Anarquismo de derecha

Por Redacción

Se llama Tea Party, nombre que remite a un episodio del comienzo de la guerra de independencia de los EE. UU. Se habla de “extrema derecha”, idea que remite al nazismo y al fascismo europeos. Pero esta clasificación apunta en una dirección completamente falsa: los movimientos fascistas del siglo XX y sus émulos xenofóbicos actuales, como el Amanecer Dorado de Grecia –cuyo símbolo se parece notablemente a la bandera nazi, con un toque de guarda griega–, son populistas, mientras que el Tea Party reniega de todo lo que huela a “pueblo”. Es lo contrario, más basado en el anarquismo individualista típico en muchos aspectos de la tradición estadounidense de un individualismo extremo: la sociedad no debería existir, el gobierno no debería existir. El fascismo es la versión totalitaria del capitalismo; el Tea Party es la versión totalitaria del liberalismo. La democracia es una aberración: el poder debe ser de los poderosos, no de los giles. El Estado debe reducirse a cero –salvo, por supuesto, las Fuerzas Armadas, que deben defender ese individualismo extremista hasta el absurdo– hasta la destrucción de cualquier lazo social. Si se puede privatizar también a las Fuerzas Armadas, mucho mejor, porque los contratistas privados no están sujetos a ley internacional alguna, pueden torturar y matar a su gusto. Por ahora, a los extranjeros –salvo alguno que entra de tanto en tanto con un arma automática a una escuela y asesina a unos cuantos chicos–. Y sobre todo, a los que se oponen a la maravilla del “american way of life”, que sólo tiene un 1% de su población en las cárceles (muchas de ellas privadas) y algo menos de esa cantidad durmiendo bajo los puentes. El 10 al 20% de los jóvenes, por ejemplo. Esta situación se ha agravado notablemente después de la crisis del 2007, que produjo gente sin casas y bancos con casas para los que no tienen uso porque los “homeless” no tienen dinero. El anarquismo de derecha se basa en antiguas tradiciones del país y reproduce, en pleno siglo XXI, las condiciones de vida del Lejano Oeste, donde sobrevivía el menos escrupuloso y el mejor armado. De allí nacen los “superhéroes” que forman la base de la cultura popular estadounidense, como Superman, Batman, Spiderman, la Mujer Maravilla, Gatúbela, el Guasón, todos solitarios, tanto los buenos como los malos: la comunidad es una abstracción tras las bambalinas, que estos individuos atacan o defienden, pero nunca se los ve. Todos estos personajes deben pertenecer al Tea Party. Ahora, el Tea Party ha mostrado sus garras: ¿dar atención médica a los que no pueden pagarla? Preferimos poner el país entero en cesación de pagos y al mundo entero en una situación que bordea la quiebra universal, porque nosotros y nuestros aliados hacen justo aquello que recomendamos no hacer a los demás. El proteccionismo es el colmo de lo opuesto al anarquismo de derecha. Curioso patriotismo, que sólo se enfrenta con un hato de cobardes en el Congreso y un presidente con un Premio Nobel que, si tuviera un poco de ética, debería devolver –no debería haber aceptado– antes de haber intentado siquiera cumplir parte de su programa electoral, como cerrar la vergonzosa e ilegal cárcel de Guantánamo. ¿Quién gobierna EE. UU.? El “hombre más poderoso del mundo” evidentemente no lo es. ¿El Congreso? Un hato de cobardes, por lo menos los republicanos. Un hato de extremistas puede parar la maquinaria del país más poderoso del mundo –y conducirlo a un default, como si fuese una republiqueta–, pero con armas de todo tipo y la voluntad de usarlas: contra otros países con pretextos mendaces o contra sus propios ciudadanos, como lo defiende con uñas y dientes el poderoso gremio de los fanáticos de las armas, la NRA. Al mismo tiempo, se ha constatado más de una vez que una enorme parte del pueblo de EE. UU. tiene un nivel de ignorancia que resulta increíble. Quieren manejar el mundo, pero lo desconocen –y no les interesa–. Defienden con más entusiasmo el creacionismo que la paz mundial. Y del seno de eso se levanta, ahora, la pureza del fundamentalismo: el “Patriot Act” termina con las libertades individuales, en manos de los mismos que la defienden para sí mismos. La universidad es inaccesible o los endeuda para toda la vida. Crean una generación más de ignorantes en un mundo cada vez más complicado. La Guerra Fría era todavía comprensible en sus términos: nosotros somos los buenos y los comunistas son los malos. Ahora, en cambio, armamos a los extremistas islámicos que mañana lucharán contra nosotros. De todos modos, Al Qaeda debe pagar al contado. (*) Físico y químico

TOMÁS BUCH (*)