Algunas advertencias

No sorprendería que los cacerolazos se vieran incorporados al movimiento antiglobalista y anticapitalista.

Redacción

Por Redacción

A primera vista, la dura represión policial que se llevó a cabo contra manifestantes pacíficos que ya volvían a sus hogares en la Capital Federal luego del cacerolazo del viernes no tuvo sentido alguno. A pesar de los intentos del gobierno peronista de hacer creer que entre los participantes estarían «infiltrados» encapuchados peligrosos resueltos a saquear a los comercios de los barrios metropolitanos y provocar batallas campales con la policía, las protestas se habían realizado sin los incidentes violentos que tanto contribuyeron a la caída del entonces presidente Fernando de la Rúa primero y de su sucesor fugaz, Adolfo Rodríguez Saá, pocos días después. Pero aunque es de suponer que la agresividad natural de ciertos agentes policiales dispuestos a desquitarse por los ataques anteriores, además de la escasa preparación profesional de muchos efectivos, incidieron bastante en la conducta de quienes se aprovecharon de la ocasión para ensañarse con los asistentes, lo ocurrido habrá ayudado al gobierno a enviar un mensaje contundente a los centenares de miles de ciudadanos de clase media que han estado protestando ya contra el secuestro de sus ahorros, ya contra el aumento en pesos de sus deudas, y que por lo común no confían demasiado en la capacidad del presidente designado Eduardo Duhalde para gobernar al país. Fuera a propósito o no, la represión sirvió para decirles que por pacíficos que sean, en adelante no les será dado salir a la calle con tanta impunidad como antes.

Huelga decir que el mero hecho de que las manifestaciones gigantescas del viernes pasado se desarrollaran de forma muy tranquila hasta que diversas unidades policiales decidieran intervenir con gas lacrimógeno, balas de goma, palos y otros elementos, ha levantado las sospechas de quienes creen que los actos de vandalismo que precedieron a la llegada al poder de Duhalde fueron en buena medida obra de sindicalistas y de individuos transportados hacia el centro en camiones fletados por los caciques peronistas de algunas zonas del Gran Buenos Aires. Según parece, en los días previos al cacerolazo, integrantes del gobierno duhaldista negociaron con «piqueteros» y otros a fin de convencerlos de que no les convendría aportar a lo que podría considerarse un movimiento de clase media. De ser así, los esfuerzos de los que pusieron en práctica el viejo lema de dividir para gobernar habrán brindado los frutos deseados, pero a un precio que podría resultar ser muy alto, porque las políticas económicas reclamadas por los combativos «clasistas» -un «choque redistributivo» más una rebelión contra la tutela de Estados Unidos y el FMI, los que mal que nos pese son los únicos que acaso estarían dispuestos a facilitarnos el dinero necesario para prevenir un colapso económico total- tendrían consecuencias devastadoras tanto para la clase media como para los más pobres que dependen de ella.

De todos modos, los cacerolazos, aquellos estallidos pacíficos que nacieron como un movimiento espontáneo y apolítico protagonizado por ciudadanos hartos de la inoperancia de una clase política que se ha mostrado incapaz de gobernar y que no creen representativa, ya están transformándose en otra cosa. El que se celebró el viernes pasado no fue una reacción casi instintiva frente a una medida gubernamental determinada, sino una ofensiva cuidadosamente organizada por «dirigentes», algunos improvisados, otros profesionales, a la que se plegaron muchísimas personas que habían adquirido el hábito de participar y que suponían que nadie trataría de utilizarlas. No sorprendería del todo, pues, que este proceso de copamiento que se ha puesto en marcha continuara hasta que los cacerolazos se vean plenamente incorporados al arsenal del movimiento antiglobalista, anticapitalista y antinorteamericano que están impulsando grupos de activistas politizados, algunos de ellos muy violentos, cuyos objetivos no tienen nada que ver con aquellos de quienes temen más que nada por el destino de lo que aún queda de sus ahorros. Por el contrario, de convertirse los cacerolistas en una rama más de dicho movimiento, la depauperación del grueso de la clase media argentina sería sólo una cuestión de tiempo, mientras que las perspectivas frente a los pobres e indigentes difícilmente podrían ser menos promisorias.


A primera vista, la dura represión policial que se llevó a cabo contra manifestantes pacíficos que ya volvían a sus hogares en la Capital Federal luego del cacerolazo del viernes no tuvo sentido alguno. A pesar de los intentos del gobierno peronista de hacer creer que entre los participantes estarían "infiltrados" encapuchados peligrosos resueltos a saquear a los comercios de los barrios metropolitanos y provocar batallas campales con la policía, las protestas se habían realizado sin los incidentes violentos que tanto contribuyeron a la caída del entonces presidente Fernando de la Rúa primero y de su sucesor fugaz, Adolfo Rodríguez Saá, pocos días después. Pero aunque es de suponer que la agresividad natural de ciertos agentes policiales dispuestos a desquitarse por los ataques anteriores, además de la escasa preparación profesional de muchos efectivos, incidieron bastante en la conducta de quienes se aprovecharon de la ocasión para ensañarse con los asistentes, lo ocurrido habrá ayudado al gobierno a enviar un mensaje contundente a los centenares de miles de ciudadanos de clase media que han estado protestando ya contra el secuestro de sus ahorros, ya contra el aumento en pesos de sus deudas, y que por lo común no confían demasiado en la capacidad del presidente designado Eduardo Duhalde para gobernar al país. Fuera a propósito o no, la represión sirvió para decirles que por pacíficos que sean, en adelante no les será dado salir a la calle con tanta impunidad como antes.

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