Adrián Argento habla de “La primera piedra”
El escritor de Cinco Saltos habla sobre su novela, finalista del Premio Clarín 2013
ENTREVISTA
La idea de venganza como actitud primaria, irracional, prevalece desde la primera palabra en la novela “La primera piedra”.
Tomar revancha es antisocial. Contraviene todo lo que se nos ha dicho, lo moralmente estatuido respecto de que, ante un delito, hay que dejar trabajar a las instituciones. El intento de hacer justicia por mano propia es sinónimo de primitivismo, de una actitud salvaje.
Esa distancia entre la convención social, lo “políticamente correcto”, y la marcha de los pensamientos y deseos de quien ha sufrido una pérdida terrible, es el eje de la novela que fue finalista del premio Clarín de Novela 2013 y que ha sido editada por Plaza y Janés -Random House Mondadori.
Adrián Argento, autor de “La primera piedra”, ha visto cambiar su vida. La gente lo felicita por la calle; 160 personas participaron en su ciudad, Cinco Saltos, de la presentación del libro; firmó ejemplares en la Feria del Libro; comparte con escritores consagrados los mejores anaqueles en las grandes librerías; la presentó en el Café de los Patriotas de Buenos Aires junto a Vicente Battista, y en el Museo Nacional de Bellas Artes de Neuquén; el 27 de junio la presentará en Roca y pocos días antes, el 23 de ese mes, será analizada en el taller “Leyendo a…” que coordina Cecilia Boggio.
Argento habla despacio y en forma reflexiva. Como el protagonista de la historia, no es un violento, tampoco un “traumado crónico”. Dio vida a un personaje del tipo “uno de nosotros”, y lo enfrentó al más grande dolor imaginable por una epidemia que atraviesa a toda la sociedad: las muertes por hechos del tránsito. Ese dolor, y la sensación de impunidad y descreimiento en la Justicia dan sentido a su novela.
Argento se abre al diálogo sobre su proceso de creación de la obra, para el cual no hubo más límite que su pretensión de construir un devenir que fuera creíble desde lo fáctico y desde lo psicológico.
–Me motivó profundizar en la mente de alguien que pierde todo de un día para otro. Qué pasa en la mente de esa persona que tenía todo organizado: una familia, una vida, un trabajo… y que se queda sin nada. Me pregunté qué le pasaría a esa persona por la mente. Y si a eso le sumamos que la Justicia no actuó como debería –o como el protagonista piensa que debió actuar–, se despierta un deseo en él de vengarse. Fui trabajando los deseos, basados en la frustración que va sintiendo, y las ideas que le van surgiendo de cómo concretar esa venganza.
–La venganza como respuesta, tiene dos componentes: por un lado, lo primitivo, lo antisocial, esto de actuar por impulso. Y, por el otro, un concepto bíblico, esto de arrojar la primera piedra.
–Sí, todo un debate. La primera piedra tiene que ver con la Biblia, por aquello de quién está libre de culpa para tirar la primera piedra. Desde ese punto de vista estaba bien lo planteado por Jesús, porque nos pone a pensar qué tan aptos somos nosotros para juzgar al otro, si todos tenemos cosas malas y cosas buenas. Y, además, hay una primera piedra física en la novela…
–En la ficción dentro de la ficción, la piedra arrojada a la pileta y que genera una escalada de violencia…
–Claro. Incluso hay gente que me ha dicho que la primera piedra puede ser visto también como el inicio de algo. La primera piedra de las que vendrán después.
–Además, decíamos de la venganza como cosa más primitiva y antisocial.
–Vicente Battista habló en la presentación en Buenos Aires sobre el tema de la venganza. Recordó que ha estado presente desde las primeras obras de los griegos: las tragedias. Y yo, al personaje, en un momento lo hago reflexionar sobre la venganza, si no es un hecho natural del ser humano vengarse. Toda la vida ha sido así, para proteger a la tribu o a sus seres queridos, para evitar el ataque de otros… La primera pregunta que el personaje le hace a la psicóloga es si ella podrá hacer algo para que a él se le pase el deseo de la venganza. No es un deseo raro, sino natural. Está bien sentir el deseo, lo que no está bien es llevarlo a cabo.
–Porque ciertos impulsos naturales, con la sociabilidad, son delegados en las instituciones, pero no dejan de existir. Uno no renuncia al deseo sino que renuncia a ejecutarlo para transferirlo a otro. Qué pasa cuando ese otro, esa institución, no responde.
–Exactamente eso. El deseo ocurre. Pero como la Justicia interviene, se supone que uno, reflexionando, se va a dar cuenta de que tiene que esperar que la Justicia aplique la pena.
–Lo que impacta de la novela es esa cercanía. El tema de que el narrador habla en primera persona, en tiempo presente, y con un lenguaje muy coloquial. Va verbalizando sus sentimientos y pensamientos, y eso genera una identificación. Me imagino que te habrán preguntado si la idea surgió de tus propios pensamientos, de tu identificación con ese rol.
–El personaje habla como cualquiera de nosotros. Y me ayudó una psicóloga a ir sacando de mí. Ella me iba tirando las preguntas para que yo me soltara en esa búsqueda. Traté de utilizar muchas cuestiones que todos pensamos y no nos animamos a reconocer de nosotros.
–Es que el personaje-narrador no es un asesino sino una persona común. Da la idea de que cualquiera de nosotros puede verse en posición de tener pensamientos homicidas, en determinadas circunstancias.
–Sí. Mi propósito es que el lector se vaya identificando con los dos: con la receptora, que es la psicóloga, y también con el protagonista. Que se ponga en el lugar de él. Por eso usé el lenguaje coloquial. Eso, y basarme en quien pierde lo que muchos tenemos, ayuda a que uno se ponga en el lugar del protagonista y, en algunas cuestiones, coincida con él. Diciendo “yo haría, no sé si lo mismo, pero algo parecido”.
–Otra cosa que me llamó la atención de la novela es esa visión que el narrador tiene de sí mismo como un ser imperfecto. El protagonista no se plantea teniendo conceptos claros, unívocos, sino que va y viene permanentemente de la duda, la culpa, el arrepentimiento, lo que piensa en un momento, al día siguiente, cuando vuelve a escribir lo piensa de otra manera. Incluso lo contrasta con su interlocutora. Da la sensación de que la mente no es una cosa uniforme sino bastante caótica.
–…Y que un día pensamos una cosa y al otro día no. Me propuse mostrarme sin vergüenza. En estos días me han preguntado si yo era el protagonista. Yo busqué mostrar todas las cosas más oscuras que puedo llegar a tener. Y mostrarlas sin ninguna vergüenza. Liberarme. Por eso, porque le escribe a la psicóloga, y al escribirlo es más fácil todavía. Porque no es lo mismo decirle a alguien a la cara “quiero matar a un chico, a su madre y a su padre”, que escribirlo. Me propuse explorar en lo oscuro y dejarlo salir y darle libertad para que vaya saliendo, ver qué se esconde ahí adentro de uno mismo.
–En esto de explorar en lo oscuro, veo que no hay en la novela una pretensión moral de juzgar, ¿qué límite te fuiste marcando para decir hasta acá puedo llegar y no más allá?
–No me puse ningún límite. El único límite fue la verosimilitud del texto. Si yo hubiera decidido que el hombre éste tuviera que cometer el crimen, o hacer algo aberrante, para que la historia funcionara, lo hubiera hecho. No me limita lo que puedan pensar de mí, sólo pienso que el texto esté bien.
–Me preguntaba si evaluaste el riesgo de que alguien tome el texto como una especie de apología de la violencia o de la justicia por mano propia.
–Lo pensé, pero no me limité. Todo esto es ficción. Yo escribo un texto literario. Si alguien lo quiere usar para acusarme de inducir a la gente a hacer algo, me defendería diciendo que hay miles de libros que plantean cuestiones similares. La gente tiene que reflexionar y decidir por sí misma qué hace. Las ideas que utilizo no han sido inventadas por mí. En la película que ganó el Oscar, también el personaje hace justicia por mano propia, y nadie le dijo nada. Y hace poco entraron a un country y se fueron por el río, como hace el personaje.
–Precisamente, el otro costado de la historia es el country, y cómo el protagonista va hurgando y metiéndose en la vida privada y en los objetos de esas personas. Refleja también mucho de la sociedad actual, de crear muros, de vivir entre iguales para sentirse protegidos, algo que a la vez genera vulnerabilidad.
–Sí, eso lo trabajé mucho en la novela, pero todavía la gente no me ha hablado de ese tema. Yo hice mucho hincapié en el tema del paredón entre el country y la villa vecina, que es una toma, el muro que divide y separa, pero a la vez une. Y que, al no verse uno con el otro, uno imagina. Y cuando uno imagina, saca de adentro de sí mismo lo que puede pensar de los que están del otro lado, fantasea. Está muy tratado ese tema de la diferencia de las dos realidades, pero no vi que la gente le prestara mucha atención. Me parece que el personaje y lo que le pasó capta toda la atención en la historia y se descuida el tema más social. De lo que sí me han hablado es del tema del agua, eso sí se vio como un tema social. Porque en una parte se habla de la falta del agua…
–En la ficción dentro de la ficción, en la historia que el personaje imagina…
–Sí, y lo del agua me pareció muy simbólico. Porque hay recursos que son de todos pero pareciera que son de algunos. Y es verdad lo que decís de que está de moda dividir la sociedad y en eso sí lo hice a propósito. Y como yo quiero que el lector esté del lado del protagonista, para sentirse parte, utilicé el recurso de que se quiere vengar de gente del poder. Porque noto que la gente le tiene cierta bronca a los del poder, y la gente justificaría más hacerle daño a alguien que está en el poder que si este hombre le hace daño a una maestra, por ejemplo.
–De algún modo se hace eje en que quienes lo tienen todo, a veces van por la vida pisando a los demás. No es cualquiera el que está ahí, es una jueza, un diputado…
–Sí. Y generalmente la gente que tiene poder intenta apañar a sus hijos, o hace todo lo posible para que sus hijos no paguen por las macanas que hacen: en la escuela, en cualquier lado, van a apañarlos. También pensé si está bien o no que la jueza defienda a su hijo, y está bien. La jueza tiene que defender a su hijo, porque ¿qué va a hacer?, no lo va a mandar preso. Por lo menos, intentará que le den la pena mínima…
–Tratás el tema de la impunidad, de la manipulación de las causas judiciales.
–Claro, y qué facilidad tienen muchos poderosos de que las causas se inclinen hacia el lado de ellos. Porque uno, que no tiene acceso a eso, no puede influir. Pero si uno sabe quién es el fiscal y conoce las leyes, puede manipular la causa indirectamente.
–Al hurgar en la vida de ellos, al mostrarlos con sus debilidades, sus flaquezas, sus vicios, sus mentiras, de alguna manera los humanizás. Es interesante que en la novela no hay malos absolutos, y el protagonista tampoco es un bueno absoluto.
–Claro. Yo pinto que estas personas viven en un lugar fabuloso, tienen autos, dinero, pero no están contentos con sus vidas, y el hijo no les va a dar satisfacciones.
–Y un poco la nena como freno…
–Sí, la nena me salió de sorpresa, y la casita del árbol también. Son cuestiones que van surgiendo. Me iba imaginando al hombre acercándose a la casa, y se me presentó la casita. Y a partir de ahí me cambió la novela. Porque cuando me subí ahí y vi que ahí estaba la nena, encontré que ella es algo de luz que interviene para frenar al protagonista. Se me ocurrió que desde esa casita ella veía la villa y veía el country, y era la única que podía ver todo, porque estaba alta. Simbólicamente, la nena tiene eso de una mirada de pureza, de ingenuidad, que es lo que uno va perdiendo al crecer.
–También genera un efecto potente sobre el protagonista, porque a todos los demás los mataría con ganas pero a la nena no.
–Sí, eso me pareció que ya no podía hacerlo.
–Y el final como lo planteaste?
–El final me costó varios meses. Yo tenía toda la historia, y si uno la lee con atención, de los varios finales posibles, el protagonista trabaja con tres: va conversando con la psicóloga sobre los posibles desenlaces. Yo elegí uno, pero a los otros también los fui trabajando en mis borradores, y me decidí por el cual creo que es más digno para la obra y para el lector.
–Es un final abierto.
–Claro, pero merece que se involucre al lector y que participe. Me dejó más tranquilo. Porque, primero, uno nota que los mails van a la psicóloga, pero de a poco el personaje de la psicóloga va perdiendo fuerza, intensidad, y el receptor pasa a ser el lector mismo. Hay gente que prefiere un final cerrado, con todo explicado, pero me parece que no es lo mejor para este tipo de historias.
Alicia Miller
amiller@rionegro.com.ar
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