Arabes y turcos
Por Jorge Gadano
No parece una exageración decir que son millones las personas que en este país saben que aquellos compatriotas a los que llamamos «turcos» son en realidad de ascendencia árabe. El autor de esta columna es uno entre esos millones. Fue por entenderlo así que en la entrega del sábado pasado llamó «turcos genuinos» -es decir, de Turquía- a aquellos que, como otros habitantes del Tercer Mundo, son rechazados en los países de Europa occidental, a los que tratan de migrar en busca de una vida digna.
También quien firma al pie tenía cierta idea de que la confusión se debía a que los migrantes árabes a este país venían de naciones sometidas al Imperio Otomano, también islámico pero bajo hegemonía turca. Eso pudo confirmarlo merced a una consulta con Ramón Jure, un «turco» neuquino de sangre árabe que ganó fama en los '70.
O sea que aquellos a quienes aquí llamamos «turcos» no son tales sino árabes o, en la mayoría de los casos, argentinos de ascendencia árabe. Pero no por eso se trata de tener a los verdaderos turcos en menos porque, al igual que los árabes, tienen una respetable participación en la historia de la humanidad.
Como los árabes -aunque después de ellos-, esos «turcos genuinos» que hoy viven en el territorio que conocemos como Asia Menor alcanzaron una prolongada época de esplendor cuando, a partir del siglo XIV, se expandieron hacia los cuatro puntos cardinales y dominaron el mundo musulmán.
Algo de esa historia conocemos del colegio secundario, donde nos enseñaron que la Edad Media terminó en 1453, cuando los turcos tomaron Constantinopla (desde entonces Estambul). También aprendimos que perdieron, cerca de las costas griegas, la batalla naval de Lepanto, en la que Cervantes se convirtió en «el manco de Lepanto». Lo que sigue a continuación lo sabemos por el Larousse Ilustrado, compañero inseparable de todo periodista.
Aunque no ignorábamos que existió un sultán llamado Solimán el Magnífico, sólo con la ayuda del Larousse pudimos saber que con él, entre 1520 y 1566, el Imperio Otomano alcanzó su apogeo. En ese lapso los turcos ocuparon Hungría, Argelia, Túnez y Tripolitania (hoy Libia) y llegaron a las puertas de Viena.
Con el fracaso del sitio a Viena comenzó la decadencia del Imperio, que se extendió durante más de tres siglos. Tras el final de la Primera Guerra Mundial -en la que se aliaron a Alemania- bajo Mustafá Kemal (Ataturk) se proclamó la república.
En su gran mayoría, los árabes que migraron hacia la Argentina con pasaporte turco fueron libaneses y sirios. El Líbano se liberó del dominio turco en 1918, pero entre 1920 y 1943 quedó bajo mandato francés.
En 1943 se proclamó la república, gracias a un frágil «pacto nacional» formalizado por las comunidades de maronitas, sunníes, chiítas, drusos y griegos, unas cristianas y otras islámicas. Los conflictos que padece el Líbano hasta hoy enfrentan, de un lado, a los cristianos, más volcados a los acuerdos con Israel, y del otro a los musulmanes fortalecidos por la «protección» de Siria.
Siria fue el centro de la expansión musulmana bajo la dinastía omeya, entre los siglos VII y VIII. Al cabo de la Primera Guerra Mundial el país zafó del dominio otomano pero quedó, al igual que el Líbano, bajo mandato francés. En 1946 alcanzó la independencia, y desde 1963 está gobernado por el islámico partido Ba-at. Desde entonces y hasta el año 2000 fue presidente Afez el Hassad. Lo sucedió, hasta hoy, su hijo Bachar, en los cargos de jefe del Estado y del partido oficial.
Al responsable (puede que irresponsable para algunos) de esta columna le está vedado hablar de sí mismo. Pero por fuerza, y por excepción, no tiene más remedio que hacerlo cuando hay por lo menos una familia de origen árabe que se ha sentido agraviada por la nota del sábado último.
Por el apellido paterno se sabe que viene de italianos, también conocidos como «gringos» (que para los mexicanos son los norteamericanos). Pero por el materno, silenciado por esas cosas que pasan con las mujeres, lleva sangre de vascos (no de españoles, que son otra cosa). Como tal, se dirige a todos aquellos descendientes de árabes que, por gusto o a disgusto, lo leen, para pedirles que, si lo desean, digan de ésa, la más antigua nación europea, lo que quieran. Pueden decir aun las peores cosas, que no merecerán réplica alguna. Primero, porque quien critica debe someterse a la crítica y segundo, porque probablemente muchas de ellas sean ciertas. Tal vez lo único insoportable sea decirnos que somos españoles y que don Juan Carlos y doña Sofía son nuestros reyes. Para un vasco eso es peor que mentarle a la madre, y mucho más si es de Guipúzcoa.
No parece una exageración decir que son millones las personas que en este país saben que aquellos compatriotas a los que llamamos "turcos" son en realidad de ascendencia árabe. El autor de esta columna es uno entre esos millones. Fue por entenderlo así que en la entrega del sábado pasado llamó "turcos genuinos" -es decir, de Turquía- a aquellos que, como otros habitantes del Tercer Mundo, son rechazados en los países de Europa occidental, a los que tratan de migrar en busca de una vida digna.
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