Países hermanos

Redacción

Por Redacción

Por fortuna, hay una diferencia enorme entre el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el régimen de su homólogo venezolano Nicolás Maduro. Si bien los integrantes de la franja más autoritaria del kirchnerismo se sienten militantes del movimiento “bolivariano” que fue fundado por el extinto comandante Hugo Chávez, no se han animado a romper por completo con el orden constitucional, mientras que sus compañeros venezolanos nunca se han dejado intimidar por tales detalles. Así y todo, desde el punto de vista de los preocupados por lo que está ocurriendo en los mercados internacionales, la Argentina y Venezuela tienen mucho en común. Con la excepción de Cuba, son los únicos países importantes de América Latina cuyos gobernantes confiaron tanto en la ideología que habían fraguado que se creyeron capaces de desafiar las leyes básicas de la economía. En ambos casos, el resultado del despilfarro supuestamente progresista de los años últimos ha sido una crisis inflacionaria y cambiaria inmanejable que golpea con fuerza creciente a los sectores que, de tomarse en serio su retórica, los kirchneristas y chavistas se proponían beneficiar. Los voceros del FMI y los medios de difusión especializados, que tratan al gobierno de Cristina como una versión del chavismo acaso menos esperpéntica que la venezolana –cuyo jefe bufonesco raramente deja pasar una oportunidad para ponerse en ridículo hablando con su mentor reencarnado en un pajarito o creando un viceministerio “para la Suprema Felicidad del Pueblo”– pero que en el fondo es muy similar, parecen dar por descontado que compartirán el mismo destino. En términos económicos, es posible que acierten, ya que para los dos países la bancarrota acompañada por un estallido hiperinflacionario está a la vuelta de la esquina, pero las perspectivas políticas inmediatas no se parecen mucho. Mientras que Maduro cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas y milicias “populares”, Cristina sólo dispone de agrupaciones de activistas políticos que no estarían en condiciones de emular a sus correligionarios chavistas. Puede que los demócratas venezolanos finalmente logren frenar la transformación de su país en una dictadura militar equiparable con la cubana, pero hacerlo no les sería del todo fácil. En cambio, es escaso el peligro de que sectores antidemocráticos del kirchnerismo procuren aprovechar la crisis económica para atrincherarse en el poder; si lo intentaran, la reacción ciudadana sería con toda seguridad contundente. De todos modos, no nos ayuda el consenso internacional de que las economías politizadas de la Argentina y Venezuela son las más enfermas de América Latina por tratarse de los únicos países que se negaron a prepararse para enfrentar un eventual choque externo. Los dos gobiernos se rehusaron a tomar medidas preventivas no sólo porque querían comprar apoyo político repartiendo dinero procedente de la venta de petróleo en el caso venezolano o, en el nuestro, de soja, sino también por principio. Convencidos de que el atraso regional se debía exclusivamente a la maldad ajena, ya que los imperialistas no sólo dominaban los mercados sino que también se las habían arreglado para hacer del “neoliberalismo” antipopular la ortodoxia hegemónica, llegaron a la conclusión de que la mejor forma de liberarse de los límites así fijados consistiría en romper todas las reglas internacionales. Las consecuencias de tanta insensatez están a la vista. Dos países privilegiados que en buena lógica deberían estar entre los más ricos del mundo se las han ingeniado para convertirse en auténticas fábricas de indigentes. Venezuela depende tanto de las importaciones que, sin petrodólares suficientes, no puede alimentarse, razón por la que la gravísima crisis financiera que sufre está teniendo un impacto devastador en la vida de millones de personas. Asimismo, aunque la Argentina es un país agrícola por antonomasia, muchos ya pasan hambre; como dijo hace poco el secretario general de la CGT kirchnerista, Antonio Caló, “a la gente no le está alcanzando para comer”. Tiene razón el sindicalista: los precios de los alimentos están subiendo con rapidez alarmante y no existen motivos para suponer que el gobierno pueda hacer mucho más que responsabilizar a los productores y comerciantes por los aumentos con la esperanza de reducir así sus propias pérdidas políticas.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.124.965 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Domingo 2 de febrero de 2014


Por fortuna, hay una diferencia enorme entre el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y el régimen de su homólogo venezolano Nicolás Maduro. Si bien los integrantes de la franja más autoritaria del kirchnerismo se sienten militantes del movimiento “bolivariano” que fue fundado por el extinto comandante Hugo Chávez, no se han animado a romper por completo con el orden constitucional, mientras que sus compañeros venezolanos nunca se han dejado intimidar por tales detalles. Así y todo, desde el punto de vista de los preocupados por lo que está ocurriendo en los mercados internacionales, la Argentina y Venezuela tienen mucho en común. Con la excepción de Cuba, son los únicos países importantes de América Latina cuyos gobernantes confiaron tanto en la ideología que habían fraguado que se creyeron capaces de desafiar las leyes básicas de la economía. En ambos casos, el resultado del despilfarro supuestamente progresista de los años últimos ha sido una crisis inflacionaria y cambiaria inmanejable que golpea con fuerza creciente a los sectores que, de tomarse en serio su retórica, los kirchneristas y chavistas se proponían beneficiar. Los voceros del FMI y los medios de difusión especializados, que tratan al gobierno de Cristina como una versión del chavismo acaso menos esperpéntica que la venezolana –cuyo jefe bufonesco raramente deja pasar una oportunidad para ponerse en ridículo hablando con su mentor reencarnado en un pajarito o creando un viceministerio “para la Suprema Felicidad del Pueblo”– pero que en el fondo es muy similar, parecen dar por descontado que compartirán el mismo destino. En términos económicos, es posible que acierten, ya que para los dos países la bancarrota acompañada por un estallido hiperinflacionario está a la vuelta de la esquina, pero las perspectivas políticas inmediatas no se parecen mucho. Mientras que Maduro cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas y milicias “populares”, Cristina sólo dispone de agrupaciones de activistas políticos que no estarían en condiciones de emular a sus correligionarios chavistas. Puede que los demócratas venezolanos finalmente logren frenar la transformación de su país en una dictadura militar equiparable con la cubana, pero hacerlo no les sería del todo fácil. En cambio, es escaso el peligro de que sectores antidemocráticos del kirchnerismo procuren aprovechar la crisis económica para atrincherarse en el poder; si lo intentaran, la reacción ciudadana sería con toda seguridad contundente. De todos modos, no nos ayuda el consenso internacional de que las economías politizadas de la Argentina y Venezuela son las más enfermas de América Latina por tratarse de los únicos países que se negaron a prepararse para enfrentar un eventual choque externo. Los dos gobiernos se rehusaron a tomar medidas preventivas no sólo porque querían comprar apoyo político repartiendo dinero procedente de la venta de petróleo en el caso venezolano o, en el nuestro, de soja, sino también por principio. Convencidos de que el atraso regional se debía exclusivamente a la maldad ajena, ya que los imperialistas no sólo dominaban los mercados sino que también se las habían arreglado para hacer del “neoliberalismo” antipopular la ortodoxia hegemónica, llegaron a la conclusión de que la mejor forma de liberarse de los límites así fijados consistiría en romper todas las reglas internacionales. Las consecuencias de tanta insensatez están a la vista. Dos países privilegiados que en buena lógica deberían estar entre los más ricos del mundo se las han ingeniado para convertirse en auténticas fábricas de indigentes. Venezuela depende tanto de las importaciones que, sin petrodólares suficientes, no puede alimentarse, razón por la que la gravísima crisis financiera que sufre está teniendo un impacto devastador en la vida de millones de personas. Asimismo, aunque la Argentina es un país agrícola por antonomasia, muchos ya pasan hambre; como dijo hace poco el secretario general de la CGT kirchnerista, Antonio Caló, “a la gente no le está alcanzando para comer”. Tiene razón el sindicalista: los precios de los alimentos están subiendo con rapidez alarmante y no existen motivos para suponer que el gobierno pueda hacer mucho más que responsabilizar a los productores y comerciantes por los aumentos con la esperanza de reducir así sus propias pérdidas políticas.

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