los términos en que las transfiere al lector. Un trayecto nada fácil tratándose de un tema confesional. Un andar del investigador en clave a ayudar a pensar, a marcar la verdad sin más.
Así, el sociólogo elude lo que define como “pujas teóricas”, por caso, a la hora de definir el objeto de su estudio: la religiosidad popular. No hay complejidad en la definición. Es la manera “en que los sectores populares expresan sus apreciaciones y vivencias acerca de lo sobrenatural y el modo con que se vinculan con lo que consideran sagrado”.
Pero no es una vivencia neutra en relación con el cuadro social en que emerge la religiosidad popular. Expresa tramas socioculturales y existencias cotidianas con imaginarios muy concretos, un plano donde “lo sagrado no aparece disociado de lo social”. Concretamente, de la inserción que se tenga en la estructura social.
No son procesos para ser reflexionados desde el simplismo, la mirada ligera, incluso discriminatoria, por la cual la religión popular es apreciada como superstición abonada por la ignorancia.
Sostiene el investigador: “Resulta necesario comprender que la religión popular no surge de la nada, no es un producto espontáneo y residual, sino que, por el contrario, se inserta dentro de matrices culturales y estructuras de significados compartidos”.
Estos significados –queda claro– abrevan en un trajinar común por la historia. Una construcción que Ameigeiras irá definiendo cuando trata devociones como las canalizadas, por caso, al Gauchito Gil, la Virgen de Desatanudos.
En todo ese trajinar han gravitado “distintas tramas socioculturales y tradiciones religiosas, desde las de los pueblos originarios, las hispano-lusitanas, las africanas y la surgidas con el mestizaje y los distintos cruces e hibridaciones que resultan de los procesos migratorios”.
Y hay un tema que Ameigeiras toca, profundiza en línea a explicar el escenario en el que se da la expansión de la religiosidad popular. Se trata de la “desregulación de las creencias” que define mucho de lo confesional ese tiempo que nos toca. Desregulación a la que debe sumarse el pluralismo de miras que signan a ese tiempo y las sociedades que le dan vida, sentido.
Acertadamente Ameigeiras desmenuza el significado de ese proceso. Veamos:
• Se multiplica la oferta de bienes de salvación y no sólo se complejiza la puja entre distintas instituciones religiosas en el ámbito territorial.
• Se incrementa la presencia de la diversidad de modalidades de creencias no sujetas al control de las instituciones.
Todo un basamento que alienta el pluralismo religioso. De ahí en más, un proceso que en opinión de Ameigeiras, “creciente de individualización y automatización en el que se manifiestan las opciones y recomposiciones que los propios creyentes de los sectores populares llevan a cabo, otorgando sentido a su necesidades y demandas”.
Una cultura, en todo caso, que molesta a la cara más rígida de la Iglesia Católica Argentina.
Pero en el empeño de seguir “abriendo la lata” de la Iglesia Católica Argentina, de explorarla en sus protagonismos, el historiador José Zanca –Universidad de San Andrés– ha publicado los resultados de una larga tarea investigativa –más de una década–: “Los intelectuales católicos y el fin de la cristiandad. 1955-1966”.
Estalla a primer vuelo sobre el tema el tormentoso tiempo político-social que da marco a la obra de Zanca.
Aborda ese lapso –peronismo y antiperonismo como actores excluyentes del trámite político– desde la perspectiva de la evolución que se va dando en la intelectualidad católica que emerge en ese tironeo. Hombres muy jóvenes: incluso algunos de ellos abonarán, hacia 1954, el decaimiento del Partido Demócrata Cristiano.
En ese lote se encuentran Carlos Floria, Ludovico Ivanessevich Machado, José Luis de Imaz, Jorge Mejía – sacerdote–, Emilio Mignone, Néstor Auza, Guido Di Tella, Horacio Peña, Antonio Donini, Rafael Braun y Justino O’Farrell (ambos curas), Alberto Sily, José Enrique Miguens, entre otros”.
Pero a su vez son intelectuales que deben resistir la visión terminantemente prejuiciosa de los ideólogos de la nación católica. Esas miradas extremas que surgidas tras el golpe del 30 hicieron de la espada y la cruz la razón identificadora del país. Miradas y protagonismo autoritario, excluyente de todo lo distinto, que tuvo en Gustavo Martínez Zuviría, Atilio Dell’Oro Maini, Jordán Bruno Genta, entre otros, a sus vectores.
Aquellos jóvenes “rechazaron el nacionalismo exasperado de la generación que les precedió. Les interesaba la política tanto como la introspección de su fe, pero las consideraron esferas autónomas. Dudaron de que la rigidez moral de la Iglesia fuera el único valor que la religión pudiera brindarle a la sociedad”, señala José Zanca.
Y al definir el campo de las diferencias entre unos y otros, en términos de color, Zanca señala que aquellos jóvenes reflexionaron sobre el arte y la cultura a modo de afirmar sus posicionamientos. Entonces “comenzaron por criticar películas y libros desde una perspectiva neutral, separando lo artístico de lo religioso. La “Dolce Vita” podía ser condenada por la Acción Católica por inmoral, pero no impedía que recibiera elogios de Jaime Potenze (crítico de cine) en “Criterio” (N de R: revista católica fundada en los años 20 por el padre Francescchi, conservador).
“La ciencia –comenta Zanca– sirvió de vehículo” para el cambio de perspectiva. “Los intelectuales católicos de las décadas del 30 y 40 fueron en su mayoría religiosos, filósofos y abogados. Los jóvenes del cincuenta se convirtieron en sociólogos, cientistas políticos, economistas e historiadores, y les tocó participar en la modernización de las ciencias sociales. Tomaron distancia de sus propias convicciones y pudieron autointerpretarse desde una perspectiva diferente de la que tenían sus mayores. Obtuvieron becas y viajaron. Algunos conocieron universidades católicas europeas, que desde la posguerra hablaban un nuevo lenguaje”, comenta Zanca.
A esos jóvenes no les tocará un tiempo ligero para definirse de cara a la dialéctica de los tiempos.
El Concilio Vaticano II a escala mundial y la lucha laica o libre de los días de Arturo Frondizi son sólo dos de los temas duros ante los cuales deberán asumir posición.
Temas en los cuales José Zanca maneja sus reflexiones con sólidas argumentaciones.
Y lo hace desde una advertencia iniciática de su libro: “No sólo en el campo religioso se decide el destino del intelectual católico. La tensa relación entre poder e intelectuales signó el devenir del proyecto de la modernidad y las definiciones que los intelectuales formularon de ese proyecto. La noción de secularización, en su versión decimonónica, se basó en una diferenciación de esferas y en la privatización de la experiencia religiosa. La condición de intelectual católico, interviniendo en una esfera pública “secularizada”, planteaba entonces una nueva problemática”…
En fin, los dos libros comentados en estas páginas “abren la lata” de la historia en línea muy positiva…
Carlos Torrengo
la religiÓn en argentina