Antipolítica, política y desarrollo

Darío Tropeano *


El discurso del odio fomenta la frustración de un país que no halla su camino al desarrollo pero nadie explica que de 1976 a 2001 la deuda tomada podría habernos convertido en potencia.


Para Aristóteles, la política tiene como finalidad gobernar y ordenar una ciudad, un Estado, en beneficio de sus ciudadanos, y su análisis es de naturaleza eminentemente práctico. Muchos siglos más adelante desde la sociología política se introdujo al poder como elemento aglutinante del accionar político (Max Weber), y la expectativa de cómo distribuir el mismo entre los miembros de un Estado.

En los últimos 20 años, frente a las continuas crisis atravesadas por nuestro país, una parte de la política deja de representar a las grandes mayorías y el deterioro social se acrecienta.

Lo que está claro es que la política, como elemento definitorio del accionar del hombre en sociedad, debe buscar intensificar la participación social en el ejercicio del poder real, y no solo formal. Esa participación tiene como objetivo distribuir las relaciones de poder más equitativamente, para evitar la concentración del mismo en elites minúsculas, lo cual conlleva como efecto principal la concentración de la riqueza: más riqueza en menos manos. Esta es la historia de la lucha del ser humano en la tierra: buscar la justicia inexorablemente, entendida como más derechos y más igualdad.

Los ciclos históricos muestran tensiones entre las clases sociales que confrontan por espacios de poder, en un conflicto que se repite circularmente. De esta forma la política se eleva como la herramienta transformadora de las sociedades, y el ser humano la desarrolla a través de la ejecución de acciones concretas, interactuando con otros hombres. Sus referentes son representantes, dirigentes, ejecutores que van ascendiendo impulsados por las propias estructuras estatales o desde organizaciones sociales de base. En los últimos 20 años, frente a las continuas crisis atravesadas por nuestro país, una parte de la política deja de representar a las grandes mayorías y el deterioro social se acrecienta.

Surge de esta forma “la antipolítica “(fenómeno que se repite en muchos países en la actualidad) que cuestiona a la clase política en general como corruptos, que aumentan sin cesar el gasto público, incapaces y acomodados, pretendiendo quebrar el sistema de partidos políticos. El bipartidismo peronista-radical es desplazado por la lucha entre dos grandes coaliciones sociales que se ordenan en torno de relatos antagónicos.

El peronismo muta hacia una coalición amplia que mantiene la prevalencia de sus valores históricos, los cuales resultan cada vez más difíciles de alcanzar, dado que el proceso de subdesarrollo mediante la extracción de la renta primaria y fuga de capitales no cesa desde la época colonial. Frente a un avance que pueda representar desarrollo y distribución de la renta haciendo “vivible” el país, la coalición opositora logra aglutinar una gama variada de sujetos de clases sociales trasvasadas: comerciantes, pequeña clase media, clase media deteriorada, profesionales con expectativas, empresarios poderosos, incluso jubilados.

La Argentina ha superado exitosamente la reestructuración de deuda soberana más importante del mundo en la actualidad, y la más rápidamente contraída en la historia de la humanidad -queda aún el FMI -, en medio de una crisis sanitaria global uniforme, lo cual es más importante que ganar un mundial de fútbol. Ello sucedió en un marco de caída económica permanente de 24 meses consecutivos ( 2018/2019) , que se extenderá durante el presente año.

La respuesta sanitaria de nuestros país – con costos altísimos – ha sido ejemplar, y el cuidado de la salud y de la vida ha impactado directamente en la economía: entre economía y salud la gran mayoría apoyó el valor salud-vida. Sin embargo la política “teledirigida“ intenta imponer un orden sociocultural de la antipolítica que, tomando como base a la política, pretende borrar su inherente aspecto político, transformándose en un discurso de la antipolítica.

Lo paradójico es que los sujetos aglutinantes, los que muestran el camino de la antipolítica a los subalternos, desarrollan política a través de mensajes confusos con objetivos eminentemente privados. Consignas como “queremos ser libres “, “independencia de la justicia “, “no queremos ser Venezuela “, “políticos chorros a la cárcel “, etc., conforman un vacío de contenido real que ni siquiera representan a la amplia mayoría que los enarbolan. En realidad el discurso del odio fomenta la frustración de un país que no encuentra su camino hacia el desarrollo, pero nadie explica que durante 1976 a 2001 la deuda en dólares contraída podría haber transformado a la Argentina en una gran potencia regional, o que la contraída entre 2016 y 2019 pudo haber financiado un nuevo sistema de vías férreas nacional y desarrollado con valor agregado el polo agropecuario… ¿Quién se llevó una parte sustancial de esos dólares que pagaremos entre todos en los próximos 25 años?, ¿quién condicionó el futuro de millones de argentinos?

Este debate es ajeno al discurso del odio, porque son temas que no los instala en realidad el sujeto político que encarna el estado de animo de la “ antipolítica” sino una institución dominante , invisible: la corporación económica , escudada bajo el poder comunicacional de grandes grupos mediáticos, también corporativos . En la lucha de poder “se construye” un subjetivismo sobre personas que ni siquiera saben exactamente qué intereses representan, colocándose disociadas de su propia clase e intereses, bajo realidades que no son tales. No existe más “el primer mundo “, “la presunta libertad absoluta”, “el idilio de Miami “o el “sálvese quien pueda”.

Solo con un proyecto colectivo Nacional tenemos una pequeña posibilidad de sobrevivir en un occidente que agoniza. Si continuamos confundidos vamos a seguir estando divididos y, como en verdad dijo el General San Martín: “Divididos seremos esclavos “. Hasta ahora no le viene errando.

* Abogado. Docente de la facultad de Economía de la UNCo.