Apuesta arriesgada

Para que las medidas económicas resulten ser algo más que parches, Duhalde tendrá que iniciar cuanto antes reformas estructurales.

Redacción

Por Redacción

El fenomenal desbarajuste económico en el que el país se encuentra desde hace varios meses es consecuencia de muchos factores, entre ellos la irresponsabilidad y miopía de tantos políticos, la corrupción generalizada, la evasión impositiva en gran escala, un sistema federal sui géneris y la propensión de demasiados empresarios a transformarse en lobbystas o en financistas más interesados en exportar capitales que en producir bienes exportables. Sin embargo, puede que de éstos factores ninguno haya ocasionado más perjuicios que la pérdida de fe por parte de una mayoría abrumadora de la población en la moneda nacional, desastre que después de contribuir a la hiperinflación dio pie a la convertibilidad. Si no fuera por el hecho de que buena parte de la población ya se había acostumbrado a «pensar en dólares» antes de 1991, hábito que la convertibilidad no modificó, y a tomar cualquier otra divisa por una suerte de bono de valor incierto, las medidas pesificadoras que acaba de anunciar el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, resultarían suficientes como para restaurar un mínimo de estabilidad. Al fin y al cabo, tanto México como el Brasil lograron devaluar sus monedas respectivas sin provocar una hecatombe. Puesto que la dolarización mental es una realidad, empero, son muchos los que no vacilarán en convertir todos los pesos que lleguen a sus manos en dólares a la primera oportunidad, de ahí el peligro de que el «plan» del ministro se vea desvirtuado en poco tiempo por un nuevo estallido cambiario.

Para que esto no suceda, será necesario que el gobierno convenza a la ciudadanía de que es capaz de manejar las finanzas nacionales con un grado de rigor que no tiene muchos precedentes en la historia reciente de nuestro país, emprendiendo sin demora una serie de reformas estructurales destinadas a permitir que el sector público no gaste más de lo que recaude. Por desgracia, hasta ahora no se han dado muchas señales de que la administración encabezada por Eduardo Duhalde se haya propuesto intentarlo, ya porque la austeridad fiscal le parece a la vez antipopular y antiproductiva, ya porque, lo mismo que tantos gobiernos anteriores, cree que el crecimiento económico que prevé lo librará de la necesidad de tomar medidas antipáticas. Como es notorio, aquí casi todos los peronistas, radicales y frepasistas se aferran a la idea extraña de que la seriedad en el manejo de las cuentas nacionales es incompatible con la justicia social, aberración que sólo ha servido para asegurar que el capitalismo resultante haya sido extraordinariamente ineficaz y que el orden social se haya hecho cada vez más inequitativo. Según parece, abundan los políticos que se resisten a entender que la eficiencia no tiene color ideológico, que ningún «modelo» concebible puede funcionar a menos que los encargados de manejarlo trabajen con disciplina y, huelga decirlo, honestidad.

No es una casualidad que de todos los pueblos occidentales el argentino sea el que más desprecio siente por su «clase política» y que también sea el único que confía más en una moneda extranjera que en la propia, incluso para transacciones menores. Superar los problemas así supuestos requerirá mucho más que un «plan» económico que en otro lugar sería considerado razonable y por lo tanto resultaría «sustentable». Mal que les pese al presidente Eduardo Duhalde y sus colaboradores, la Argentina no será un «país normal» que sea tan capaz como cualquier otro de defender el valor de su moneda mientras persista el clima de repudio masivo hacia «los políticos». Por lo tanto, para que las medidas económicas que fueron anunciadas por Remes Lenicov el domingo resulten ser algo más que parches, Duhalde tendrá que iniciar cuanto antes reformas estructurales encaminadas a reducir la brecha alarmante que separa a «los políticos» de «la gente». No le será fácil llevar a cabo dicha tarea, por ser él mismo un producto característico del orden corporativo infestado de caciques vitalicios y habituado a perpetuarse a sí mismo que le será forzoso desmantelar, pero si no lo hace pronto la economía continuará desmoronándose, la extrema pobreza afectará a millones más y, como el presidente mismo ha previsto, la sociedad entera podría terminar hundiéndose en la anarquía más absoluta.


El fenomenal desbarajuste económico en el que el país se encuentra desde hace varios meses es consecuencia de muchos factores, entre ellos la irresponsabilidad y miopía de tantos políticos, la corrupción generalizada, la evasión impositiva en gran escala, un sistema federal sui géneris y la propensión de demasiados empresarios a transformarse en lobbystas o en financistas más interesados en exportar capitales que en producir bienes exportables. Sin embargo, puede que de éstos factores ninguno haya ocasionado más perjuicios que la pérdida de fe por parte de una mayoría abrumadora de la población en la moneda nacional, desastre que después de contribuir a la hiperinflación dio pie a la convertibilidad. Si no fuera por el hecho de que buena parte de la población ya se había acostumbrado a "pensar en dólares" antes de 1991, hábito que la convertibilidad no modificó, y a tomar cualquier otra divisa por una suerte de bono de valor incierto, las medidas pesificadoras que acaba de anunciar el ministro de Economía, Jorge Remes Lenicov, resultarían suficientes como para restaurar un mínimo de estabilidad. Al fin y al cabo, tanto México como el Brasil lograron devaluar sus monedas respectivas sin provocar una hecatombe. Puesto que la dolarización mental es una realidad, empero, son muchos los que no vacilarán en convertir todos los pesos que lleguen a sus manos en dólares a la primera oportunidad, de ahí el peligro de que el "plan" del ministro se vea desvirtuado en poco tiempo por un nuevo estallido cambiario.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora