San Antonio Oeste: el rescate de la mítica barraca de un pionero francés en la Patagonia

René Henri Lefebvre planeaba ir a vivir a Australia, pero antes quería conocer la Argentina. Llegó con la idea de quedarse dos años, pero una vez en la costa de Río Negro lo atrapó para siempre un pueblo que crecía entre las dunas y el mar. Acopiaba la lana que llegaba de la estepa para ser exportada en barco en un emblemático y centenario edificio que deterioró el paso del tiempo y que acaba de ser restaurado. Renzo Serra -cuyo padre trabajó a los 16 años en la barraca- lo compró junto a su mujer Laura Rizzo para preservarlo. La encargada fue la arquitecta Mariana Carnevale. ¿Cómo lo recuperaron? Esta es la historia.

Por Javier Avena

Así luce hoy el edificio luego de los trabajos para restaurarlo. Fotos: Arq. Mariana Carnevale

Aún recuerdan cada detalle de aquella mañana de hace 15 años en San Antonio Oeste y el momento en que decidieron comprar un edificio histórico para restaurarlo. Días antes, Renzo Serra y Laura Risso habían conversado con el sobrino de René Henry Lefebvre,el heredero del inmigrante francés que supo dejar una huella inolvidable en el pueblo. Entre otras cosas, por su mítica barraca que acopiaba la lana de los campos de la estepa para ser exportada en barco desde ese punto en el mapa que cien años atrás se ganaba su lugar en la costa de Río Negro. Un rincón agreste entre las dunas y el mar al norte de la Patagonia que, como escribió en su libro el pionero francés, tenía un no se qué que atraía a quienes sabían adaptarse. A René Henry Lefebvre lo atrajo tanto que aunque pensaba permanecer dos años, se quedó muchos más, como relata en “Mi querido Puerto San Antonio”, una deliciosa compilación de recuerdos de hechos y personajes del pueblo.

René Henry Lefebvre.

Portada del libro que escribió el pionero francés.


En esas páginas cuenta del agua dulce que llegaba en tren o barco, del viento indomable, del aislamiento, de los pocos que se animaban a afincarse en aquel páramo cuando todo empezaba. Y del impacto del ferrocarril y la transformación del puerto. Y del rol clave en la economía local de las barracas. Entre ellas, la suya, con el orgullo de que fuela primera de Río Negro en incorporar un lavadero de lana, que permitía exportarla con mayor valor agregado y menos peso. Había comprado un campo también y comercializaba su lana y la de otros productores.

Paradojas del destino, su plan inicial era ir a Australia, el país que supo ser el que Argentina no, pero encontró su lugar en el mundo en un viaje anterior a la Patagonia y nunca se arrepintió. Había salido ileso de la ocupación alemana en en el noreste de Francia en la Primera Guerra Mundial y tenía formación textil. No había llegado a San Antonio Oeste para perder el tiempo.


Barraca en venta


Muchos años después, en aquella reunión, el sobrino de Lefebvre les contó que pensaba vender el edificio que había dejado su tío y que esperaba encontrar compradores que supieran preservar ese patrimonio histórico levantado un siglo atrás. Lo había contactado con ellos el padre de Renzo, que a los 16 años tuvo su primer trabajo en esa barraca, en la mesa de entradas. Tenía, también, ese valor sentimental.

Renzo y Laura son odontólogos y ejercen su profesión en Buenos Aires. Él es nacido y criado en San Antonio Oeste, ella en Tandil y a los dos los apasionan los edificios con historia. Recuerdan las sensaciones cuando fueron a conocer la barraca, la impresión de caminar en una construcción suspendida en el tiempo, aquella estructura que había sobrevivido al paso de los años y a dos décadas de puertas cerradas y que parecía sólida pero con tanto por recuperar.

La oficina de Lefebvre y las reliquias preservadas.

Golfo San Matías: el mapa que tenía en su oficina el pionero francés. Ese era su lugar en el mundo,

Recuerdan también aquella oficina de Lefebvre que los sorprendió: sus libros, sus mapas de Francia y la Argentina, el hogar, la chimenea, el techo alto, las arañas de cobre. Fue entonces que decidieron comprar ese edificio histórico y embarcarse en su reconstrucción.


Es aquí donde entra en escena la arquitecta Mariana Carnevale, la elegida para la misión. Como Lefebvre, cree que San Antonio Oeste tiene un no se qué que también la atrajo, aunque no lo había pensado así hasta que lo leyó en el libro del pionero francés.


La restauración


“Es una de las primeras edificaciones de San Antonio Oeste, de las muy pocas que se mantienen en pie”, dice la arquitecta.


Explica también que el edificio original fue subdividido y hoy pertenece a dos propietarios distintos. En el sector intervenido, el de Renzo y Laura, luego de años de desuso y tras haber albergado un hogar de día en los años ´90, la estructura permaneció deshabitada durante 20 años y sufrió un marcado deterioro.


“El sector del edificio en el que se nos encomendó la intervención fue planteado originalmente como un gran salón de 150 m2 destinado a depósitos y dos recintos adyacentes más pequeños”, continúa.

Antes. El deterioro que presentaba la construcción antes del inicio de las obras.

Después. Así quedó la fachada luego de la restauración. Una hamburguesería alquila el local de la derecha. Una escuela, el salón principal.


En uno de ellos funcionaba la oficina personal de Lefebvre. Este despacho, dotado de una chimenea para calefacción, no tenía salida directa a la vía pública, sino que se vinculaba con la casa colindante por medio de una gran arcada y a su vez se conectaba con otra oficina que daba hacia el fondo de la parcela y desde ésta se accedía al gran salón.


En los años en que funcionó como hogar de día, se había anexado a la construcción una cocina con toilette con conexión directa al salón grande y una batería de baños en el patio.


Estrategia proyectual


“El proyecto de recuperación de la barraca se abordó con profundo respeto, cuidando la esencia del edificio original y proponiendo un espacio flexible y amable para quien lo visita. Entendemos que el patrimonio es único y es responsabilidad de quienes habitamos hoy la ciudad, preservarlo para poder contar(nos) quiénes somos”, dice la arquitecta Carnevale.


Al ingresar por primera vez se encontraron con las consecuencias del paso del tiempo en un edificio deshabitado; el sistema de desagüe pluvial de la cubierta a tres aguas (planteado mediante canaletas perimetrales ocultas) estaba colapsado. Esto expuso al piso de roble de Eslavonia y al cielorraso de chapa labrada a la lluvia directa durante años, provocando la pérdida casi total de estos elementos en los bordes del edificio.


El desafío consistió en sacar el mejor partido del edificio mediante un proyecto flexible que admitiera distintos usos.

“Definimos, por un lado, recuperar el gran salón vinculado con la cocina y los baños, dejando previstas las instalaciones para que fuera subdivisible en tres locales de 50 m2 cada uno: los dos laterales podrían contar con toilette y una kitchenette, mientras que el local central quedaría vinculado con la cocina y tendría la salida al patio y a los baños”, describe la arquitecta.

Por otra parte, se conformaría un cuarto local en el sector de las oficinas, bloqueando la conexión de éstas con el salón grande y con la vivienda colindante y habilitando el acceso desde la vía pública.


La intervención


Todo lo que fue posible rescatar se restauró y reutilizó. Las puertas interiores se reubicaron; el piso tipo parquet de roble de Eslavonia se cortó prolijamente en sus bordes dañados, logrando conservar un 75 por ciento de la superficie original.

El gran salón. Restauración artesanal para devolverle el brillo perdido. Aquí funcionaba el depósito de lana.

Con el cielorraso se realizó un trabajo similar: en el gran salón se removió el sector dañado y en las oficinas más pequeñas, se completó el cielorraso de la de atrás utilizando lo que se pudo rescatar de la oficina frontal.


En esta última se definió instalar un cielorraso de placas de yeso con un mosaico central armado con pequeñas piezas de chapa labrada que rememora el cielorraso original. Los alféizares originales, de mármol blanco, se recuperaron con un trabajo artesanal de pulido y rearmado para ser utilizados como umbrales.

Allí donde el revoque estaba en mal estado se picó, dejando a la vista la mampostería. También se recuperó la chimenea existente en la oficina de Lefebvre y su mueble anexo, removiendo los sectores dañados por el agua.

Una mítica barraca con 100 años de historia.

El aspecto actual.

La elección de la materialidad para completar los faltantes fue una búsqueda interesante.

“Para el piso definimos recurrir al cemento alisado con toda su verdad, aceptando las fisuras que aparecerían y lo heterogéneo de su acabado artesanal, un material constante a lo largo del tiempo que unifica el pasado con el presente. Le incorporamos listones de madera para constituir las juntas de dilatación, con la intención de generar un diálogo visual con el roble de Eslavonia”, dice Mariana.

El cielorraso se completó con placas de yeso suspendidas, pintadas de blanco al igual que la chapa labrada, buscando utilizar un material que le dejara el protagonismo al cielorraso que enmarca.

De acuerdo con la memoria descriptiva del proyecto, el trabajo de las instalaciones fue muy cuidado; se reemplazaron las antiguas canaletas y se renovaron las cañerías de todas las instalaciones, tanto las del edificio original como las de la anexión posterior, previendo la posible subdivisión del salón grande en dos o tres locales con la consiguiente incorporación de nuevos medidores sobre la línea municipal.

Para llevar los desagües hacia los caños troncales y para llegar con los servicios desde los medidores, se levantó cuidadosamente una línea del parquet en el salón central y luego se reconstituyó. La instalación eléctrica se realizó de manera exterior para intervenir lo menos posible la mampostería del edificio.


La fachada


La fachada se orienta hacia el sur. En San Antonio Oeste, este viento es agresivo para la arquitectura; aunque no es el predominante, es el más fuerte. Además, por la implantación de la ciudad respecto al Golfo San Matías, resulta corrosivo debido al transporte de salitre.

Por la incidencia del clima y el propio paso del tiempo, la fachada de ladrillo visto tenía varias piezas faltantes, en especial en la carga, en la que el viento había provocado desprendimientos. Por ello se definió colocar refuerzos verticales de hormigón armado en el interior de la carga (de 1,20 m de altura) para asegurar su estabilidad.


Para completar las piezas de mampostería faltante, y reconstituir la trama de ladrillo visto allí donde fue necesario embutir cañerías, se recuperaron piezas de la contrafachada. A su vez fue necesario completar el mortero entre piezas en varios sectores, porque estaba muy desgranado.

Terminada la tarea de reconstitución de la mampostería, se impermeabilizó la superficie con pintura impregnante incolora mate, respetando la textura y color original.


Las aberturas


Las ventanas originales habían sido reemplazadas por carpinterías de vidrio repartido que se encontraban en muy mal estado, y la puerta principal de madera estaba también percudida por la incidencia del clima, lo que hacía necesario reemplazar todas las aberturas de la fachada.

Definir su materialidad requirió evaluar y sopesar las prestaciones que ofrecen las nuevas tecnologías y la continuidad del lenguaje que estábamos intentando cuidar; finalmente optamos por la opción que a nuestro entender acompañaba mejor la búsqueda del equilibrio entre tecnología y lenguaje histórico: aberturas de vidrio repartido con estructura metálica pintada de negro.

Fue necesario reemplazar las aberturas de la fachada.

La puerta principal fue reemplazada por una abertura de iguales características a las de los otros locales, logrando una fachada rítmica que acompaña la flexibilidad de uso del edificio. Se ampliaron los cuatro vanos existentes para ganar luminosidad, respetando el espacio disponible en el intercolumnio presente en la fachada.

Se utilizaron perfiles IPN soldados como dinteles, ocultos por las mochetas que enmarcan las aberturas, a las que definimos pintar de negro para lograr mayor presencia de las aberturas, quizás como único detalle contemporáneo.


Para dar seguridad al edificio, se incorporaron persianas microperforadas automatizadas, instaladas en el interior de los locales por detrás de los vidrios, buscando minimizar el impacto visual de las mismas. Mariana destaca el trabajo artesanal de calidad que realizaron las personas involucradas en la recuperación, restauración y reforma de la antigua barraca: “Con enorme compromiso y conocimiento del oficio permitieron esta recuperación”.

La iluminación destaca la fachada. La antigua barraca brilla en la noche de San Antonio Oeste.

Para la iluminación de fachada, que juega un rol clave, recurrieron a la colocación de luminarias desde columnas ubicadas en la vereda. El objetivo está a la vista: destacar el edificio en su contexto y su puesta en valor para la ciudad. La arquitecta explica el razonamiento detrás de esa decisión: “Una ciudad que respeta su patrimonio puede mostrar orgullosa su recorrido”.


Mini bío

En este trabajo del estudio Dujovne & Carnevale, el proyecto y la dirección de obra estuvieron a cargo de la arquitecta Mariana Carnevale, con la colaboración de la Arq. Emma Liliana Montenegro.

Arquitecta Mariana Carnevale.
  • Consistió en la rehabilitación de un antiguo depósito de lanas y oficinas para transformarlo en un espacio funcional y flexible. Tras décadas deshabitado y un marcado deterioro, la intervención se centró en restaurar elementos originales, combinándolos con materiales contemporáneos de forma respetuosa, con la premisa de preservar la esencia histórica del edificio como testimonio del patrimonio local.
  • La Arq. Carnevale se graduó en la FAPyD, facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la Universidad Nacional de Rosario en el 2006. Antes de radicarse en San Antonio Oeste para integrarse al estudio familiar, entre otras experiencias profesionales trabajó en el de Mario Corea en Barcelona y en el de Llonch Vidallé en Rosario.
  • Contacto en Instagram: @arq.marianacarnevale




Así luce hoy el edificio luego de los trabajos para restaurarlo. Fotos: Arq. Mariana Carnevale

Aún recuerdan cada detalle de aquella mañana de hace 15 años en San Antonio Oeste y el momento en que decidieron comprar un edificio histórico para restaurarlo. Días antes, Renzo Serra y Laura Risso habían conversado con el sobrino de René Henry Lefebvre,el heredero del inmigrante francés que supo dejar una huella inolvidable en el pueblo. Entre otras cosas, por su mítica barraca que acopiaba la lana de los campos de la estepa para ser exportada en barco desde ese punto en el mapa que cien años atrás se ganaba su lugar en la costa de Río Negro. Un rincón agreste entre las dunas y el mar al norte de la Patagonia que, como escribió en su libro el pionero francés, tenía un no se qué que atraía a quienes sabían adaptarse. A René Henry Lefebvre lo atrajo tanto que aunque pensaba permanecer dos años, se quedó muchos más, como relata en “Mi querido Puerto San Antonio”, una deliciosa compilación de recuerdos de hechos y personajes del pueblo.

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